columna

Asomos

PULSO

Eduardo Meraz

En medio de la penumbra guinda dejada por la presentación del Paquete Económico 2027, en donde el gobierno nos endeudará a los mexicanos con un Fobaproa más -sumando 11 en tan solo ocho años-, se asoma no una luz de esperanza, sino un vendaval de propaganda política con el inicio del proceso electoral en nuestro país.

Otro Fobaproa, o algo parecido, se incorpora a la larga cuenta que terminaremos pagando los mexicanos, mientras desde el poder se intenta envolver la realidad financiera con el celofán brillante de los anuncios de bienestar.

Es decir, estamos frente a un foro, donde se escenifica la vida de un país en el cual el futuro no llega de golpe: apenas se asoma y lo hace por una rendija, entre cifras, discursos, promesas y presagios.

Y lo que comienza a vislumbrarse detrás de la puerta del México de 2027 no parece precisamente un horizonte despejado, sino una mezcla de penumbra guinda, deuda creciente y propaganda electoral.

Ventarrones con rostros y promesas de todos los colores y sabores, a cual más sin verdadera sustancia, pero plenos de engaños y mentiras, cubiertos por el manto lila del árbitro electoral, cuya imparcialidad cada vez es menos creíble por su cara duraza.

Los políticos se preparan para recorrer calles, plazas, pantallas y redes sociales. Habrá candidatos para todos los gustos, el catálogo será abundante; la sustancia, está por verse.

La política mexicana volverá a convertirse en una gran circo ambulante, donde cada quien llevará su carpa, su música y su espectáculo.

El dinero público, sin embargo, tiene una misteriosa capacidad para desaparecer entre los laberintos de la burocracia, los contratos, las prioridades políticas y la propaganda.

Porque en esa repartición de los bienes -los presupuestos para cada sector o dependencia- se anuncia, con fanfarrias y globos, la entrega de un billón de pesos a salud, educación y programas sociales, además del giro neoporfirista de tejer una extensa red ferrocarrilera, semejando caravanas y diligencias.

Ojalá y este medio de transporte, al cual se le quiere considerar el sistema circulatorio de México, por cuyas venas y arterias fluyan personas y bienes sea equipado con equipamiento del siglo 21 y no con máquinas decimonónicas.

El peligro está en que la modernidad termine siendo apenas escenografía.

Ojalá los nuevos trenes sean del siglo XXI y no simples máquinas decimonónicas con propaganda del siglo XXI; ojalá los costos sean razonables, los materiales adecuados, el diseño eficiente y la operación transparente.

Ojalá, sobre todo, no vuelvan a aparecer los familiares, los amigos, los favorecidos y los contratistas cercanos al poder como pasajeros privilegiados de ese nuevo convoy.

Porque México no necesita más obras concebidas como monumentos al gobernante en turno. Necesita infraestructura que funcione cuando las cámaras se hayan apagado y los discursos hayan quedado archivados.

En tanto sean totalmente diferentes en costo, materiales, diseño, eficiencia y sin la participación de familiares y amigos como aconteció con los dos experimentos fallidos del Tren Maya y el Tren Transístmico, quizá podamos asomarnos a una nación lejana al modelo cubano y más próximo al danés.

En el plano político-electoral, el inicio del calendario que culminará con la jornada electoral en junio próximo, arranca con malos augurios de respeto a la voluntad ciudadana.

Porque desde hace años hemos visto cómo las elecciones dejaron de disputarse exclusivamente entre partidos y candidatos.

En las sombras aparecen otros jugadores: estructuras de poder, intereses económicos, autoridades, operadores territoriales y, de manera cada vez más inquietante, el crimen organizado.

Y no sólo se asoman a las boletas y a las urnas, sino ahora pretenden convertirse en observadores autorizados y volver aplicar algoritmos y acordeones.

Así, las preferencias de los votantes quedarán a merced de los acuerdos y pactos previamente establecidos, y no únicamente con el partido gobernante, sino con las distintas fuerzas políticas.

La tecnología cambia; la vieja tentación de controlar la voluntad ciudadana permanece.

Por eso conviene mirar con atención lo que apenas se asoma. Se asoma la deuda detrás del presupuesto; la propaganda detrás del gasto; el negocio detrás de la obra pública; el poder detrás de las urnas.

Y quizá lo más preocupante sea que, cuando llegue junio, podría ser demasiado tarde para cerrar la puerta.
He dicho.

EFECTO DOMINÓ

En los días recientes, las relaciones entre México y Estados Unidos se caracterizan porque el gobierno trumpista no sabe interpretar si contigo o sin ti, y lo mismo ofende que regala flores.

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