Pulso
Eduardo Meraz
La humana naturaleza, tanta lejana de la perfección y tan cercana a la locura se ha hecho presente, en los días que corren, en todo el mundo, teniendo como divida principal el dinero, la riqueza y a la avaricia como su principal componente.
Mientras en Medio Oriente las pérdidas de razón de estadounidenses, iraníes, israelíes y otras naciones del mundo árabe aplican sus propias supremacías, y las intolerancia ideológica es la fuente de todo conflicto, las disputas putinescas por tratar de reconstruir la antigua Unión Soviética, amenazan, en conjunto, con desestabilizar el abastecimiento de energía a nivel mundial.
Cada bando asegura defender una causa legítima. Cada gobierno encuentra argumentos para explicar sus acciones. Cada misil parece tener detrás una narrativa cuidadosamente construida para convencer de que la violencia es necesaria, inevitable y, peor aún, justa.
Así, la intolerancia ideológica termina por convertirse en combustible. Las diferencias religiosas, políticas o territoriales dejan de ser materia de negociación y se transforman en trincheras. El adversario deja de ser un ser humano para convertirse en una amenaza, y cuando eso ocurre, la puerta de la guerra queda abierta.
Lo que comenzó como una disputa territorial se convirtió en una de las mayores crisis geopolíticas del siglo XXI y ha colocado nuevamente al mundo ante el fantasma de una confrontación entre grandes potencias.
En medio de todo ello aparece, silencioso pero omnipresente, el viejo protagonista de muchas tragedias modernas: el petróleo.
Y con ello, se reafirma la expresión de Ramón López Velarde, con la cual se define al crudo: “El niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros del petróleo el diablo”.
Esta parte del poema “Suave Patria”, que en 1921 escribiría el zacatecano se ha vuelto una especie de premonición, pues justamente son las naciones y los pueblos que mayormente cuentan con este recursos, los que han hecho del belicismo su principal instrumento para apropiarse del mismo.
La metáfora conserva una vigencia inquietante.
Porque el petróleo no sólo ha movido automóviles, industrias, ejércitos y economías; también ha movido ambiciones y ha convertido territorios enteros en piezas de un tablero donde las grandes potencias calculan rutas, reservas, mercados y zonas de influencia.
La historia contemporánea está llena de guerras, golpes de Estado, invasiones, alianzas y rupturas en regiones donde bajo la arena duerme una riqueza capaz de transformar la economía de una nación y, al mismo tiempo, convertirla en objeto del deseo ajeno.
El petróleo tiene esa extraña condición: es bendición y condena. Puede llenar las arcas de un país, financiar infraestructura y generar prosperidad; pero también puede alimentar corrupción, autoritarismo, dependencia económica y conflictos internacionales.
Por eso resulta tan difícil separar completamente las razones declaradas de una guerra de los intereses materiales que la rodean.
No significa que todos los conflictos tengan como única causa el petróleo. Sería una al mismo tiempo, salen a relucir historia, religión, nacionalismo, seguridad, territorios, alianzas, ideologías y heridas acumuladas durante generaciones.
La paradoja es que mientras la tecnología avanza con velocidad; la convivencia humana parece hacerlo a paso de tortuga.
Y mientras los gobiernos hablan de seguridad nacional, defensa de la soberanía, equilibrio estratégico o protección de sus intereses, los ciudadanos pagan la factura.
Son ellos quienes pierden hogares, familias, empleos y futuro; son ellos quienes abandonan sus ciudades con una maleta improvisada mientras los poderosos permanecen detrás de escritorios, mapas y discursos.
Desde lejos, en las pantallas, la guerra puede parecer un espectáculo de luces: misiles que atraviesan la noche, explosiones captadas por satélites, mapas que muestran avances y retrocesos, cifras de armamento y declaraciones solemnes.
Pero debajo de cada cifra hay una persona, un edificio destruido, donde al menos había una vida.
Quizá por eso el verdadero peligro de nuestros días no sea solamente que una guerra regional se extienda, sino que las palabras invasión, bombardeo, misil, refugiado o muerte terminen formando parte de la conversación cotidiana con la misma indiferencia con que hablamos del clima.
Mientras tanto, los veneros siguen bajo tierra y los hombres continúan disputándose su control.
Tal vez el diablo no esté en el petróleo mismo, sino en la codicia que despierta, es el dulce encanto de la guerra que sigue seduciendo a los poderosos.
He dicho.
EFECTO DOMINO
Todo indica que el pecado del huachicol, hará caer varias cabezas, de ayer y hoy, ya sea por omisión o por ineptitud para impedir el tráfico de combustibles.








