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PULSO

Ricos y pobres

Eduardo Meraz

Como para dar plena validez al lema del segundo piso transformador: prosperidad compartida, de acuerdo a cifras oficiales, el gobierno ofrece a los ricos un monto 1.5 veces en concesiones fiscales -a unos cuantos machucones- a lo otorgado a más de 30 millones de mexicanos vía los mal llamados programas sociales.

Un estudio de Oxfam México, “¿Incentivos para quién? Renuncias recaudatorias que subsidian a los más ricos”, expone que las arcas públicas dejaron de recaudar 1.58 billones de pesos en 2025 gracias a tales concesiones.

El discurso promete equidad, pero los números cuentan otra historia: mientras millones de mexicanos reciben apoyos sociales, apenas para sobrevivir, los grandes capitales disfrutan de concesiones fiscales que multiplican sus beneficios.

Estas exenciones, deducciones, condonaciones y estímulos fiscales dirigidos, son una forma alterna de incentivar el crecimiento y la inversión; cuestión que en su mayoría ha beneficiado a los hogares con mayores ingresos y a las grandes empresas.

Las renuncias recaudatorias en México equivaldrían a 4.4% del Producto Interno Bruto del país, magnitud 38 veces mayor al presupuesto asignado a la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano y hasta 376 veces superior al destinado para la Secretaría de las Mujeres.

Ello bajo el argumento de promover el desarrollo y el bienestar pero, en realidad, constituye una forma de gasto público: distribuye recursos, genera incentivos y refleja prioridades políticas.

En cambio, la realidad económica de México presenta una paradoja preocupante: salir de la pobreza no garantiza, de ninguna manera, alcanzar la estabilidad o el bienestar social.

Según los datos más recientes del Semáforo de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), la transición hacia fuera de la pobreza laboral ocurre, en su gran mayoría, dentro de los márgenes de la precariedad.

Esto es así, porque el 78% de las personas que lograron superar el umbral de pobreza laboral lo hicieron integrándose al sector informal, una condición que los deja sin acceso a seguridad social, ahorro para el retiro o protección ante emergencias.

Esta situación revela que la movilidad social en el país es extremadamente frágil; de acuerdo con el reporte, el 65.8% de las personas que se encontraban en pobreza laboral en el primer trimestre de 2025 permanecieron en esa misma condición un año después.

Así, la denominada “prosperidad compartida”, se traduce en regresar a los decíles más altos, unos cuantos centenares de ricos, el equivalente por devolución de impuestos a millones de mexicanos -al menos una tercera parte de la población- un monto 50 por ciento menos.

En otras palabras, el Estado autoproclamado defensor de los más pobres, termina subsidiando a los más ricos, bajo el argumento de promover la inversión y el crecimiento, se otorgan estímulos reforzando la concentración de la riqueza.

Es un gasto público disfrazado, un mecanismo que distribuye recursos con sesgo evidente y que refleja prioridades políticas más inclinadas hacia los “machucones” que hacia los marginados.

La pobreza, entonces, no es solo un estado económico: es una trampa que atrapa generaciones enteras, un círculo vicioso que se perpetúa a pesar de los programas sociales y las promesas gubernamentales.

La metáfora es inevitable: unos cuantos centenares de ricos reciben banquetas enteras de privilegios, mientras millones de pobres se conforman con un plato de lentejas.

Entonces, la desigualdad no es solo un problema económico: es también un riesgo político.

Un país donde la mayoría vive en la precariedad mientras unos cuantos disfrutan de privilegios fiscales es un país condenado a la frustración social; la brecha entre ricos y pobres se convierte en un abismo que erosiona la confianza en las instituciones y alimenta el desencanto.

El discurso oficial insiste en que los programas sociales son la vía para garantizar bienestar, pero la realidad muestra que son paliativos, no soluciones.

Mientras tanto, las concesiones fiscales actúan como transfusiones de privilegios para quienes menos lo necesitan.

México parece atrapado en un péndulo que oscila entre la pobreza y la precariedad: los pobres que logran salir de la miseria caen en la informalidad, y los ricos que reciben estímulos fiscales consolidan su poder económico. El péndulo nunca se detiene en el punto medio de la equidad.

No basta con repartir apoyos sociales si al mismo tiempo se condonan impuestos a los grandes capitales, pues no basta con sacar a la gente de la pobreza si se les condena a vivir en la informalidad.

La prosperidad compartida no puede ser un lema vacío, la llamada prosperidad compartida, tal como se practica hoy, es una ficción.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Este miércoles, está anunciada la movilización nacional de Transportistas, con énfasis en los ingresos a la Ciudad de México y más tarde la realización del encuentro ente México y Chequia, por lo cual la movilidad en la capital del país puede resultar caótica. Tome precauciones.

Redaccion

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