Infiltraciones
Eduardo Meraz
Si del neoliberalismo pasamos a la cuarta transformaciones, también podemos afirmar sobre el tránsito del pacto criminal con el crimen organizado, a las Infiltraciones y asociaciones con el partido en el poder.
Así, pues, el tránsito histórico de México, del neoliberalismo a la llamada cuarta transformación, no solo se mide en cifras económicas o en discursos ideológicos; también se mide en las sombras, en los pactos invisibles, mutando con el tiempo: del acuerdo tácito con el crimen organizado a las infiltraciones abiertas en las estructuras del poder.
Se le llame como se le llame, lo cierto es el avance y apropiación en las esferas gubernamentales de los grupos delincuenciales. Al principio, mordiéndose el rebozo y cinco décadas después prácticamente imponiendo condiciones.
Los capos ya no buscan la complicidad tímida de funcionarios temerosos; ahora dictan reglas, marcan territorios y se sientan a la mesa del poder como socios inevitables.
Los últimos doce años hemos sido testigos de un fenómeno aún más corrosivo: funcionarios públicos que, lejos de resistir la tentación, mordieron con gusto la manzana envenenada.
Sabían que perderían el paraíso del poder por unas monedas de oro, pero aceptaron el trueque y la corrupción dejó de ser un accidente para convertirse en un sistema, un engranaje, donde se articulan la política con la economía ilícita.
Los encuentros cercanos entre autoridades y capos siempre han sido del tercer tipo, en dónde ambas partes fingen demencia respecto del otro, pero las ganancias son contantes, sonantes y constantes.
También son fingimientos mutuos, silencios calculados, miradas disimuladas; pero la ficción de la distancia se derrumba ante la evidencia de la riqueza acumulada, de las fortunas multiplicándose en paralelo a las carencias sociales.
Entre los analistas y estudiosos de los convenios no escritos del crimen organizado con funcionarios de todos los niveles de gobierno, dadas las desmesuradas dimensiones de las actividades ilicitas, son el principal aporte del sector informal, tienen la duda de llamar a los rubros que lo integran como «narcogobierno» o «mafiocracia».
Ambas expresiones buscan nombrar lo innombrable: la fusión de dos mundos que deberían ser antagónicos, pero en México se han vuelto complementarios.
Cualquiera de las acepciones aceptada, debe entenderse como la sublimación de la llamada «mafia del poder», «minoría rapaz» o simplemente «machuchones», que constituía la versión infantil del esquema morfológico infiltrado e instaurado por Morena.
El crimen organizado ya no es solo un actor externo que presiona al Estado; es parte del Estado mismo, infiltrado en sus venas, instalado en sus órganos vitales.
La llamada “mafia del poder”, aquella minoría rapaz denunciada en discursos políticos, parece hoy un juego infantil frente a la sofisticación del esquema instaurado por Morena. Lo de antes era caricatura; ahora es morfología: un sistema de infiltración que se normaliza e institucionaliza bajo la apariencia de transformación.
La sublimación de la corrupción se expresa en símbolos y metáforas que atraviesan la vida pública.
Los “machuchones” ya no son solo empresarios voraces o políticos ambiciosos; son operadores de un entramado que mezcla narco, gobierno y partido. La frontera entre legalidad e ilegalidad se difumina, y lo que emerge es un híbrido monstruoso: un poder alimentado de la violencia y la impunidad, que se reproduce en la clandestinidad pero gobierna en la superficie.
La narrativa oficial insiste en la pureza de la transformación, en la lucha contra la corrupción y la defensa de los pobres. Pero la realidad muestra otra cara: la infiltración como método, la asociación como estrategia, mientras las estructuras del Estado se erosionan desde dentro.
El pacto criminal permanece, aunque con nuevo ropaje, pero en el anterior o en el nuevo modelo tiene impacto en la vida cotidiana.
Del neoliberalismo al cuatroteísmo, del pacto al convenio, de la mafia del poder a la mafiocracia; las palabras cambian, pero la esencia permanece: el poder como botín, la política como negocio, la sociedad como víctima.
La infiltración no es un concepto abstracto; es una realidad que se traduce en balas, en extorsiones, en territorios controlados por quienes deberían estar tras las rejas.
La columna vertebral del Estado se ha fracturado. Y en esa fractura se instala la mafiocracia, un sistema que no necesita legitimidad democrática porque se sostiene en el miedo y en el dinero.
La cuarta transformación, en su versión más oscura, no es un proyecto político ni un ideal social. Es la consolidación de un poder infiltrado, un poder que se disfraza de cambio mientras perpetúa la alianza con el crimen.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Y en ese mundo de disimulos, la presidenta pide a sus correligionarios renunciar si están metidos en turbiedades y, además, enviará una iniciativa para que ningún candidato a cargo de elección popular tenga vínculos con grupos delincuenciales.
Eso no es excluyente de que Donald Trump exija la entrega de los malosos, de dentro y fuera del gobierno.








