Motivos
Por Eduardo Meraz
Unas carpetas de investigación, queriendo aplicar, es un motivo; unas amenazas de declarar como delitos, la protesta social, es un motivo; culpar a otros del desastre nacional, también es un motivo.
En la política mexicana, los motivos se han convertido en la coartada perfecta; motivos; siempre motivos, como si la justificación bastara para encubrir la ausencia de razón.
El poder, en su afán de perpetuarse, ha encontrado en ellos el disfraz ideal para reprimir a la sociedad de la cual se sirve con desparpajo y abundancia, y a la cual mal sirve con negligencia e impunidad.
En poco más de año, los motivos del segundo piso transformador han caído no solo en desuso; también van reblandeciendo el primer basamento hecho de mentiras, engaños y corrupción.
Aun cuando ya concluyó la temporada de lluvias, el clima político y social en México empieza a causar inundaciones en la estructura de poder, dónde filtraciones y humedades no solo descarapelan la fachada presuntamente democrática del régimen cuatroteísta, sino dejan salir su tufo autoritario, que se pretende ocultar bajo discursos de justicia y bienestar.
Los remedios caseros heredados de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo, si bien se han actualizado en Palacio Nacional, únicamente han logrado aumentar el desencanto y el hartazgo de la sociedad.
La fuerza sin razón y sin motivo la acaba de hacer explícita la responsable de la política interior, Rosa Icela Rodríguez, cuya estrechez de pensamiento trata de suplirla con veladas -ni tanto- amenazas a los inconformes, a manera de invitación al diálogo, pero quitándole el seguro a la pistola y poniéndola sobre la mesa.
Las autoridades autoritarias tratan de evadir que cada día entre 35 y 40 transportistas son víctimas de delitos: robos, secuestros y asesinatos son el pan de cada día en carreteras mexicanas, mientras el gobierno insiste en minimizar la protesta, acusando “motivaciones políticas”.
Lejos de resolver los problemas, solo han logrado aumentar el desencanto y el hartazgo de una sociedad que ya no se conforma con promesas incumplidas ni con narrativas que culpan siempre a otros.
La estrechez de pensamiento se disfraza de autoridad, y la invitación al diálogo se convierte en un recordatorio de que el poder está dispuesto a imponer su voluntad por encima de la razón. En ese gesto se resume la lógica del régimen: hablar de democracia mientras se exhibe la fuerza, invocar el diálogo mientras se prepara la represión.
El motivo gubernativo, esa etiqueta que pretende deslegitimar la inconformidad social, se revela como una estrategia para apagar el descontento que amenaza con superar el grado de impopularidad presidencial. El poder, incapaz de garantizar seguridad, prefiere fabricar delitos antes que enfrentar la violencia desmedida y la impunidad que carcome al país.
Las centenas de miles de sepulcros acumulados en el cuatroteísmo son la evidencia más contundente de esa política sin razón, en un escenario donde la violencia organizada, el crimen de cuello blanco y la impunidad han dejado una estela de muerte que ningún discurso puede ocultar.
La sociedad, harta de promesas incumplidas, comienza a reconocer que los motivos oficiales no son más que excusas para evadir responsabilidades.
El clima político se asemeja a una tormenta que amenaza con derrumbar los cimientos del poder. Las filtraciones ya no pueden ocultarse, y las humedades han comenzado a corroer los cimientos.
La democracia, presuntamente sólida, se revela como un cascarón frágil, incapaz de resistir la presión de una sociedad que exige respuestas. El aroma de putrefacción, antes disimulado, ahora se expande con fuerza, recordando que la historia mexicana ha sido marcada por gobiernos que prefieren la represión a la razón.
Los motivos, en este contexto, se convierten en símbolos de un poder que ha perdido el rumbo, ciñéndose únicamente a motivos para investigar, para acusar, para reprimir. Pero detrás de cada motivo se esconde la ausencia de soluciones reales, la incapacidad de atacar para su propia supervivencia la violencia, la corrupción y la impunidad.
La historia mexicana parece repetirse: gobiernos que prometen transformaciones, que invocan la justicia, que hablan de democracia, pero que terminan recurriendo a los mismos remedios caseros de siempre.
La sociedad, sin embargo, ya no es la misma: el hartazgo acumulado, las sepulturas que se multiplican, la violencia que no cesa, han generado una conciencia que difícilmente podrá ser apagada con motivos fabricados.
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El poder, al insistir en sus motivos, olvida que la voluntad popular no puede ser sustituida por la fuerza.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Aun con la mayoría legislativa agandallada, la etapa de las aprobaciones “fast track” de iniciativas presidenciales quedó atrás, ¿el motivo? Falta de unidad, rumbo al colapso.








