Miénteme más
Eduardo Meraz
La mentira, ese recurso tan humano como perverso, ha sido elevada por los gobiernos a la categoría de arte; poco importa el color de la bandera o la ideología que se enarbole, la falsedad es el hilo invisible para coser discursos y maquillar derrotas o disimular errores.
Y, sin embargo, en México, bajo el cuatroteísmo, la mentira ha alcanzado un rango superior: se ha convertido en promesa de felicidad.
Si la verdad nos hará libres, para el cuatroteísmo las mentiras nos harán dichosos, por lo cual causa una extrañeza absoluta el reclamo presidencial por desconocer quién miente o mintió en el caso de la “extracción” de Ismael “El Mayo” Zambada hace casi dos años.
Esta circunstancia es un ejemplo perfecto de cómo la mentira se vuelve estrategia y, por ello, la supuesta “extracción” del capo hacia territorio estadounidense, ocurrida hace casi dos años, se ha transformado en un relato de espejos: nadie sabe quién mintió, quién calló, quién permitió a una aeronave cruzar la frontera y las autoridades mexicanas ni se dieran cuenta.
La sopa de su propio chocolate recibida por los habitantes -pasado y presente- de Palacio Nacional sobre este acontecimiento, se ha vuelto un objeto extraviado en el desorden gubernativo palaciego y sirve no para esclarecer, sino para distraer, crear un foco de atención alterno, sustituto, a la eliminación de la selección mexicana del Mundial de Futbol de este año.
Entonces, la mentira no es sólo un recurso: es un refugio; los gobiernos la utilizan para justificar lo injustificable, para ocultar lo indecible, para proteger lo indefendible. Es un modus operandi global, un lenguaje compartido por quienes administran el poder.
Y en México, la mentira se ha vuelto tan cotidiana que ya no sorprende: se espera, se acepta, se consume como parte del menú político.
Mientras, se busca viralizar el tema de si Estados Unidos faltó a la verdad sobre la forma en cómo fue trasladado a su territorio uno de los líderes fundadores del Cártel de Sinaloa, en vez de explicar en dónde estaban las autoridades mexicanas al permitir a una aeronave cruzar la frontera -entrada y salida- sin que nadie se diera cuenta.
Tras tener conocimiento de la llegada y detención de El Mayo Zambada ante las autoridades norteamericanas, los gobiernos cuatroteístas han enviado tal número de misivas para pedir información, comportándose como Joaquín “El Chapo” Guzmán, solicitando ser regresado a México.
La similitud en el comportamiento epistolar del anterior y el actual gobierno sobre este asunto y la del capo detenido en Estados Unidos han tenido como respuesta el silencio, y las pocas noticias sobre la extracción de Zambada no parecen agradar a las autoridades mexicanas, medias verdades incómodas a sus deseos o intereses.
Así, la normalización de la mentira como política de Estado, se convierte en espectáculo, en cortina de humo, en distractor.
Se viraliza la duda sobre la extracción de Zambada, mientras se oculta la ineficacia de las instituciones; se discute la narrativa, no la realidad; se debate el cuento, no el hecho, por lo cual la mentira se perpetúa, se reproduce, se multiplica.
La intención es que la sociedad se acostumbre a las mentiras, al engaño, formando parte del paisaje, como el smog en la ciudad o el ruido del tráfico.
Se aprende a convivir con ella, a interpretarla, a descifrarla, pues se se sabe que detrás de cada discurso hay un vacío, detrás de cada promesa hay una trampa, detrás de cada declaración hay un cálculo.
Porque la mentira, aunque se sepa mentira, ofrece consuelo, es un bálsamo adormecedor de la conciencia, aplaza la indignación y posterga la rebelión.
El reclamo presidencial por no saber quién mintió resulta casi cómico. ¿Acaso no es la mentira el combustible de su propio gobierno? ¿Acaso no se ha construido el cuatroteísmo sobre relatos contradictorios, promesas incumplidas, cifras maquilladas?
La mentira no es un accidente: es una estrategia. Y reclamar por ella es como quejarse del humo mientras se alimenta el fuego.
La historia de Zambada, entonces, es apenas un capítulo más en la novela interminable de las mentiras políticas. No importa si fue extraído, detenido, entregado o desaparecido: lo que importa es el relato que se construye alrededor.
En la política mexicana, la verdad es irrelevante, lo realmente importante es la percepción, la ilusión, el espectáculo, atrapando al país en la telaraña de las mentiras sobre seguridad, economía, justicia; mentiras repetidas hasta volverse creíbles, virales, que se aceptan hasta volverse costumbre.
Allá del caso Zambada, la pregunta es por qué seguimos aceptando la mentira como forma de gobierno y. también por qué seguimos tolerando se nos engañe, manipule, distraiga.
Por qué seguimos creyendo que la mentira puede hacernos felices, cuando en realidad nos condena a la ignorancia, a la resignación, a la impotencia, como si la verdad aún habitara entre los políticos mexicanos.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Un nuevo derrame de combustóleo pesado fue detectado en el municipio de Salina Cruz, Oaxaca. Este suceso representa el séptimo incidente de este tipo que afecta a distintas colonias de Salina Cruz en un lapso menor a 30 días, todos ellos registrados en el perímetro de la refinería “Antonio Dovalí Jaime”.








