PULSO

Desnacionalizados

Por Eduardo Meraz

Luego de un trienio, la fanfarriosa “segunda nacionalización petrolera” anunciada por el ex presidente sin nombre y sin palabra, acaba de ser sepultada por el anuncio del “Plan de Acción sobre Minerales Críticos” entre los gobiernos de México y Estados Unidos, en el cual nuestro país se pliega a los intereses de su vecino norteño.

Así, la “nacionalización del litio”, motivo de la insoportable actitud ufana presidencial de López Obrador, fue de saliva y de papel, pues en los hechos su gobierno y el de Claudia Sheinbaum prácticamente no han invertido un centavo en la explotación de este mineral.

En ese sentido, sobresale la labor desplegada por su director general, uno más de los NepotINEs: Pablo Daniel Taddei Arriola, entre cuyas funciones se encuentran la administración y control de las cadenas de valor económico del litio.

Y como buen negociador, seguramente asesorado por el secretario Marcelo Ebrard, que conoce bien al presidente Donald Trump y sus métodos, por lo cual aceptó:

“Esta labor incluirá la identificación de minerales críticos específicos de interés, la exploración de precios mínimos ajustados en frontera para las importaciones de minerales críticos y la consulta sobre cómo incorporar dichos precios mínimos en un acuerdo plurilateral vinculante sobre el comercio de minerales críticos”, menciona la misiva.

Los llamados minerales críticos, como el aluminio, el litio o el zinc, son insumos esenciales para la fabricación de semiconductores, baterías de última generación y una amplia gama de productos tecnológicos “que Washington considera clave para la economía y la seguridad nacional”.

Y como dice el refrán popular: al buen entendedor pocas palabras, los minerales críticos -el litio entre ellos- en México se usarán para la economía y seguridad nacional, no de México, sino de Estados Unidos.
Así, la segunda nacionalización eléctrica, duró menos de un suspiro y dejando sin argumentos a los creadores de mitos nacionalistas decimonónicos y sin el tufo de epopeya a la cual son tan afectos los cuatroteístas.

Desde el petróleo hasta la electricidad, cada acto de recuperación de los bienes de la nación ha sido narrado como un triunfo de soberanía, un gesto de dignidad frente a los poderes externos.
Sin embargo, en el caso del litio, ese mineral que se ha convertido en el oro blanco del siglo XXI, la epopeya parece haberse ahogado en un discurso inflamado, que se disolvió en la bruma de la política y en la presión de los intereses internacionales.

Para el ex presidente, el litio, ese recurso estratégico para la transición energética y la revolución tecnológica, quedaba bajo el dominio del Estado mexicano. Pero la realidad, como suele ocurrir, fue menos heroica y más prosaica: la nacionalización se convirtió en saliva y papel, en decretos sin músculo, en promesas sin presupuesto.

El organismo creado para administrar el mineral, Litio para México (LitioMx), en realidad no ha hecho absolutamente nada: los yacimientos permanecen inexplorados, las reservas sin cuantificar, y el país observa cómo otros actores internacionales avanzan en la carrera por dominar el mercado de baterías y semiconductores.

Pero ¿cómo se administra un recurso sin inversión, sin infraestructura, sin proyectos de explotación? La ironía se acentúa con el anuncio del “Plan de Acción sobre Minerales Críticos” entre México y Estados Unidos.

Bajo el lenguaje diplomático de cooperación y acuerdos, se esconde la realidad de una subordinación: los minerales críticos, entre ellos el litio; el vecino del norte, con su mirada estratégica, sabe que el litio es indispensable para mantener su liderazgo tecnológico y militar.

Y México, en lugar de erigirse como un actor soberano, se pliega a esos intereses, aceptando condiciones y precios mínimos ajustados en frontera, como si se tratara de un proveedor menor en la cadena global.
La “segunda nacionalización”, anunciada con tanto orgullo, se desmorona en menos de un trienio. El discurso de soberanía se convierte en eco vacío, y la realidad muestra un país que no invierte en su propio futuro energético.

El litio, que podría ser palanca de desarrollo, motor de innovación y símbolo de independencia, se transforma en moneda de cambio, y la narrativa de la nacionalización se convierte en un espejismo, en un acto teatral que apenas duró lo que dura un aplauso.

La “segunda nacionalización” fue menos que un suspiro, apenas un gesto que no resistió la presión de la realidad. Y el litio, ese mineral que podría haber sido símbolo de independencia, se convierte en testimonio de una desnacionalización disfrazada de nacionalización.

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Por ahora, lo que queda es el eco de un discurso y la certeza de que la soberanía, sin inversión ni acción, es apenas una palabra hueca.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

El aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917, la titular del ejecutivo federal: “México tampoco regresará a ser colonia ni protectorado de nadie”, afirmó, al subrayar que el país “no entregará nunca sus recursos naturales”. Frente a funcionarios de los tres poderes, Sheinbaum sentenció: “México no se doblega, no se arrodilla, no se rinde y no se vende”.

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