columna

La envidia: el impuesto invisible del éxito

En Síntesis

Una lectura humana, moral y micropolítica

Por Alfredo Cuéllar

El éxito no solo cambia la posición de quien triunfa: también desenmascara la posición de quienes lo rodean.

La envidia tiene mala reputación y magníficos disfraces. Rara vez se presenta diciendo su nombre. Prefiere vestirse de crítica objetiva, indiferencia, ironía, rumor o silencio. A veces se oculta detrás de una frase aparentemente inocente: “No es para tanto”. Otras veces se disfraza de justicia: “No se lo merece”. Y en nuestra conversación cotidiana hasta hemos inventado una fórmula para hacerla socialmente aceptable: “Me da envidia de la buena”.

¿Existe realmente una envidia buena? La expresión intenta comunicar algo más amable: admiro lo que has conseguido, quisiera alcanzar algo semejante y tu triunfo no me provoca deseos de perjudicarte. Es una manera de reconocer una comparación inevitable sin confesar hostilidad. Sin embargo, conviene no engañarnos. Toda envidia comienza con una punzada: alguien posee, logra o representa algo que nosotros deseamos y, al compararnos, sentimos que quedamos disminuidos.

La punzada de compararnos

Esa punzada es profundamente humana. Nos comparamos desde la infancia. La familia celebra las mejores calificaciones; la escuela premia al primer lugar; el deporte distingue al campeón; las organizaciones promueven a unos y dejan esperando a otros. La sociedad nos impulsa a sobresalir y después se sorprende cuando el éxito ajeno incomoda. Queremos ganar, pero también queremos que la victoria de los demás no nos recuerde nuestras renuncias, errores o limitaciones.

Desde la perspectiva psicológica, la envidia nace de una comparación ascendente: miramos a alguien que tiene más reconocimiento, poder, dinero, belleza, influencia, talento o felicidad —real o aparente— y usamos su vida como medida de la nuestra. La comparación duele más cuando el otro se nos parece. El triunfo de una figura distante puede inspirarnos; el del compañero de generación, del colega de oficina, del hermano, del vecino o del antiguo compañero de escuela puede interrogarnos brutalmente: “Si él pudo, ¿por qué yo no?”.

Ahí comienza el juego de los espejos. El exitoso no solamente muestra lo que consiguió; sin proponérselo, refleja lo que otros no consiguieron. Para aliviar esa incomodidad aparecen explicaciones defensivas: tuvo suerte, recibió ayuda, conoce a la gente adecuada, su logro no es tan importante, yo elegí otro camino. Algunas explicaciones pueden ser ciertas, pero su función psicológica es reveladora cuando siempre disminuyen al otro y nunca examinan honestamente al que juzga.

Entre la emoción y la decisión moral

La envidia es también un problema moral. No por sentirla —las emociones llegan antes que nuestros razonamientos— sino por lo que decidimos hacer con ella. Podemos convertir la incomodidad en aprendizaje o en veneno. Podemos preguntarnos qué esfuerzo ajeno conviene imitar, o dedicarnos a desacreditarlo. Podemos elevarnos hasta donde está el otro o intentar bajarlo hasta donde estamos nosotros.

La Biblia: cuando la comparación se vuelve ruptura

Las tradiciones religiosas comprendieron muy temprano ese peligro. En la Biblia, Caín no soporta que la ofrenda de Abel sea mirada favorablemente; los hermanos de José reaccionan contra el hijo distinguido por su padre; Saúl siente amenazado su poder cuando el pueblo celebra las victorias de David. El relato bíblico no presenta la envidia como una emoción privada e inofensiva: la muestra convirtiéndose en ruptura, persecución y violencia. También recoge una intuición que la Micropolítica reconoce con facilidad: “ningún profeta es aceptado en su propia tierra”. La proximidad no siempre produce admiración; a veces produce resistencia.

Para la moral cristiana, la envidia es la tristeza ante el bien del prójimo. El problema no es solamente desear algo semejante, sino entristecerse porque el otro lo posee y, en su forma extrema, querer que lo pierda. Por eso se la ha considerado un pecado capital: puede engendrar murmuración, calumnia, odio y alegría ante la desgracia ajena. Su antídoto religioso no es la resignación pasiva, sino la benevolencia: aprender a alegrarnos por el bien ajeno, practicar la humildad y reconocer que el mérito de otra persona no constituye automáticamente una disminución del nuestro.

El mal de ojo, los cangrejos y los profetas

La cultura ha creado múltiples imágenes para describir el mismo fenómeno. Hablamos del “mal de ojo”, del “efecto cangrejo” —cuando quienes permanecen en el balde jalan al que intenta salir— y repetimos que “nadie es profeta en su tierra”. Todas esas expresiones contienen una advertencia: los grupos desarrollan equilibrios invisibles y, cuando alguien sobresale, altera la distribución del prestigio. El éxito no llega a un espacio vacío; entra en una red de comparaciones, afectos, intereses y resentimientos.

Lo que ahora nos permite ver la ciencia

Hasta hace poco, estas observaciones pertenecían principalmente a la filosofía moral, la religión, la literatura y la sabiduría popular. El avance de las ciencias permite mirarlas desde una perspectiva novedosa. La psicología contemporánea distingue entre envidia benigna y envidia maliciosa. La primera impulsa a mejorar: “Quiero alcanzar algo semejante”. La segunda busca nivelar hacia abajo: “Quiero que deje de tenerlo”. La llamada “envidia de la buena” tendría sentido solamente si transforma la comparación en esfuerzo, admiración y aprendizaje, sin desear la caída del otro.

La investigación también muestra que la envidia no es una simple metáfora. Estudios de neuroimagen han observado que las comparaciones desfavorables y relevantes para la propia identidad se relacionan con actividad en regiones asociadas al dolor social. Otros trabajos han encontrado que la desgracia de la persona envidiada puede activar circuitos vinculados con la recompensa: el inquietante placer ante el tropiezo ajeno que los alemanes llaman Schadenfreude. La ciencia no justifica la maldad; muestra cuán profundamente puede arraigarse esta emoción y por qué requiere conciencia y disciplina.

Cuando el éxito modifica el poder

En el mundo laboral, el asunto deja de ser exclusivamente íntimo. Investigaciones con empleados han encontrado que quienes alcanzan un desempeño elevado pueden convertirse en blancos de hostilidad o victimización por parte de sus compañeros, y que la envidia ayuda a explicar esa reacción. El mejor trabajador no siempre recibe solamente aplausos: también puede provocar aislamiento, rumores, obstrucción y campañas silenciosas de desgaste. El éxito redistribuye prestigio y, por tanto, modifica relaciones de poder.

La mirada de la Micropolítica

En la Parte 10 de Micropolítica: El Ejercicio del Poder sostengo que la envidia es una fuerza invisible pero constante en la arena del poder. No se limita a un defecto de carácter. Opera dentro de grupos, altera alianzas, redefine jerarquías informales y condiciona quién reconoce a quién. El ascenso de una persona crea lo que podríamos llamar capital invisible: reputación, acceso, autoridad simbólica y nuevas redes. Quienes sienten disminuida su posición intentarán adaptarse, acercarse, apropiarse colectivamente del logro, minimizarlo o resistirlo.

La Micropolítica agrega una pregunta que la psicología individual no siempre formula: ¿a quién le conviene reconocer el éxito? El reconocimiento puede ser transaccional. Un antiguo crítico cambia de actitud cuando descubre que el triunfador puede ofrecerle una recomendación, un contrato, una candidatura o una conexión. Entonces aparece el elogio que antes se negaba. No necesariamente cambió la evaluación del mérito; cambió el cálculo del interés. La política nos da abundantes ejemplos. J. D. Vance fue un crítico vigoroso de Donald Trump en 2016 y llegó a definirse como un hombre “Never Trump”; después se convirtió en uno de sus defensores más firmes, fue elegido compañero de fórmula y llegó a la vicepresidencia. Marco Rubio compitió duramente contra Trump en las primarias republicanas de 2016; años después respaldó su liderazgo, defendió públicamente su agenda y fue nombrado secretario de Estado. Es posible que en ambos casos también hayan cambiado convicciones auténticas, pero la secuencia ilustra una regla micropolítica: cuando cambia el centro del poder, muchos discursos cambian con él.

Por eso los adversarios más peligrosos no siempre están arriba. A menudo se encuentran al lado. El superior posee autoridad formal y no necesita competir en el mismo espejo. El par generacional, en cambio, comparte origen, edad, profesión o aspiraciones. Cada logro del otro puede sentirse como una comparación directa. En la academia, en la empresa, en la política, en las artes y en el deporte, muchas luchas decisivas ocurren entre quienes persiguen el mismo lugar.

Comprender esta dinámica no significa vivir con paranoia ni atribuir toda crítica a la envidia. Hay críticas verdaderas, éxitos inmerecidos y desigualdades reales. Sería intelectualmente pobre usar la envidia como explicación universal para descalificar a quien discrepa. La lectura micropolítica exige observar patrones: quién guarda silencio únicamente ante nuestros logros; quién felicita en privado pero desacredita en público; quién subraya errores pequeños después de un triunfo; quién intenta separar aliados; quién reconoce solamente cuando espera recibir algo.

Cómo manejar el impuesto del éxito

¿Cómo manejar, entonces, el peso del éxito? Primero, con humildad estratégica. No se trata de negar el esfuerzo propio ni de fingir mediocridad, sino de evitar la arrogancia que convierte una incomodidad normal en hostilidad activa. Segundo, redistribuyendo simbólicamente el mérito: reconocer al equipo, a los maestros, a la familia y a las circunstancias que hicieron posible el resultado. Compartir el éxito reduce resistencias y fortalece alianzas.

Tercero, sin humillar al vencido. El triunfo innecesariamente exhibido fabrica enemigos. Cuarto, distinguiendo entre la crítica legítima y la campaña de desgaste; escuchar la primera y documentar la segunda. Quinto, fortaleciendo vínculos antes de necesitarlos: la identificación con el grupo puede reducir la hostilidad contra quien destaca. Sexto, aceptando que algunos reconocimientos nunca llegarán. No toda tierra celebra a sus profetas y no toda comunidad sabe traducir el éxito de uno en orgullo colectivo.

La envidia que también habita en nosotros

También debemos aprender a manejar nuestra propia envidia. Nombrarla sin vergüenza, preguntarnos qué revela sobre nuestros deseos, separar la injusticia real de la comparación dolorosa y transformar la energía en un plan. Felicitar sinceramente es un ejercicio moral y una decisión de poder: quien puede celebrar el mérito ajeno demuestra que su identidad no depende de empequeñecer a nadie.

Brillar sin apagar a nadie

La envidia es, finalmente, un impuesto invisible que el éxito cobra en la arena humana. Quien sobresale debe saber que no solamente atraerá admiradores; también iluminará frustraciones ajenas y despertará adversarios silenciosos. Pero quien comprende la Micropolítica no responde con resentimiento ni ingenuidad. Lee el escenario, anticipa resistencias, comparte el mérito, protege sus alianzas y sigue avanzando.

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Porque el verdadero poder no consiste en apagar la luz de los demás para que la nuestra parezca más intensa. Consiste en brillar sin cegar, crecer sin humillar y convertir incluso la envidia —propia o ajena— en conocimiento. El envidioso necesita que otro descienda para sentirse más alto. El líder, en cambio, demuestra su estatura ayudando a que otros también se levanten.

SOBRE EL AUTOR. Alfredo Máximo Cuéllar es profesor universitario retirado, consultor, conferencista, escritor y columnista. Es autor de Micropolítica: El Ejercicio del Poder, obra en la que analiza las formas visibles e invisibles del poder en la vida cotidiana y las organizaciones.

NOTA SOBRE EL USO DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL: Para la preparación de sus artículos, el autor utiliza ChatGPT como asistente intelectual y editorial: para organizar información, contrastar argumentos, producir imágenes, localizar debilidades en el razonamiento, plantear explicaciones alternativas y revisar claridad y estructura. Las ideas centrales, la interpretación micropolítica, los juicios y la responsabilidad final del texto corresponden al autor.

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