Por: Gilberto Solorza
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, volvió a colocar a Groenlandia en el centro del debate internacional luego de que Washington encabezara una operación militar en Venezuela que derivó en la captura de Nicolás Maduro. Tras esos hechos, Trump redirigió su atención hacia el Ártico y, en particular, hacia Groenlandia, territorio semiautónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca. Sus declaraciones más recientes, realizadas a bordo del Air Force One, insistieron en que la isla resulta “esencial para la seguridad nacional” estadounidense por su ubicación estratégica y la presencia creciente de barcos rusos y chinos en la región.


El interés de Trump no es nuevo. Ya en 2019 planteó abiertamente la posibilidad de adquirir Groenlandia, una idea que entonces fue descartada de inmediato por Dinamarca. Sin embargo, el tema regresó con mayor fuerza tras la crisis venezolana, acompañada de una retórica más agresiva, el nombramiento de Jeff Landry como enviado especial para Groenlandia y mensajes provocadores difundidos por figuras cercanas a su entorno político.
El valor estratégico del Ártico en el siglo XXI
La pregunta de fondo es por qué Groenlandia. Para Trump, la isla representa una pieza clave en el tablero geopolítico del siglo XXI. El deshielo acelerado del Ártico, producto del cambio climático, está abriendo nuevas rutas marítimas que conectan el Atlántico con el Pacífico, lo que convierte a Groenlandia en un punto de control estratégico para el tráfico naval y aéreo del hemisferio norte. Desde ahí se puede vigilar el desplazamiento de flotas rusas y chinas, así como reforzar sistemas de detección temprana de misiles.
Estados Unidos ya cuenta con presencia militar en la isla mediante la base espacial de Pituffik, donde operan alrededor de 150 efectivos encargados de tareas de vigilancia y defensa. No obstante, Trump sostiene que eso no es suficiente y ha cuestionado abiertamente la capacidad de Dinamarca para garantizar la seguridad del territorio, llegando incluso a ironizar sobre su defensa al compararla con “un trineo de perros más”. Estas afirmaciones chocan directamente con la realidad de los acuerdos vigentes, ya que Dinamarca forma parte de la OTAN desde 1949 y Groenlandia está cubierta por las garantías de defensa colectiva de la alianza, además de los acuerdos bilaterales de 1951 que ya otorgan amplio acceso militar a Estados Unidos.
Más allá del factor militar, el interés estadounidense también tiene una dimensión económica. Groenlandia posee algunos de los mayores yacimientos sin explotar de minerales críticos y tierras raras del mundo, concentrados en proyectos como Kvanefjeld, Kringlerne y Motzfeldt Sø. Estos recursos incluyen neodimio, praseodimio, disprosio y terbio, fundamentales para la fabricación de imanes utilizados en vehículos eléctricos, turbinas eólicas, aviones y tecnología electrónica avanzada. A ello se suman depósitos significativos de zirconio, zinc y un alto potencial hidroeléctrico, con una matriz energética que ya depende mayoritariamente de fuentes bajas en carbono.
Soberanía, tensiones diplomáticas y el efecto Venezuela
Para Trump, estos recursos encajan con su agenda de autosuficiencia estratégica y reducción de la dependencia de cadenas de suministro dominadas por China. Sin embargo, la explotación enfrenta obstáculos importantes: altos costos, oposición ambiental, prohibiciones a la extracción de uranio y litigios que mantienen paralizados proyectos clave. El propio gobierno groenlandés ha calificado este potencial como “modesto” en términos prácticos, pese a su relevancia global.
Las reacciones en Copenhague y Nuuk han sido contundentes. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó de “absurdas” las insinuaciones de anexión y exigió el cese de lo que considera amenazas contra un aliado de la OTAN. Dinamarca ha recordado que ya invierte miles de millones de dólares en defensa ártica y que la soberanía del territorio no está en negociación. En Groenlandia, el primer ministro Jens-Frederik Nielsen respondió con un tajante “¡Ya basta!”, defendiendo la autodeterminación del pueblo groenlandés y calificando las declaraciones de Trump como “irrespetuosas” e “inaceptables”.
El contexto reciente de Venezuela ha amplificado las tensiones. La rapidez y contundencia de la intervención estadounidense en Caracas alimentó temores de que Washington esté dispuesto a usar la coerción para asegurar intereses estratégicos. Aunque analistas consideran improbable un escenario militar en Groenlandia, las evaluaciones de inteligencia danesas ya incluyen a Estados Unidos como un factor de riesgo diplomático, algo impensable hace apenas unos años.
En ese sentido, el interés de Trump por Groenlandia parece menos una antesala de anexión y más una herramienta de presión política y económica. No obstante, su retórica confrontativa ha logrado un efecto claro: tensionar la relación con un aliado histórico y reabrir el debate sobre quién controlará el Ártico en un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias.









