Entrada por salida: el espejismo de la inversión
Eduardo Meraz
Yo hablo de mis victorias; los otros, de las suyas, parece ser el lema-guía del gobierno mexicano actual, pues mientras, por un lado, festina la llegada de más de 40,000 mdd de inversión extranjera directa en 2025; por otro, el Banco de México dio a conocer una salida neta de 14,696 mdd de inversión en cartera, en dicho año.
De esta forma, en el tablero económico de México, las cifras se convierten en espejismos, como lo señalan las cifras del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, quien celebra con júbilo como si se tratara de un triunfo incuestionable, pero se topa con los informes del banco central.
Más aún, según lo señalado Ebrard Casaubon, sólo el 18 por ciento de ese monto de IED son proyectos nuevos, y de octubre a diciembre de 2025, México registró una caída de 5,026 millones de dólares (mdd), debió al pago de dividendos por parte de empresas mexicanas, según las autoridades.
El año pasado es una clara muestra de la entrada por salida, el vaivén de capitales, el cual desnuda la fragilidad de la economía y la narrativa triunfalistas.
Es decir, de los 40,000 millones anunciados, sólo unos 4,400 millones pueden contabilizarse como inversión efectiva, una cifra que, paradójicamente, resulta inferior a los más de 5,000 millones que se fugaron en cartera; el saldo, visto con ojos menos complacientes, es negativo.
Además de acuerdo con los datos del banco central, esta salida representa la mayor cifra registrada desde 2021, además de haber ligado seis años consecutivos con salidas del país, según el reporte de balanza de pagos del Banxico.
Bien a bien, es un recordatorio de que los capitales no son estáticos ni obedecen a la voluntad política; el dinero entra y sale, como las mareas, y no siempre en la dirección que conviene al relato oficial.
La contradicción es evidente: mientras Palacio Nacional se regodea en su algoritmo de cuentas alegres, el ábaco de la realidad marca pérdidas.
México acumula seis años consecutivos de salidas de inversión de cartera, una tendencia que habla de desconfianza, de incertidumbre, de un entorno donde los inversionistas prefieren llevar su dinero a otros puertos.
La IED, por su parte, se convierte en un espejismo: se anuncia con bombo y platillo, pero tarda en concretarse, y cuando lo hace, no siempre compensa el movimiento de los capitales golondrinos, de las fugas.
El gobierno opera con algoritmos de optimismo, diseñados para producir titulares luminosos y alimentar la narrativa de éxito; el Banco de México, en cambio, utiliza el ábaco de la realidad: cifras frías, inapelables, que no admiten maquillaje.
El morenismo, fiel a su estilo, prefiere el relato a la evidencia, la promesa al resultado, la victoria simbólica al balance contable.
Pero más allá de las cifras, lo que está en juego es la confianza. La inversión extranjera no es sólo dinero: es un voto de confianza en la estabilidad política, en la certeza jurídica, en la capacidad de un país para ofrecer condiciones seguras y atractivas.
Cuando la cartera se fuga, el mensaje es claro: los inversionistas dudan, y cuando la IED se anuncia, pero no se concreta, la duda se convierte en sospecha.
Las victorias, en economía, no se miden en discursos, sino en resultados palpables, pues el ciudadano común no percibe los 40,000 millones anunciados; percibe la inflación, el costo de la vida, la falta de empleo digno. La inversión que se celebra en los salones de Palacio tarda en llegar a la mesa de la cocina.
El riesgo de estos cuentos y cuentas de ensoñación es doble. Por un lado, genera expectativas que difícilmente se cumplen; por otro, oculta los problemas estructurales que deberían atenderse: la inseguridad, la falta de infraestructura, la debilidad institucional.
Mientras se celebra la llegada de capitales que aún no se materializan, se ignora la salida constante de recursos que ya son una realidad; es, como diría un buen literato: festejar la promesa de lluvia mientras el campo se seca.
La economía mexicana necesita mucho más más que simples y aburridos discursos; necesita políticas que fortalezcan la confianza, reduzcan la incertidumbre y generen condiciones reales para la inversión.
En un mundo globalizado, los capitales son volátiles, se mueven con rapidez, buscan seguridad y rentabilidad. México compite con otros países por atraerlos, y no basta con anunciar cifras espectaculares: hay que ofrecer estabilidad, certeza, confianza.
El gobierno puede seguir hablando de sus victorias; el Banco de México seguirá registrando las salidas y el ciudadano, mientras tanto, seguirá esperando que las cifras se traduzcan en bienestar.
Palacio Nacional necesita, en realidad, un ábaco que guíe las decisiones, no un algoritmo que maquille los resultados.








