columna

PULSO

De bajada

Eduardo Meraz

A ciencia cierta, no se sabe si exista una correlación directa entre el estado de ánimo exaltado de los mexicanos con su representativo en el Mundial de Futbol 2026 y el innegable descenso en la popularidad de la presidenta Claudia Sheinbaum y la aprobación de su gobierno.

El Mundial de Futbol 2026 ha regalado a los mexicanos un respiro, un instante de comunión que se vive como si fuera un milagro.

Sin embargo, más allá de las canchas y los estadios, la realidad política se muestra menos festiva. Las encuestas independientes, alejadas del discurso oficial, dibujan un panorama sombrío.

La exaltación deportiva contrasta con el desencanto político, y en esa contradicción se revela la compleja trama de un país que celebra goles mientras padece carencias.

El contraste no es nuevo. La historia mexicana ha estado marcada por momentos en que los triunfos deportivos se convierten en bálsamos temporales frente a crisis sociales o políticas.

Los manifestaciones multitudinarias en distintas plazas del país para festinar los primeros cuatro triunfos, sin recibir gol, contrasta con los sondeos realizados por casas encuestadoras, alejadas del oficialismo, donde se hace evidente la calificación reprobatoria al segundo piso de la transformación.

Desde un punto de vista simplista, los triunfos deportivos y el mal sabor de boca por los casi dos años de gobierno, carecerían de sentido, pues de acuerdo con la óptica oficialista “todo está y marcha bien”, pero en su cotidianeidad los mexicanos padecemos de limitaciones en distintos grados y áreas.

Entonces, este tomar la calle por miles y miles de aficionados para celebrar las victorias balompédicas será la otra cara de la moneda de una sociedad insatisfecha, luego de ocho años.

El fútbol, con su capacidad de convocar multitudes y despertar pasiones, también es un velo que oculta, aunque sea por un instante, las heridas abiertas de la vida.

El balón rueda, los goles se celebran, y la ilusión se renueva, pero al terminar el partido, la realidad regresa con su carga de limitaciones: salarios insuficientes, inseguridad persistente, servicios públicos deficientes.

El discurso gubernamental se aferra a la narrativa de la continuidad, a la idea de que el “segundo piso de la transformación” avanza con firmeza; sin embargo, los ciudadanos saben que la retórica no llena la despensa ni garantiza seguridad en las calles.

El acontecer diario se impone como juez implacable, y el desencanto no se mide en discursos, sino en la experiencia concreta de quienes enfrentan cada día las dificultades de un país que parece caminar con paso cansado.

La paradoja es evidente: mientras el fútbol nos une en una celebración casi mística y mítica, la política nos divide; mientras el estadio se convierte en templo, la plaza pública, la encuesta, la conversación cotidiana en el transporte o en el mercado, revelan otra verdad: la confianza en el gobierno se erosiona, y el entusiasmo deportivo no alcanza para revertir esa percepción.

Una victoria en la cancha puede hacernos olvidar por unas horas los problemas, pero no logra borrar la memoria de ocho años de gobiernos que no han cumplido las expectativas.

El Mundial ofrece un relato épico, un guion donde los héroes visten de verde y conquistan victorias que nos hacen sentir parte de algo más grande; la política, en cambio, ofrece un relato gris, donde las promesas se diluyen y las expectativas se frustran.

La pregunta inevitable es cuánto tiempo puede sostenerse esta dualidad, cuánto puede durar la ilusión futbolística antes de que la realidad política vuelva a imponerse con toda su crudeza.

La columna vertebral de la democracia no puede depender de los goles, y el riesgo de confundir ambas dimensiones es grande: creer que la euforia futbolística puede compensar el desencanto político es una ilusión peligrosa, y casi siempre tiene fecha de caducidad en el corto plazo

El México de 2026 vive, una paradoja luminosa y oscura a la vez. En las plazas, la alegría se desborda con cada triunfo de la selección; en las encuestas, la desaprobación se acumula como una sombra que crece.

Pero cuando el Mundial termine para México, las luces del estadio se apaguen y los cánticos se desvanezcan, sociedad y gobierno saben que el verdadero triunfo no está en el marcador, sino en la capacidad de construir un país donde la alegría no sea efímera, sino cotidiana.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ
En México persiste una “grave crisis” de personas desaparecidas, pues desde el inicio del Mundial de Fútbol, el pasado 11 de junio a la fecha, se han registrado más de mil 200 nuevos casos, denunciaron familiares que buscan a sus seres queridos. La cifra fue estimada por los propios colectivos de búsqueda a partir de un análisis del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas.

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