columna

El Fobaproa guinda

PULSO

Eduardo Meraz

Reciclar el tema del Fobaproa en tiempos de la 4T es como mencionar la cuerda en casa del ahorcado, pues mientras que por ese rescate México ha pagado 1.6 billones de pesos en casi tres décadas, con la deuda pública pagaremos ese mismo monto, pero sólo en 2027.

Mientras el Fobaproa, en tiempos de Ernesto Zedillo, implicó una deuda de alrededor de un billón de pesos, el endeudamiento público en ocho años de gobiernos morenistas asciende a 10 veces más

En otros términos, en tan solo siete años, la actual administración ha duplicado el total de los pasivos acumulados durante más de 200 años de historia independiente.

Al analizar el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2027, se hace evidente que el gobierno pretende solicitar 1.7 billones de pesos en deuda nueva, de los cuales 1.6 billones, prácticamente el 100 por ciento, se destinarán de manera exclusiva al pago de los intereses preexistentes.

Para algunos analistas y opositores, esta determinación de Palacio Nacional la consideran una irresponsabilidad financiera absoluta.

El legislador panista, Ricardo Anaya comparó esta estrategia gubernamental con la de un ciudadano que adquiere una nueva tarjeta de crédito únicamente para cubrir el pago mínimo de una cuenta anterior.

Pero no es sólo la oposición quien mantiene reservas sobre los alcances, sino también el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) pidió mantener el grado de inversión de México, reducir gradualmente el déficit público y, en particular, desacelerar el crecimiento de la deuda, además de generar condiciones para que la economía crezca a un ritmo mayor.

El organismo empresarial reconoció avances hacia unas finanzas públicas sostenibles, al considerar que esto puede generar estabilidad económica y mejores condiciones para invertir y crear empleos formales.

Asimismo, el organismo empresarial consideró necesario asegurar un ejercicio eficiente del gasto público y encontrar soluciones estructurales para las empresas del Estado.

Si el Fobaproa lleva 30 años de estarse pagando y aún queda pendiente, no se requiere mucha imaginación para darse cuenta cuánto tiempo llevará pagar lo que nos han endeudado los gobiernos cuatroteístas y sin que, por ello, México haya abandonado sus niveles de inseguridad, falta de servicios médicos y mala educación, entre otras calamidades.

Hay deudas que se pagan con dinero y otras que se pagan con tiempo, las primeras pueden liquidarse con disciplina, ingresos y sacrificios; las segundas se heredan y pasan de una generación a otra como una factura que nadie pidió, pero que todos terminan pagando.

México parece caminar peligrosamente hacia esa segunda categoría, sin importar si el morenismo aún vive.

Cuando una parte cada vez mayor del nuevo endeudamiento sirve simplemente para cubrir el costo de las deudas anteriores, el mecanismo comienza a parecerse menos a una herramienta de desarrollo y más a una noria que gira sobre sí misma.

Una rueda que, mientras más rápido gira, más difícil resulta detener.

La expresión “Fobaproa guinda” no es gratuita y mucho menos políticamente correcta para los feligreses de Morena.

El Fobaproa quedó en la memoria colectiva como el símbolo de una deuda que terminó trasladándose al conjunto de los mexicanos. Durante años, esa palabra fue utilizada por la izquierda como emblema de lo que consideraba una injusticia histórica: socializar las pérdidas y hacer que generaciones enteras pagaran decisiones tomadas por otros.

Hoy, en los suntuosos pasillos de Palacio Nacional, los responsables de las finanzas públicas evaden mirarse al espejo de los endeudados, pues ahí se replica justamente esa imagen grotesca.

Sobre todo porque el reflejo resulta incómodo y hasta atroz para un gobierno que llegó al poder prometiendo transformar las prácticas del pasado, pero que termina reproduciendo, aun cuando utilice otros argumentos.

Más preocupante todavía es cuando la deuda se acompaña de un déficit persistente y de una economía incapaz de crecer a la velocidad necesaria para absorber esas obligaciones.

El gobierno, por supuesto, tiene derecho a defender su política económica y a presentar sus cifras bajo la perspectiva que considere conveniente, pero hay algo que debería estar por encima de la disputa política: las matemáticas.

Los números no militan, no tienen partido, ni participan en campañas y, tarde o temprano, terminan pasando la factura.

Si el endeudamiento crece al mismo tiempo que aumenta el gasto destinado a sostener estructuras políticas y electorales, la pregunta deja de ser únicamente cuánto debe México y comienza a ser para qué se está endeudando.

Esperemos que las cuentas de Hacienda estén bien y no se vayan a semejar a los resultados en el examen PISA, donde el gobierno salga reprobado y los mexicanos más endeudados.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

En México, durante 2025, tres de cada cuatro denuncias en las que el Ministerio Público o una fiscalía estatal abrió una carpeta de investigación no tuvo conclusión, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2026 del Inegi. Así la humanista justicia mexicana

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