columna

PULSO

Emparejando el marcador

Eduardo Meraz

La justicia sesgada es ya una parte importante y cuestión de vida o muerte para el cuatroteísmo; de otra manera, buena parte de sus integrantes ya estarán tras las rejas y el segundo piso transformador andaría arrastrando la cobija y enlodando el apellido.

La justicia, cuando se tuerce, deja de ser balanza y se convierte en espada y en México, esa espada ha sido blandida con cálculo político y con la urgencia de quienes saben que el tiempo no siempre juega a su favor y, además, convertirla en instrumento de supervivencia.

Los señalamientos provenientes de Estados Unidos no son menores en torno a sus sospechas de narco políticos y narco funcionarios mexicanos, los cuales no sólo han sido cómplices y copartícipes de los cárteles.

Allá, donde las sobredosis han cobrado más de un cuarto de millón de vidas en los últimos años, esta razón es el principal elemento para acusarlos de complicidad y de haber tejido esquemas de “transabilidad” para el contrabando de combustibles, ida y vuelta, como si la frontera fuera un simple pasillo de intercambio.

La presión del gobierno de Donald Trump para minar al máximo la asociación tóxica entre gobernantes y crimen organizado, tiene implicaciones no sólo políticas, sino tiene efectos serios en la toma de decisiones de los hombres de negocios para traer sus capitales a México.

Circunstancia agravada por las limitantes constitucionales a la participación privada y la existencia de un poder judicial francamente proclive al oficialismo, cuyo resultado es un terreno minado para la inversión y para la esperanza.

Todos estos elementos, han conducido a las autoridades norteamericanas a anticipar que vendrán por estos delincuentes y por la izquierda terrorista, lo cual pondría en la picota prácticamente a los principales liderazgos de Morena y partidos aliados.

Por ello, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum buscan con afán y desesperación, culpables en la casa de los opositores, a fin de poder ofrecer en sacrificio y poder mantener el lema: “hacemos lo mismo”, que sustituyó al “no somos iguales”.

Por eso tienen en la mira a Maru Campos y Ernesto Ruffo, a fin de emparejar el marcador, pues la soga en el cuello de Rubén Rocha Moya y de otro importante gobernador morenista, implicaría una especie de no derrota.

En este contexto, las autoridades norteamericanas anticipan un movimiento de pinzas: vendrán por los delincuentes, sí, pero también por la izquierda radical que se ha mimetizado con el poder.

La picota se prepara para recibir a liderazgos de Morena y sus aliados, y la amenaza no es menor y ante ello, el gobierno de Claudia Sheinbaum busca desesperadamente culpables en casa ajena.

La estrategia es clara: ofrecer sacrificios en el altar de la justicia para mantener vivo el lema “hacemos lo mismo”, que sustituyó al ya desgastado “no somos iguales”.

Así, la mirada se posa sobre figuras opositoras como Maru Campos y Ernesto Ruffo. No porque sus culpas sean mayores, sino porque su caída serviría para emparejar el marcador.

Si la soga aprieta el cuello de Rubén Rocha Moya y de otro gobernador morenista de peso, entonces la narrativa oficial necesita contrapesos, una especie de empate técnico que permita decir: “no perdimos, sólo jugamos parejo”. Y de paso, contener los apetitos trumpistas, al menos por un tiempo más.

Los sacrificios no son producto de la justicia, sino de la conveniencia. El oficialismo busca mantener la ilusión de equilibrio, aunque ese equilibrio sea tan frágil como un cristal a punto de romperse.

Pero detrás de esta estrategia se esconde una verdad incómoda: la justicia no debería ser marcador de partido; no debería usarse para empatar, para equilibrar narrativas, para salvar apellidos.

La justicia, en su esencia, es imparcial, ciega, ajena a los cálculos políticos. Cuando se le manipula, se degrada, y con ella se degrada la confianza ciudadana.

Si la justicia se convierte en espectáculo, en teatro de sombras, entonces el país entero se convierte en rehén de esa ficción: los inversionistas se alejan, los ciudadanos desconfían, los aliados internacionales presionan.

Y mientras tanto, los verdaderos culpables encuentran resquicios para escapar, para seguir operando bajo la protección de un sistema que los necesita vivos para mantener la ilusión de equilibrio.

Emparejar el marcador puede ser una estrategia política, pero nunca será una estrategia de justicia.

Y cuando esas verdades se ocultan, cuando las consecuencias se negocian, entonces lo que queda es un país atrapado en el juego perverso de quienes confunden poder con impunidad.

La historia nos enseña que los sacrificios políticos rara vez salvan a los sistemas corruptos; al contrario, los desgastan, los exhiben, los dejan desnudos ante la mirada crítica de la sociedad.

Esa complicidad es la verdadera soga, la que aprieta no sólo el cuello de los gobernadores señalados, sino el de todo un país que se debate entre la esperanza y la resignación.

El intento de empatar el marcador puede dar oxígeno momentáneo, pero no resuelve el problema de fondo: la complicidad entre poder y crimen.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ
Donald Trump actualiza aranceles de 10% a 60 países, incluido México, a partir de este viernes, por no tomar acciones suficientes contra el trabajo forzado, informó la oficina del Representante Comercial de Estados Unidos.

Redaccion

Medio digital independiente enfocado en información verificable, cobertura institucional y análisis de temas públicos de interés para la ciudadanía.

Empieza tu día bien informado con las noticias más relevantes.

AA

MÁS NOTICIAS