columna

PULSO

Decadentes

Eduardo Meraz

Si no el olvido, la distancia al menos sirve para mitigar la separación o abandono de sentimientos y creencias, porque la temporalidad se vuelve tan o más caprichosa a la complicidad. Y eso es justamente el momento por el cual atraviesa el oficialismo.

No porque los intereses comunes desaparezcan de golpe ni porque las convicciones se evaporen de un día para otro, sino porque el tiempo tiene una manera silenciosa de revelar aquello que durante años permaneció oculto bajo la disciplina, la conveniencia o la esperanza.

Los agravios infringidos a todos aquellos fuera de la claque morenista, se han ido acumulando y ya se empiezan a desbordar los límites de la prudencia, por lo cual unos cuantos aviesos lectores de señales de la cuarta transformación, empiezan a girar hacia otros lados, empiezan a mirar hacia la puerta mientras todavía permanecen dentro de la casa, como preámbulo al inminente abandono de la nave.

Durante demasiado tiempo, la llamada Cuarta Transformación construyó buena parte de su fortaleza sobre una idea sencilla: los suyos eran distintos, distintos de los políticos de antes, de los gobiernos anteriores, de las prácticas condenadas desde la oposición.

Pero el poder tiene una peculiaridad: termina mostrando el verdadero rostro de quienes lo ejercen.

Los agravios acumulados se han convertido en una larga sucesión de desencuentros, contradicciones y señales que comienzan a erosionar aquella frontera moral que durante años separó discursivamente a “ellos” de “nosotros”.

Y entonces aparecen las palabras incómodas, pues provienen de las entrañas del movimiento.

En días recientes dos altos integrantes de la marea guinda han hecho declaraciones, anticipando una posible desbandada de este movimiento.

Ariadna Montiel, dirigente de Morena, habló de un “déficit ético” entre militantes y simpatizantes de su movimiento y no es una expresión menor.

Cuando una organización política comienza a reconocer desde dentro que algo falla en su brújula moral, el problema deja de ser el adversario, la prensa, los conservadores o cualquier otro enemigo habitual del discurso partidista.

En realidad, se ha dado cuenta que el espejo, esta vez, está colocado frente a ellos, porque la ética pública comienza precisamente cuando termina la comodidad de justificar a los propios.

Y más recientemente, el ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar Ortiz, advirtió que en México existe una “decadencia del servicio público” por la falta de principios éticos y de una sujeción plena a las normas.

Es decir, ambos personajes hacen un retrato hablado complementario de dirigentes y funcionarios de la 4T y explican en mucho el grave deterioro de la vida económica, política social y legal de México en los últimos ocho años.

Cuando la ética se adelgaza, las instituciones comienzan a perder autoridad y cuando las normas se vuelven negociables, la ley deja de ser una frontera y se convierte en una sugerencia.

Asimismo, cuando quienes gobiernan consideran que la legitimidad electoral basta para justificar cualquier decisión, la democracia corre el riesgo de transformarse en una simple ceremonia periódica para renovar privilegios.

Como consecuencia de este lento pero firme proceso de degradación avanza, aparecen los pequeños abusos tolerados, las excepciones hechas para los amigos, la arrogancia de quien ocupa un cargo, la descalificación del que pregunta demasiado, la sospecha permanente contra quien piensa diferente. Se vuelve costumbre antes de convertirse en sistema.

Morena se encuentra, en estos momentos, en el umbral de esta circunstancia, cuando toda organización política comienza a perder fuerza mucho antes de perder elecciones.

No necesariamente estamos frente a una desbandada inmediata, pero como se parece tanto, debido a que convendría no ignorar; los movimientos políticos suelen morir mucho después de que empiezan a perder aquello que los hizo atractivos.

Ocho años son suficientes para que una revolución política comience a convertirse en rutina. Y la rutina es peligrosa para cualquier movimiento que nació prometiendo ruptura.

Y Ese es quizás el mayor riesgo del oficialismo: no que sus adversarios lo derroten, sino que sus propias contradicciones terminen vaciándolo por dentro.

Porque ningún movimiento político sobrevive indefinidamente alimentándose de agravios, consignas y enemigos imaginarios; tampoco puede sostenerse únicamente mediante la lealtad de quienes dependen del poder.

Las declaraciones de Ariadna Montiel y de Hugo Aguilar finalmente se han apartado del autoengaño y se han vuelto un claro mentis a las promesas morenistas al inicio del movimiento.

Morena nació como una respuesta al hartazgo, pues se alimentó durante años de la indignación acumulada contra un sistema político que había convertido el poder en patrimonio de grupos, familias y camarillas.

Su discurso prometió limpiar la casa, pero hoy, luego de ocho años, la casa esta sucia, ajada, descarapelada, con todos los servicios funcionando mal y queriendo que los ciudadanos se acostumbren a la precariedad.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Javier Laynez Potisek, ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), sostuvo categórico: “Dice la Constitución claramente que la renuncia de un Magistrado Electoral solamente procede por causa grave que debe aprobar el Legislativo”, lo cual no ha sucedido.

Redaccion

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