Despistes y descuidos
Eduardo Meraz
Si consideramos el comparativo de hace seis meses con el de hoy, en la encuesta de Mitofsky, en ese lapso la presidenta Claudia Sheinbaum ha perdido poco más de tres puntos porcentuales, no obstante haberse encontrado en un escenario de virulencia verbal de su homólogo estadounidense.
Si bien es una cifra lejana a una caída, abre la puerta a interpretaciones más hondas sobre la manera en cómo se ejerce el poder y cómo se percibe desde la plaza pública.
La primera lectura apunta a los despistes, en donde la mandataria, a través de sus declaraciones, ha mostrado un desconocimiento —real o estratégico— de asuntos relevantes.
Esa aparente ignorancia, que sus críticos califican de falta de credibilidad, podría ser parte de una estrategia para humanizar su figura; en un país acostumbrado a presidentes presuntamente infalibles, la idea de una jefa del Ejecutivo que se equivoca, duda, se sorprende y se muestra menos endiosada, resulta novedosa.
Pero la frontera entre la humanidad y la fragilidad es delgada: lo que para unos es un gesto de cercanía, para otros es síntoma de incompetencia.
Otra causa podría estar relacionada con la manera de tergiversar hechos, cuando las cifras y los acontecimientos se alejan de su estrecha óptica.
En ese juego, la credibilidad se erosiona, y la ciudadanía comienza a preguntarse si la mandataria está al tanto de lo que ocurre o si, por el contrario, vive rodeada de voces que la engañan, le ocultan la verdad, dejándola a merced de intereses ajenos.
Es preferible creer en el despiste de promoción humanista de la comandanta suprema de las fuerzas armadas a caer en la cuenta de una titular del ejecutivo a merced de otros intereses.
Los comentarios públicos de la presidenta Claudia Sheinbaum en relación con sus diálogos con Luisa María Alcalde y la imposibilidad de localizar a la gobernadora Maru Campos, mostrarían la falta de respeto a la jerarquía e investidura presidencial.
La figura presidencial, que debería encarnar la autoridad y la mesura, aparece expuesta en su vulnerabilidad, como si los hilos del poder se manejaran desde fuera de su despacho y, además, los actores principales perdieran cada quien su libreto.
Los despistes de la presidenta, sus descuidos verbales, generan un ambiente de incertidumbre; la ciudadanía observa, desconcertada, cómo las palabras oficiales se contradicen, cómo los hechos se reinterpretan, cómo la narrativa se acomoda a la conveniencia del momento.
El poder es un entramado complejo, y la figura presidencial no actúa en solitario; así, detrás de cada declaración hay asesores, estrategas, intereses sus propias cartas.
Entonces, la pregunta flotando en el aire es si la presidenta sabe diferenciar las intenciones de tales maniobras o si, por el contrario, se encuentra atrapada en una red que la manipula.
La política, al fin y al cabo, es también un ejercicio de percepción y los ciudadanos no solo evalúan las acciones concretas, sino la manera en cómo se comunican, la coherencia entre el discurso y la realidad.
Cuando esa coherencia se rompe, la confianza se resquebraja. Y la confianza, más que los porcentajes en las encuestas, es el verdadero capital de un gobierno.
En el México actual, donde la polarización es intensa y las expectativas sobre el cambio son altas: cada despiste se magnifica, cada despido verbal se convierte en munición para la crítica. Y la verdadera infodemia está en su área de comunicación.
La presidenta enfrenta el reto de recuperar la narrativa, de mostrar que sus errores son parte de una estrategia de cercanía y no síntomas de descontrol. Pero ese reto exige más que palabras: requiere acciones concretas, decisiones firmes, una comunicación que no se contradiga con los hechos.
La columna vertebral del poder es la credibilidad. Sin ella, los discursos se vuelven ruido, las cifras se convierten en sospechas, las promesas en ilusiones.
La presidenta Claudia Sheinbaum tiene ante sí la tarea de reconstruir esa credibilidad, de demostrar que sus despistes no son descuidos, sino gestos de humanidad; que sus descuidos verbales no son tergiversaciones, sino intentos de explicar una realidad compleja.
Y en ese juicio, los despistes y los descuidos se convierten en metáforas de un poder que busca mostrarse humano, pero que corre el riesgo de parecer frágil.
La presidenta deberá decidir si quiere que esos errores sean vistos como actos de sinceridad o como señales de debilidad porque, al final, lo que está en juego no es solo su popularidad, sino la confianza de un país entero.
En cualquiera de los casos, por el momento, la percepción pública es la misma: una mandataria que no controla plenamente el timón.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
En las semanas recientes, se nota un acendrada actividad del gabinete de seguridad para dar golpes severos a las bandas del crimen organizado y a algunas de las autoridades vinculadas con los malosos, y lo mismo se confiscan drogas, se destruyen laboratorios, se recupera combustible robado y se detiene a actos principales de los delitos.
Ni duda cabe, el mundial de fútbol mueve montañas.








