Pulso
Por Eduardo Meraz
Ciudad de México.- Hay derrotas que se anuncian con un marcador y otras que se descubren muchos años después, cuando una generación entera llega a la vida adulta con las herramientas incompletas para descifrarla y la educación mexicana pertenece, peligrosamente, a esta segunda categoría.
Ciertamente, desde hace un cuarto de siglo la educación en México se ha ido degradando de manera constante, pero en los gobiernos morenistas, el declive ha sido más pronunciado y, hoy, México da pena ajena con su Nueva Escuela Mexicana.
En este lapso, los distintos gobiernos han llegado con la pretensión de reinventar la escuela y han terminado dejando detrás otra capa de burocracia, improvisación y frustración.
El problema adquirió otra dimensión: ya no parece existir siquiera la urgencia de esconder el deterioro, si consideramos que el modelo cuatroteísta, dejaron de existir los alumnos reprobados, pues a pesar de sus falencias pasan al siguiente grado y la asistencia regular a clases ha perdido valor, la pedagogía guinda ha terminado por igualar la mediocridad, a la cual premia con la beca Rita Cetina.
En otras palabras, la actual estructura y funcionamiento del sistema de educación pública en México, ni PISA, ni cacha, ni deja batear.
Porque una cosa es modificar la manera de evaluar para evitar que un examen sea la única medida del aprendizaje y otra muy distinta es confundir inclusión con permisividad, acompañamiento con ausencia de exigencia o igualdad con la renuncia a distinguir entre quien aprende y quien no aprende.
La aplicación de apoyos a raja tabla y tabla rasa, aunado a libros de texto aderezados con ideología “marxiana”, no marxista, terminan por deformar generaciones de niños y adolescentes, al volverlos incapaces de comprender la lectura y no saber ni siquiera las operaciones básicas de la aritmética y las matemáticas.
Sin esas herramientas, un certificado puede convertirse en un simple papel de buena conducta académica.
Y una sociedad que entrega certificados sin conocimientos fabrica, involuntariamente, una enorme paradoja: jóvenes con más años de escolaridad, pero no necesariamente con mayores capacidades.
Eso explica, en buena medida, las nulas exigencias académicas a los alumnos de educación básica, pues de acuerdo con los resultados del Examen PISA 2025, en las tres áreas, apenas 0.5% de los estudiantes mexicanos aparece como alumno de alto desempeño en al menos una de ellas, frente a 11.9% en promedio en la OCDE.
Ante este crimen en el proceso de enseñanza-aprendizaje, los 12 titulares de Educación Pública habidos en los pasados 25 años deberían ser llamados a cuentas y, en caso de comprobarse su ineptitud, ser sancionados por truncar el desarrollo de millones de mexicanos.
Y entre ellos sobresalen las maestras Delfina Gómez -actual gobernadora del Estado de México- y Leticia Ramírez -actual secretaria del Bienestar. Que no obstante haber obtenido las herramientas básicas de la docencia, en realidad ocupar la SEP como trampolín político y al fortalecimiento de sus respectivos feudos.
Los presidentes de la República de esos años, también deberían ser severamente reprendidos por su falta de visión al dejar la responsabilidad de la educación a gente no apta para desarrollar el sistema educativo nacional.
Para ser claros y directos: la educación mexicana no necesita otra revolución sexenal. Necesita continuidad, evaluación seria, maestros respaldados y exigencia académica.
Necesita volver a entender que enseñar también significa decirle a un alumno: todavía no lo sabes, pero puedes aprenderlo.
El Estado tiene la obligación de garantizar que ningún niño abandone la escuela por pobreza, pero también tiene la responsabilidad de que quien permanece en ella salga con mayores capacidades.
De poco sirve celebrar que millones de estudiantes están matriculados si al final del trayecto no pueden competir en igualdad de condiciones con jóvenes de otros países.
La educación no puede seguir siendo el patio trasero de la política; Actualmente, el sistema parece no saber si quiere jugar, competir o simplemente permanecer en el campo.
Tampoco puede convertirse en trampolín para carreras partidistas ni en laboratorio para experimentos ideológicos.
Si seguimos confundiendo promoción escolar con aprendizaje, llegará el momento en que descubramos demasiado tarde que no estábamos construyendo una nueva escuela, sino una nueva generación de rezagados.
Ni PISA, porque los resultados internacionales exhiben nuestras carencias; ni cacha, porque durante años hemos dejado caer oportunidades que debieron convertirse en aprendizaje.
Y mucho menos deja batear, porque tampoco parece existir una estrategia consistente para que maestros, padres y alumnos sepan hacia dónde caminar.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
El INE instaló la Comisión de Verificación de Integridad en Candidaturas, que funcionará de manera permanente dentro del Consejo General y estará encargada de coordinar el procedimiento para analizar posibles factores de riesgo entre las personas que busquen competir por un cargo público.
No es suficiente el “pre”; quizá más importante es el “after”, cuando asumen el cargo, cuando toman las decisiones y a quiénes beneficia.








