columna

PULSO

Chaparrón

Eduardo Meraz

El cielo político de México se ha ido cargando de nubes densas, negras, como esas que anuncian tormentas de este verano del 26, a causa de los frentes fríos provenientes el norte.

Bien podríamos asegurar: las solicitudes de extradición de “los 10 de Sinaloa” cumplen en el papel de las primeras gotas del próximo y, quizá, fatal fuerte chaparrón que se avecina sobre distinguidos funcionarios públicos morenistas, cuyo comportamiento oscuro, los llevaría ante las autoridades estadounidenses para ser enjuiciados por sus presumibles vínculos con el crimen organizado.

No es lluvia ligera, sino chaparrón que cala hasta los huesos, pues detrás de cada nombre se dibuja la sombra del crimen organizado y la rudeza del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que no suele titubear cuando decide señalar, hasta el momento, a medio centenar de funcionarios mexicanos de gobiernos estatales los imputados por sus tratos con los cárteles mexicanos.

A estas primeras gotas de la tormenta por venir debe sumarse el retiro poco lucidor del secretario de Organización del partido guinda, Andrés Manuel López Beltrán, a pesar de los 12 millones de afiliados y pero frente a lo que parece una inminente derrota en las elecciones locales en Coahuila.

En ese escenario es factible esperar una temporada de tormentas eléctricas y vientos huracanados en Morena, cuya proceso de descomposición empezó el mismísimo 1 de diciembre de 2018, con la llegada de un presidente indolente, caprichoso y vengativo.

El aguacero no es casualidad: es consecuencia de años de decisiones erráticas, de pactos oscuros y de una marcada indolencia al gobernar, que se volvió costumbre en Palacio Nacional.

La salida del hijo del ex presidente sin nombre y sin palabra, no hace sino confirmar la multiplicación de las grietas internas en Moreba.

El partido guinda que alguna vez se presentó como esperanza, hoy parece un barco haciendo agua por todos lados, incapaz de mantener el rumbo en medio del vendaval.

Capotear el temporal, no será tarea fácil para la actual habitante de Palacio Nacional, donde el aguacero de noticias adversas tanto en lo relativo al comportamiento poco ético de muchos de los integrantes de su gabinete, como por los magros resultados de sus políticas reblandece paredes y pisos.

Tan es así, que ya han aparecido goteras y fisuras en las habitaciones virreinales, impidiéndole mostrar la imaginaria majestuosidad del segundo piso, pues es casi imposible remar contra la corriente sobre las filtraciones de corrupción, escándalos de negligencia, colapsos como el de la Línea 12 del Metro, pues aún resuenan como recordatorio de lo que ocurre cuando la soberbia sustituye a la responsabilidad.

Cada revelación sobre el comportamiento poco ético de integrantes del gabinete es un relámpago que ilumina la fragilidad del proyecto político; cada derrota electoral es un trueno que retumba en las paredes palaciegas, y cada investigación internacional es un tornado que amenaza con derribar fachada y estructura.

En la política mexicana, las tormentas suelen ser devastadoras: arrasan reputaciones, derriban liderazgos y dejan tras de sí un paisaje de desconfianza.

Lo que se avecina no es una llovizna pasajera, sino una temporada de tormentas eléctricas que pondrá a prueba la resistencia de quienes hoy ocupan el poder, si bien algunos ya están pensando en la mudanza.

La tormenta política se traduce en tormenta social, y el aguacero que cae sobre los funcionarios también moja a la población entera.

El futuro inmediato se vislumbra turbulento: las extradiciones, las derrotas electorales, las investigaciones internacionales, todo apunta a un escenario de tormenta prolongada. Y en ese contexto, la figura presidencial aparece cada vez más aislada, más encerrada en su propio palacio, incapaz de reconocer que la lluvia no es producto de conspiraciones externas, sino consecuencia de sus propias decisiones. El aguacero que hoy moja a Morena es el mismo que él ayudó a provocar.

El chaparrón no se detendrá pronto, y la pregunta es si habrá capacidad para reconstruir después de la tormenta o si, como tantas veces, se optará por levantar muros de silencio sobre los escombros.

En el horizonte, las nubes siguen acumulándose, el cielo está encapotado, el viento arrecia, los relámpagos iluminan las grietas y el aguacero, implacable, cae sobre Palacio Nacional, recordándonos que ningún poder es eterno, que ninguna fachada resiste indefinidamente y, al final, la tormenta siempre revela la verdad que se quiso ocultar.

Tal es el caso de la nulidad del diputado Ricardo Monreal, quien poniéndose el traje de buzo, intenta crear un salvavidas leguleyo, usando como pretexto la intervención o injerencia extranjera, pero cubriéndose o encubriéndose con el paraguas de sus asociados non sanctos.

La historia mexicana está llena de temporales políticos, algunos gobiernos lograron resistir, otros fueron arrastrados por la corriente, y el chaparrón de estos días seguramente no les alegra el corazón a los morenistas.
He dicho.

EFECTO DOMINO
En lo que parece una ecuación cuya respuesta no tiene margen de error, mientras el desempleo crece, la informalidad disminuye y viceversa.

Redaccion

Medio digital independiente enfocado en información verificable, cobertura institucional y análisis de temas públicos de interés para la ciudadanía.

Empieza tu día bien informado con las noticias más relevantes.

AA

MÁS NOTICIAS