Así lo dice La Mont
Origen: La Organización de las Naciones Unidas atraviesa una asfixia financiera sin precedentes que compromete su viabilidad operativa justo cuando se aproxima el relevo en la Secretaría General. La administración de António Guterres concluye su ciclo en medio de un déficit crónico que obliga obliga al organismo a congelar contrataciones, recortar misiones de paz y limitar sus funciones más elementales.
Esta parálisis no responde a una simple inercia burocrática, sino a un colapso sistémico del multilateralismo de posguerra, incapaz de mediar en los conflictos de Ucrania, Medio Oriente o el Sahel. La insolvencia económica desnuda una crisis de legitimidad mucho más profunda: el andamiaje institucional fundado en 1945 carece hoy del músculo político para hacer cumplir sus resoluciones y de los fondos mínimos para sostener su infraestructura básica. Guterres heredará a su sucesor una sede central endeudada, mermada en su autoridad moral y maniatada por un Consejo de Seguridad permanentemente bloqueado, donde las tensiones geoeconómicas convirtieron la tesorería de la organización en un campo de batalla subsidiario.
Quien asuma las riendas del organismo internacional se enfrentará a la titánica tarea de gestionar no solo una transición de liderazgo, sino la supervivencia fáctica de una institución al borde de la irrelevancia práctica. El incumplimiento sistemático de las cuotas ordinarias por parte de potencias miembros permanentes del Consejo de Seguridad como Estados Unidos y China no es un descuido administrativo ni un problema de liquidez doméstica, sino una calculada estrategia de chantaje y control geopolítico. Históricamente, Washington utilizó la retención de sus contribuciones obligatorias las cuales superan el 20% del presupuesto regular de la organización como una palanca coercitiva para congelar resoluciones, frenar programas contrarios a sus intereses estratégicos o castigar inclinaciones ideológicas dentro de las agencias especializadas.
Por su parte, Beijing consolidado como el segundo mayor contribuyente tanto del presupuesto ordinario como del financiamiento de las operaciones de mantenimiento de la paz, condiciona y dilata sus desembolsos para consolidar esferas de influencia, proyectar su agenda hegemónica y contrarrestar el predominio occidental en los mandatos humanitarios. De este modo, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad trasladan su derecho de veto al terreno presupuestario: si una iniciativa o dirección no conviene a sus intereses nacionales, estrangulan su financiamiento.
Esta táctica de morosidad deliberada desvirtúa el principio de soberanía jurídica internacional y reduce la operatividad de la ONU al capricho de las tesorerías de las superpotencias, que prefieren mantener a un árbitro global debilitado antes que someterse a una autoridad colegiada verdaderamente independiente. La pugna por el relevo en la Secretaría General reabre la encrucijada entre el principio no vinculante de rotación regional y la urgencia de un perfil técnico de probada eficacia diplomática.
Aunque el cambio geográfico sugeriría el turno de Europa del Este la única región que jamás encabezó la organización o de América Latina, el enconado choque entre Rusia y las potencias occidentales descarta de facto cualquier postulación de esa región. En este escenario emerge la figura de Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) Pese a que su nacionalidad argentina lo sitúa en el ámbito latinoamericano, su peso como aspirante no radica en su geografía, sino en su manejo de crisis de máxima volatilidad, desde la central de Zaporiyia hasta las complejas inspecciones en Teherán.
Grossi representa un liderazgo técnico, pragmático y habituado a negociar con las potencias del Consejo de Seguridad, cualidades indispensables para sacar a la ONU de su letargo operativo. No obstante, su postulación debe sortear tanto el reclamo de alternancia geográfica estricta de otros bloques como la reticencia de superpotencias recelosas de un secretario general con auténtica solvencia técnica e independencia política.







