PULSO
Por Eduardo Meraz
Ciudad de México.- Dónde irán los muertos, quién sabe a dónde irán, y más si son de la clase política mexicana actual, pues el manto guinda de impunidad lo mismo les sirve para encubrir sus fechorías o deambular como almas en pena, espectros perfectamente enriquecidos. Porque debemos decir: hay camposantos donde reposan los muertos y cementerios donde entierran las verdades.
Los primeros suelen estar delimitados por bardas, coronados por cipreses y habitados por el silencio. Los segundos, en cambio, se extienden por oficinas gubernamentales, despachos de lujo y salones de poder; ahí no yacen cuerpos, sino expedientes; no se escuchan rezos, sino discursos; no se colocan flores, sino sellos de confidencialidad.
En estos últimos, las exigencias de pruebas se confunden con ofrendas o con paladas de tierra sobre corruptelas y malversación de los recursos del pueblo, y cuando es imposible ocultarlos por su enorme cuantía, recurren a crematorios legales y clandestinos para desaparecer los cuerpos del delito. En estas fechas, catrinas y catrines abundan y se pasean con orgullo por oficinas públicas de todos los niveles, incluso buscando la admiración y aplauso de la población.
Disfrazados con prendas costosas, muestran la dentadura a cualquier provocación; no es una sonrisa, sino una mueca de desprecio a todo aquello que se interponga en su camino hacia la apropiación indebida del capital de todos los mexicanos.
Aunque parecen almas en pena, no vagan por panteones abandonados ni por callejones oscuros. Deambulan por las estructuras del poder, caminan entre escritorios, recorren pasillos alfombrados y aparecen sonrientes en actos públicos, como si la impunidad fuese un talismán capaz de ahuyentar cualquier ajuste de cuentas.
Por ello, son capaces de asociarse con quienes fingen estar muertos, pero son muy vivos para convertiste en contratistas y proveedores del sector público, obteniendo pingües ganancias.Cada vez que surge una denuncia, una investigación periodística o una sospecha razonable sobre el manejo de los recursos públicos, se activa el viejo ritual. Primero aparece la exigencia de pruebas imposibles, después llega el desfile de explicaciones, desmentidos y maniobras distractoras. Finalmente, cuando el asunto amenaza con escapar del control narrativo, entra en operación el crematorio político.
Este matrimonio o amasiato de dinero, bienes y ganancias mancomunadas es de larga data, pero en los últimos ocho años se han servido con la cuchara grande al amparo del apotegma Lópezobradoriano:»Ningún negocio jugoso de la corrupción se lleva a cabo sin que el presidente esté enterado o tenga su visto bueno».
Lo más inquietante es que este fenómeno no responde a una ideología específica ni a un color partidista determinado; sin embargo, en los últimos años la magnitud de los recursos administrados, la concentración del poder y la narrativa que divide entre buenos inmaculados y críticos malintencionados han creado condiciones especialmente propicias para que los fantasmas de la corrupción encuentren refugio.
No se trata solamente de dinero, tampoco de contratos o licitaciones; se trata de una cultura política que convierte la rendición de cuentas en afrenta y la transparencia en amenaza, una lógica donde cuestionar equivale a traicionar y donde pedir explicaciones es interpretado como un acto de hostilidad.
Bajo esa neblina moral prosperan personajes que oficialmente están ausentes, pero cuyas influencias siguen plenamente vivas. Empresarios favorecidos, intermediarios discretos, socios circunstanciales y operadores permanentes integran una procesión silenciosa que avanza al amparo de la oscuridad burocrática. Son muertos que firman contratos, fantasmas que cobran facturas y espectros, disfrazados de poderes fácticos, que aparecen exactamente donde circulan los recursos públicos.Mientras eso ocurra, el verdadero camposanto nacional no será el de mármoles y cruces; será el inmenso terreno donde se entierran responsabilidades, se sepultan verdades y se pretende cubrir con tierra fresca aquello que sigue emitiendo el inconfundible olor de la descomposición pública. Porque hay muertos que descansan en paz, en los camposantos, pero también hay corrupciones que, pese a todos los esfuerzos por enterrarlas, se niegan a permanecer bajo tierra y son almas en pena.He dichoEFECTO DOMINÓMéxico producirá 23.5 millones de toneladas de maíz en 2026, frente a un consumo de 48.2 millones. La autosuficiencia caerá a 49%, mientras las importaciones alcanzarán un récord. Así la soberanía.








