Ineptos
Eduardo Meraz
De ser ciertas las cifras en la reducción de crímenes y delitos dadas a conocer por la presidenta Claudia Sheinbaum y prácticamente los 32 gobernadores del país, llegaríamos a la conclusión de la ineptitud de los gobernantes previos, pues no combatieron a delincuentes y los abrazos repartidos fueron la peor estrategia de la historia moderna del país.
Ni guerra, ni apapachos lograron impedir las muertes de más de 200 mil mexicanos y la desaparición de otros 50 mil individuos; un cuarto de millón de compatriotas cuyos rastros se pierden a causa de unos gobernantes preocupados más en enriquecerse a velar por la seguridad de sus gobernados.
La palabra ineptitud suele sonar como un insulto, pero en realidad es un diagnóstico, es constatación de una carencia, de una falla en la capacidad de hacer frente a las exigencias de gobernar y, en el caso de México, esa ineptitud no es un accidente menor: es una tragedia que se mide en cuerpos, en ausencias, en familias desgarradas.
Los inverosímiles resultados divulgados por el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, así como por los mandatarios estatales, nos conducen a la pregunta inevitable: ¿por qué antes no?
Luego de dos décadas ambas estrategias -guerra y abrazos- se revelaron como espejismos La guerra dejó un reguero de sangre, de casi las mismas dimensiones al registrado en poco más de un año de gestión de la presidenta Sheinbaum; y los abrazos, un vacío de autoridad y una casi absoluta impunidad.
Las cifras, por sí solas, son mudas. Necesitan contexto, interpretación, voluntad política; un número puede ser un triunfo o una mentira, según quién lo pronuncie y con cuál intención.
Hoy, a diario los gobiernos nos hablan de delitos a la baja -esto es especialmente publicitado por la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brigada-, que los homicidios se reducen, que la violencia retrocede.
Si eso es cierto, entonces la conclusión es brutal: los gobiernos anteriores -incluido el de la presidenta en la CDMX- no quisieron, no supieron, o no se atrevieron a enfrentar a los delincuentes; prefirieron la comodidad de la retórica, el aplauso fácil de las frases hechas.
En todo caso, deberíamos preguntarnos por los motivos del lobo, tanto los de ayer como los de hoy, porque en uno y otro caso, se desmienten uno y otros.
La ineptitud no se mide en discursos, sino en consecuencias. Y las consecuencias están ahí: madres que buscan a sus hijos en fosas clandestinas, niños que crecen sin padres, comunidades enteras sometidas al miedo.
La ineptitud es o la estridencia o el silencio de las autoridades frente al crimen; ambos comportamientos también son indiferencia frente al dolor y complicidad disfrazada de incapacidad.
La guerra convirtió al país en un campo de batalla y la violencia se multiplicaba como una plaga; los abrazos, en cambio, fueron la renuncia al deber: un gesto vacío que confundió misericordia con abandono, humanidad con permisividad.
Ni guerra ni apapachos lograron impedir la tragedia, tampoco hoy, pues en estos días los desaparecidos en mayor número ocupan el lugar del menor número de cadáveres.
La ineptitud de los gobernantes ha sido creer que bastaba elegir un eslogan para resolver un problema que exige inteligencia, estrategia, firmeza y sensibilidad.
Detrás de cada cifra hay un rostro: 200 mil muertes no son un número abstracto: son padres, hijos, hermanos, amigos; 50 mil desaparecidos no son estadísticas: son ausencias que se sienten en las mesas vacías, en los cuartos que permanecen intactos, en las fotografías que se vuelven altares.
La ineptitud de los gobernantes anteriores no se mide sólo en su incapacidad para reducir la violencia, sino en su indiferencia frente al dolor de las víctimas.
Mientras ellos se enriquecen y se preocupan por sus carreras políticas, el país se desangraba; la ineptitud también moral: la incapacidad de sentir, de escuchar, de responder.
Las estadísticas de ello exhiben, con crudeza, la ineptitud de quienes gobernaron antes, porque estos números -poco creíbles, estimo de manera personal- demuestran que sí era posible reducir la violencia, por lo cual su fracaso se engrandece al ser producto de su negligencia, de su falta de visión, de su incapacidad para gobernar.
La ineptitud, en este sentido, es doble: no sólo no han sabido cómo enfrentar el crimen, sino que tampoco reconocen su propia incapacidad y prefieren culpar a otros, esconderse detrás de discursos, justificar lo injustificable.
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La reducción de crímenes, si es real, no debe ser motivo de complacencia, sino de exigencia, pues la ineptitud no puede seguir siendo la norma y, mucho menos, volverse cómplices de una tragedia que aún duele.
He dicho
EFECTO DOMINÓ
El New York Times reveló este jueves 15 de enero que la Casa Blanca y “los más altos niveles del Gobierno” de Estados Unidos presionan de nuevo a la administración de Claudia Sheinbaum para obtener ese permiso de que soldados de Estados Unidos operen en México contra los cárteles.
Aranceles y T-MEC están en lista de espera.








