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PULSO

Vulnerabilidad

Eduardo Meraz

La frecuencia al utilizar la palabra, cual si fuera eco en los pasillos de Palacio Nacional es vulnerabilidad. No importa cuántas veces intenten disfrazarla con discursos solemnes o con la retórica de la “voluntad popular”, lo cierto es la fragilidad del proyecto transformador.

Es como si el edificio de la llamada “Cuarta Transformación” estuviera construido sobre arena, y cada nueva ley, cada modificación normativa, fuera un intento desesperado por apuntalarlo antes del previsible derrumbe.

Los escándalos de corrupción y de derroche de algunos de sus miembros más distinguidos, sumados a los escasos resultados en materia económica y los yerros en el ejercicio del poder en estados y municipios, se manifiestan en las más recientes encuestas sobre la capacidad de gestión del segundo gobierno morenista en el país.

Pero el efecto más devastador en la supuesta fortaleza moral del cuatroteísmo es, sin duda, el vínculo de muchos de quienes ejercen el poder, en los tres niveles de gobierno, con el crimen organizado.

La fortaleza moral que se proclamaba como estandarte se ha visto erosionada por la realidad: vínculos con el crimen organizado, sospechas de cogobierno y la ominosa sombra de una “mafiocracia” la cual, según diversos estudiosos, ya ejerce un poder compartido.

En dichos cambios normativos, la terminología de “debilidad” expresada por los poderes ejecutivo y legislativo es manifiesta en grado superlativo, pues en explicaciones y entrevistas han sido excesivamente reiterativos en hablar de “injerencia o intervención” externa para anular una elección.

Esto es así, porque temen perder el poder, pues son machacones al hablar de la “vulnerabilidad” de la voluntad popular; el discurso oficial insiste en la amenaza de la “injerencia externa”, ese fantasma imaginario capaz de manipular elecciones y anular la voluntad popular.

Pero calla, con un silencio ensordecedor, el intervencionismo interno: el del crimen organizado que ya decide, en muchas regiones, quién gana y quién pierde.

Los ajustes electorales se tratan, en realidad, de garantizar ese “voto de calidad” que no aparece en las boletas, pero que se impone con la fuerza de las armas y el control territorial.

La vulnerabilidad, entonces, no proviene de afuera, sino de adentro, de un Estado que ha cedido espacios y que ahora parece dispuesto a renegociar con los cárteles su permanencia en el poder.

Para obtener el perdón de los “cárteles asociados”, son los ajustes normativos impulsados por el presidente de la Junta de Coordinación Política de los Diputados, Ricardo Monreal, lo cual permitiría al morenismo mantenerse en el poder, salvo que los vecinos del norte digan lo contrario.

Se habla de reformas que permitirán blindar candidaturas, asegurar mayorías y reducir la incertidumbre electoral; pero detrás de esa ingeniería política se percibe el temor, el miedo a perder el poder, a que la balanza se incline hacia otro lado.

Es decir, están diseñando el mecanismo ideal para cometer el “crimen perfecto” de decir cómo y cuántos cargos de elección popular -diputados federales, presidentes municipales, cabildos, diputados locales y gubernaturas- quedarán en las manchadas manos guindas.

Los cambios electorales son la penitencia por el pecado de detener capos o incautar drogas y buscan el perdón de los “cárteles asociados”. Es un juego peligroso, donde la política se confunde con la criminalidad y donde la línea entre Estado y mafia se difumina.

Los discursos reiterativos, machacones, casi obsesivos en advertir sobre la fragilidad de la voluntad popular; esa insistencia no oculta, sino revela: un gobierno sintiéndose débil, que reconoce que su legitimidad está en entredicho y necesita pactar con los grupos delincuenciales para sobrevivir.

La vulnerabilidad también se expresa en la economía, donde los resultados son escasos, las promesas incumplidas, el crecimiento raquítico; la narrativa de la transformación choca con la realidad de los bolsillos vacíos, de la inflación que golpea a las familias, de la falta de oportunidades para los jóvenes.

En este escenario, las reformas judicial y electoral no son instrumentos de fortalecimiento institucional, sino parches para cubrir grietas; se presentan como avances democráticos, pero en realidad son mecanismos de control.

Se habla de transparencia, pero se multiplican las irregularidades y se presume la defensa de la soberanía, pero se negocia con el crimen organizado; así, la vulnerabilidad, en grado superlativo, se convierte en el signo del segundo piso transformista, que no transformador.

La columna vertebral del proyecto político se dobla bajo el peso de sus contradicciones. La vulnerabilidad es el espejo donde se reflejan todas ellas: corrupción, crimen, debilidad institucional, precariedad económica, aderezadas con relaciones pecaminosas.
He dicho.

EFECTO DOMINÓ
Desde Teapa, Tabasco, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo una invitación a los mexicanos a congregarse en las plazas y los zócalos de las 32 entidades de la República, para escuchar el informe que dará con motivo del segundo aniversario de su victoria en las elecciones presidenciales de 2024.
La urgencia del apapacho, aunque sea forzado, pero eso sí, más barato.

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