PULSO
Por Eduardo Meraz
Ciudad de México.- Al amparo del apotegma más sentido del populismo: “sin acarreo no hay paraíso”, a partir de la miope visión en torno al acarreo, más allá de ser práctica arraigada, se quiere ver como símbolo, como procesión legitimadora del poder.
Este fin de mes, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a recurrir al añejo ritual del acarreo, como si el número de asistentes, incluso vía remota o por streaming, esas presencias se convirtieran, por arte de magia, en votos.
Confiada en ese rancio dogma, la habitante de Palacio Nacional lanzó su versión del clásico: conmigo o contra mí, pero ahora la define entre intervencionistas e injerencistas; los primeros son nativos y los segundos fuereños.
Categorías sacadas del sarcófago de la retórica, en vez de ser un análisis político. Los primeros, internos, son tolerados; los segundos, externos, son condenados.
La dicotomía, sin embargo, no es inocente: sirve para delimitar un “nosotros” frente a un “ustedes”, un país dividido en bandos, donde la lealtad se mide en términos de pertenencia.
Es decir, quienes coinciden o están de acuerdo con el intervencionismo de poderes fácticos internos, estarían en favor de la cuarta transformación, en tanto que los simpatizantes de la injerencia de grupos del exterior, en cualquiera de sus manifestaciones, serían los conservadores, los privilegiados del antepasado.
El discurso oficial se ha convertido en un espejo deformante, donde la narrativa se acomoda para justificar un México donde las elecciones se convierten en rituales a modo, o incluso en ceremonias prescindibles. La democracia, en este relato, es un mar muerto sobre el cual se nada sin necesidad de vejigas.
Los pasos hacia esa construcción son claros: primero, el control del poder judicial, con la Suprema Corte y el Tribunal Electoral como piezas de ajedrez; después, la ampliación del mandato de los magistrados hasta 2034, como si el tiempo político pudiera congelarse; finalmente, la modificación del artículo 41, que permite anular elecciones bajo el pretexto de injerencia extranjera.
Allanado el camino para eliminar cualquier protesta o inconformidad de los opositores – los “ustedes”-, el cuatroteísmo viajaría hacia la permanencia en la Presidencia, eso en términos formales, porque los poderes fácticos, en particular el crimen organizado, podrían retirarles la confianza y desconocer los acuerdos establecidos, si ven afectados sus intereses.
Además, todos los privilegiados, a los cuales el oficialismo condena en el discurso y beneficia con ganancias superlativas, también podrían quitarles “el grado de inversión”, como ya se ha visto con la salida de capitales a otras naciones.
La democracia puede ser debilitada desde dentro, pero el mercado y la violencia tienen sus propias reglas, y no siempre coinciden con las del discurso político.
El acarreo, entonces, se convierte en metáfora de un sistema que necesita cuerpos para existir; sin ellos, el paraíso prometido se desvanece; pero esos cuerpos no son ciudadanos libres: son engranajes de una maquinaria que los compra, los convoca, los contabiliza, los exhibe.
La democracia como la entiende y fomenta el cuatroteismo, se ve reducida a espectáculo, el cual se sostiene en la asistencia masiva, en la presencia física, en la ilusión de unanimidad. El acarreo es la misa dominical del populismo: sin feligreses, no hay liturgia.
La paradoja es que el discurso oficial entraña la contradicción, pues es parte del guion: se necesita un enemigo para justificar la lucha, pero también de socios para sostener el poder. Así, los privilegiados, entre los cuales se encuentran los capos, juegan el doble papel de villanos y cómplices, de condenados y beneficiados.
En este escenario, la democracia mexicana se asemeja a un teatro barroco: decorados grandilocuentes, actores repitiendo hasta el hartazgo sus parlamentos y un público convocado por obligación.
El acarreo es la garantía de que la obra se represente, aunque el guion sea previsible y los desenlaces estén escritos de antemano.
La pregunta que queda flotando es si el país puede sostenerse en esta liturgia indefinida. ¿Qué ocurre cuando los feligreses se cansan de asistir? ¿Qué pasa cuando los capitales deciden que el templo ya no es seguro? ¿Qué sucede cuando los poderes fácticos reclaman su propio altar?
También lee: Gusano barrenador activa alerta en Puebla
El acarreo, por sí solo, no garantiza la eternidad del paraíso; la democracia, aunque debilitada, sigue siendo un fantasma que recorre las calles, recordando que la legitimidad no se construye solo con multitudes, sino con instituciones sólidas y ciudadanos libres.
El paraíso, sin democracia, es apenas un decorado vacío.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Un vehículo blindado perteneciente a la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) fue reportado como robado en Sonora, provocando una fuerte movilización de corporaciones de seguridad en la región.








