México en la mira
Por Eduardo Meraz
Ciudad de México.- A nivel internacional, México está en el ojo del huracán por cifras que estremecen: desaparecidos que se cuentan por miles, homicidios dolosos que no cesan, dinero ilícito que circula en la sombra digital.
México ocupa los primeros lugares en estos rubros, y esa notoriedad no es motivo de orgullo, sino de alarma.
En el interior del país, los males se multiplican como grietas en un muro debilitado. La extracción de petróleo se convierte en escenario de fugas, derrames y hundimientos, mientras la llamada nueva era ferrocarrilera en el sureste se ve marcada por incidentes que revelan improvisación, malos manejos y descuido.
En ese sentido, los brotes de chapopote ensuciando y contaminando la tierra, se asemejan a las fosas clandestinas que manchan la conciencia nacional.
Secuestros, extorsiones, cobro de piso, feminicidios y asaltos en carretera conforman un paisaje sombrío el cual, difícilmente, podrá ocultarse cuando el Mundial de Fútbol 2026 coloque a México en el escaparate global.
Pero incluso los datos oficiales hablan de un gobierno indigente, carente de recursos técnicos para diseñar políticas efectivas y sin funcionarios preparados para transformar ocurrencias en sistemas sólidos de salud y educación; la improvisación se ha vuelto norma, la incapacidad, rutina y las torpezas lingüísticas y en acciones se convierten en memes.
Esta carencia de capacidad y habilidades para frenar tales calamidades, tiene un rostro diferente cuando hablamos de corrupción, donde la excelencia alcanzada en todos los niveles, sin castigo y absoluta impunidad es envidia de muchos países.
Asimismo, la entrega de efectivo a millones de mexicanos se presenta como fórmula mágica para mitigar la pobreza de los servicios públicos, pero en realidad opera como anestesia social: aturde conciencias, compra lealtades y perpetúa la inercia.
Hasta ahora, cada fuga petrolera es un boquete en el casco; cada feminicidio, una ola que golpea con furia; cada fosa clandestina, un ancla que arrastra hacia el fondo. Y mientras tanto, el timonel parece más interesado en repartir monedas a la tripulación que en reparar la nave.
El Mundial de 2026 será un espejo incómodo: los estadios relucientes contrastarán con hospitales desabastecidos; las transmisiones globales mostrarán un país festivo mientras en las carreteras se multiplican los asaltos; el balón rodará sobre césped impecable, pero bajo la superficie se esconderán las raíces de un país que sangra.
La pregunta que se impone es si México podrá sostener la fachada cuando las cámaras del mundo se enciendan, porque la fiesta del fútbol no borrará las cifras de miles de desaparecidos ni los cuerpos en las morgues o hallados en fosas clandestinas.
Cada secuestro es una fractura; cada extorsión, una vértebra quebrada. El cuerpo nacional se tambalea, y la anestesia del dinero en efectivo apenas disimula el dolor.
Tampoco la algarabía de los goles silenciará las voces de madres que buscan a sus hijos ni las denuncias de mujeres que claman justicia.
El país se encuentra en una encrucijada: continuar con la simulación o enfrentar con valentía sus demonios internos.
La primera opción garantiza aplausos momentáneos y titulares complacientes; la segunda exige voluntad política, preparación técnica y un compromiso real con la vida y la dignidad de los ciudadanos.
México no carece de talento ni de recursos humanos, pero la soberbia y la discriminación ideológica impiden contar con un gobierno capaz de transformar ese potencial en políticas públicas efectivas.
La corrupción, como un cáncer, ha devorado la energía que debería destinarse a construir hospitales, escuelas y sistemas de seguridad. Y mientras ese mal no se erradique, cualquier intento de progreso será apenas un espejismo.
El Mundial será, en última instancia, una prueba de fuego, no para la selección de México ni para los aficionados, sino para el Estado mexicano. ¿Podrá mostrar al mundo un rostro digno, o quedará expuesto como un país que celebra mientras se desangra?
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La respuesta no está en las canchas ni en los estadios, sino en las calles, en los hospitales, en las escuelas y en las fosas. Allí se juega el verdadero partido: el de la vida contra la muerte, el de la justicia contra la impunidad, el de la dignidad contra la corrupción. En síntesis, el torneo, más allá del fútbol, será un juicio ético.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
“Pero el Estado no lo puede todo, y los programas de bienestar que hoy alcanzan un billón de pesos y que han permitido reducir las desigualdades y la pobreza en México, pero el Estado no puede hacerlo todo, requiere necesariamentela coordinación con la iniciativa privada,”, reconoció la presidenta Claudia Sheinbaum.








