El peso de los bolsos ajenos
Por Fernando Dávila
Ciudad de México.- Las bolsas de mandado iban y venían repletas. Hundían las palmas de las manos por el peso. Madres, esposas, hermanas y primas las sostenían con apuro. Esta vez no se trataba de una reunión familiar, una comida en el parque de la colonia o un viaje planeado meses atrás. En esta ocasión, las bolsas tenían otro destino: atravesar un muro de 10 metros, pasar por aduanas, custodios y rejas para alimentar a un familiar privado de la libertad.
En el penal de Santa Martha Acatitla, en Ciudad de México, las visitas forman parte del paisaje cotidiano. Vestidos de rosa, rojo, blanco o amarillo para evitar ser confundidos con custodios o personas internas, los familiares avanzan entre las torres octagonales de vigilancia que observan su recorrido hasta la entrada principal. Hay un fenómeno que llama la atención de inmediato: mujeres por todas partes y apenas un hombre entre ellas.
Las mujeres sostienen las visitas penitenciarias
De acuerdo con Documenta, las mujeres asumen el 82.5 % de la carga total de las visitas en el sistema penitenciario mexicano. El registro distribuye esta responsabilidad en porcentajes precisos: las madres representan el 36.6 % de los ingresos, las parejas el 28.7 % y las hermanas el 17.2 %.
La escena frente al penal parece confirmar esos números.
Así lo percibe Elena, hermana de uno de los hombres recluidos en el centro penitenciario varonil de Santa Martha.
«La mayoría que venimos somos mujeres. Es más difícil que una mamá abandone a un hijo. En cambio, en el femenil vimos que hay muy poquitas visitas para las mujeres. A los hombres los apoyan más», afirmó.
Para Elena, esta realidad tiene raíces profundas en los roles de género que persisten en la sociedad.
«Se tiene la idea de que el hombre tiene que trabajar todo el tiempo para proveer a la casa y cuidar a los hijos, por eso no vienen. El marido de una interna vendrá los primeros días, pero al rato encuentra a otra mujer y ya no va a querer perder el tiempo viniendo», dijo.
Mientras pasan los minutos, continúan llegando y saliendo mujeres del penal. Algunas llevan la preocupación marcada en el entrecejo. Otras avanzan con el sudor corriéndoles por la frente después de cargar las bolsas desde diferentes zonas de la ciudad o municipios del Estado de México.
El costo invisible de acompañar a una persona privada de la libertad
La cárcel tampoco da tregua a quienes permanecen afuera.
«Venimos desde Santa Úrsula y es muy pesado. Nos gastamos entre 1,700 y 2,000 pesos cada ocho días», contó Alma.
Para cubrir esos gastos, Alma necesita hacer turnos dobles en su trabajo. «Estar encerrado es el peor castigo. Es una doble cárcel».
Sin embargo, reconoce entre lágrimas que no está dispuesta a abandonar a su esposo, pese a que recibió una sentencia de 14 años. «Así te dejen 40 o 50 años, aquí voy a estar al frente». Sus palabras parecen sostener la solidaridad femenina de la que hablaba Elena. Pero del otro lado del complejo penitenciario la realidad cambia.
El abandono de las mujeres privadas de la libertad
Es en el reclusorio femenil donde las visitas disminuyen. Los árboles se vuelven escasos y el olor a caño se intensifica, endureciendo el paisaje para cualquiera que no esté acostumbrado a la prisión.
«Aquí adentro sí hay personas que de plano no tienen ninguna visita y viven muy aisladas», relató Gabriela, hermana de una interna de Santa Martha.




Después de seis años visitando el penal cada mes, asegura haber observado un patrón constante. «He comprobado que las internas que ya casi no tienen visitas son las que andan vestidas de azul marino, es decir, las que ya están sentenciadas. A ellas las abandonan a su suerte.»
Durante la entrevista, Gabriela explicó que existe una diferencia entre las mujeres que enfrentan un proceso penal y aquellas que ya recibieron una sentencia.
«Cuando las reclusas están en proceso, los familiares siguen viniendo porque existe una esperanza; pero en cuanto les dictan sentencia y pasan al azul marino, entra la desesperanza y las dejan solas.»
Las historias de abandono que describe Gabriela contrastan con las filas que se forman frente al penal varonil. Una diferencia que también refleja cómo las mujeres en las cárceles de México suelen enfrentar una ruptura más profunda de sus vínculos familiares.
Lo que realmente pesa en cada bolsa
La tarde transcurre entre muros blancos y cercas coronadas por púas. Desde el otro lado de la calle apenas se alcanza a distinguir el edificio central. Mujeres entran y salen cargando alimentos, artículos de higiene y productos de limpieza. Basta ponerse de puntitas para ver la ropa colgada entre los barrotes y recordar que detrás de esos muros sigue habiendo vida.
Y es la familia —o mejor dicho, las mujeres, en su mayoría— la que sostiene esa vida entre rejas.
También lee: Libertad de Expresión, la censura que preocupa en México
El pasaje, los guisados, la ropa, el jabón y el pinol representan el peso visible de sus bolsas. Mientras las últimas visitantes abandonan el penal, las bolsas regresan más ligeras de lo que llegaron. Lo que permanece es la rutina que muchas repetirán la próxima semana.
Aunque asistir cada semana implique dinero, tiempo y desgaste, una madre resume lo que, los que todavía van a visitar al penal a sus familiares, parecen sentir.
«Es mi hija. Yo le di la vida, ¿cómo la voy a dejar sola? Necesitaría tener el corazón de piedra para dar la vuelta e irme. Mi mayor sueño, lo que más me gustaría hacer si ella estuviera libre, es apoyarla para que siga trabajando y saque a sus hijos adelante; mi sueño es volver a verla junto a sus niños, que no se quede aquí y que siga con su vida.»









