Pulso
Por Eduardo Meraz
Ciudad de México.- El navío morenista, que alguna vez se presentó como galeón invencible, hoy parece un cascarón horadado por la sal de la corrupción y el viento de la soberbia.
Sus velas, que en el inicio ondeaban con la promesa de una transformación profunda, se desgarran ahora entre alianzas tóxicas y renuncias multiplicándose como grietas en la madera fatigada.
La travesía iniciada con cantos de esperanza se ha convertido en un naufragio lento, donde cada día emergen nuevos testimonios de quienes prefieren lanzarse al mar de la delación antes de hundirse con la tripulación.
Los “espontáneos” informantes de Estados Unidos de las semanas recientes, provenientes de la clase política mexicana en el poder, son la evidencia palpable del naufragio del navío morenista, debido a las múltiples horadaciones provocadas por el pecado original de sentirse superiores.
Por eso vemos morenistas dispuestos a volverse “testigos protegidos o colaborantes” de la administración de Donald Trump, una manera cómoda -¿o cobarde?- de expiar culpas y obtener penalidades menores.
Abierta o soterradamente algunos distinguidos guindas han decidido aferrarse al salvavidas de la delación, antes de terminar encerrados en celdas mexicanas o estadounidenses y, quizá, conservar algo del patrimonio acumulado no siempre producto del esfuerzo, sino de los múltiples rostros de la persuasión.
Quienes buscan refugio en la administración de Donald Trump, son como marineros que arrojan su carga al océano para aligerar el peso de la culpa; se acogen al salvavidas de la colaboración judicial, convencidos de que la confesión es menos dolorosa al hierro de las rejas.
Además de estos declarantes, también ya empiezan a asomar la cara las bajas de connotados cuatroteístas a su cargos, si los tienen, o declinar a sus aspiraciones políticas, a fin de no convertirse en objetos del deseo de las autoridades judiciales de México o del vecino del norte.
También las renuncias de figuras connotadas de dirigentes de Morena -Andy López Beltrán, Luisa María Alcalde y, hoy, la de Héctor Díaz-Polanco-, son señales inequívocas de que el barco pierde rumbo.
No se trata solo de dimisiones administrativas, sino de gestos que revelan el miedo a convertirse en objetivo de las autoridades judiciales; cada baja es un tablón que se desprende del casco, un recordatorio de que la embarcación ya no navega hacia un puerto seguro, sino que se deja arrastrar por corrientes inciertas.
Después, las fugas: legisladores y funcionarios que se convierten en testigos protegidos, que prefieren cantar sus pecados en otro idioma antes que enfrentar la justicia en su propia tierra.
Así, Morena, que alguna vez se presentó como la esperanza de México, hoy se asemeja a un barco a la deriva, en medio de tormentas internas y externas.
La corrupción es el agua infiltrándose por las grietas; la soberbia, el viento que desgarra las velas; las alianzas tóxicas, los arrecifes que destrozan el casco. Y los testigos protegidos, los marineros que saltan al mar, convencidos de que es mejor enfrentar las olas que perecer en la bodega.
Pero el naufragio no es solo político, también es moral. La transformación prometida se diluye en la contradicción de quienes, en lugar de defender sus ideales, prefieren negociar su supervivencia.
El mar, sin embargo, es implacable, no distingue entre culpables y arrepentidos, entre capitanes y marineros y todos los que se embarcaron en el proyecto guinda están expuestos a la tormenta.
Algunos saltan al agua, otros se aferran a los mástiles, otros aún creen que el barco puede llegar a puerto. Pero la realidad es que el naufragio ya comenzó, y detenerlo parece imposible.
Los sobrevivientes contarán cómo se hundió el barco, cómo se salvaron, cómo se perdieron sus compañeros. En el caso de Morena, los relatos serán las confesiones de los testigos protegidos, las renuncias de los dirigentes, las crónicas de los medios que día a día documentan la caída.
El naufragio del navío morenista es más allá de una advertencia política; nos recuerda que ningún proyecto puede sostenerse si se alimenta de la corrupción y la soberbia.
Nos muestra que las alianzas tóxicas son más peligrosas que los enemigos declarados, y nos enseña que, en política, como en el mar, la supervivencia no depende de la fuerza del barco, sino de la honestidad de su tripulación.
Y esos relatos, más que salvar al partido, serán la memoria de su naufragio.
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He dicho.
EFECTO DOMINÓ
En el caso de Ernesto Ruffo, la Fiscal General de la República, Ernestina Godoy, acusa que esta red provocó el desfalco más grande a las finanzas públicas de casi 107 millones de pesos, lo que representa sólo el 0.01% de los 600 mil millones de pesos que la Procuradora Fiscal, Grisel Galeano, dio a conocer el 2 de octubre pasado.








