A dónde irán los muertos
Eduardo Meraz
“¿A dónde irán los muertos? Quién sabe a dónde irán”, dice la canción popular, la cual han hecho suya los gobiernos de la transformación, pues no sólo reclasifican los homicidios y usan registros no certificados, sino siguen haciendo esfuerzos para engullirse las cifras de desaparecidos y, con ello, ausentar los reclamos sociales.
En el informe del gabinete de seguridad, presentado en Palacio Nacional, las estadísticas oficiales se apartan cada vez más de la realidad y únicamente dan a conocer los datos más convenientes, aderezados de satisfacción, pero cuyo destino final de detenidos, armas, laboratorios, drogas y muertes es absolutamente desconocido
Se han vuelto un eco persistente, los informes oficiales de seguridad en México, pues siempre es la misma melodía vuelta metáfora de un país donde las cifras de homicidios, desapariciones y hallazgos forenses se diluyen en un mar de estadísticas parciales y narrativas para la satisfacción política.
Los gobiernos de la mal llamada transformación han hecho suyo este estribillo, no tanto como lamento, sino como un recurso para tragarse las cifras incómodas.
Así, la pregunta de la canción se transforma en un dilema nacional: ¿a dónde van los muertos cuando los registros oficiales no los reconocen?
En el palacete virreinal, los informes del gabinete de seguridad se presentan con la solemnidad de un ritual; se muestran gráficas, porcentajes y comparativos con la idea de transmitir control, sin embargo, detrás de cada cifra hay un vacío:
¿Qué ocurre con los cuerpos? ¿Dónde se resguardan las historias truncas? ¿Qué registro guarda la memoria de quienes ya no están?
Los números discordantes entre los datos oficiales y los de la realidad parecen estar debidamente resguardados o en las instalaciones forenses gubernamentales o en las fosas clandestinas de los grupos delincuenciales, en espera del momento más adecuado para enterrarlos en la fosa común del olvido y “que no quede huella, que no y que no, que no quede huella”.
La pregunta “¿a dónde irán los muertos?” no es sólo un verso melódico, sino un reclamo ético.
Los muertos van a donde los lleva la indiferencia institucional: a expedientes inconclusos, a carpetas de investigación archivadas, a estadísticas que se presentan como logros; van a donde los lleva la complicidad del silencio, ese que se instala cuando la verdad resulta incómoda para el discurso oficial.
Y la verdad es la siguiente: en los poco más de siete años de gobiernos morenistas, los homicidios dolosos se aproximan al cuarto de millón, en tanto los desaparecidos suman más de 130 mil.
De acuerdo con algunas organizaciones civiles, la violencia letal (asesinatos) en México, durante la última década (2015-2025) creció en más de 68% y las desapariciones en 213%. Gran parte de estos porcentajes es responsabilidad de los gobiernos cuatroteístas.
El país parece acostumbrarse a las cifras, a los informes absurda y aburridamente repetidos, a las gráficas que suben y bajan como si fueran indicadores económicos.
La muerte se normaliza en el discurso oficial, pero se desborda en la vida cotidiana, pues los muertos no van a ningún lugar porque se quedan aquí, presentes en la memoria de quienes los buscan, en las calles donde fueron asesinados, en las fosas donde esperan ser encontrados.
O en el mejor de los casos, se escribirán los nombres, en las decenas de miles de carpetas de investigación abiertas, como expresión clara y contundente del 95% de impunidad otorgado por los sistemas judicial y de justicia, cuya principal preocupación es traer perfectamente boleado el calzado.
La verdad, aunque dolorosa, es el único lugar digno donde pueden descansar los muertos.
Pero mientras la verdad se posponga, los muertos seguirán vagando entre estadísticas incompletas y fosas clandestinas, seguirán siendo parte de un país que canta para olvidar, que maquilla para sobrevivir, que entierra para callar.
La canción popular se convierte en himno de una nación que no sabe a dónde van sus muertos, porque no ha querido reconocer el camino que los llevó hasta allí.
Los muertos van a donde los lleva la indiferencia, la complicidad y el silencio; van a donde los ocultan las cifras oficiales y las fosas clandestinas; Van a donde los reclama la memoria de sus familias y la dignidad de un país que aún busca respuestas.
“¿A dónde irán los muertos? Quién sabe a dónde irán.” La pregunta sigue abierta, como una herida que no cicatriza.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
La Asociación Mexicana de Vacunología, detalla que en los últimos cuatro años se ha gastado menos del 25% de los recursos destinados a la vacunación.
El espíritu de Hugo López Gatell -el “doctor Muerte”- y sus 800 mil decesos, se hace presente, ante la casi segura propagación del sarampión en los días por venir. ¿Se repetirá la historia?








