Por Angélica Armenta
La movilización nacional del 15 de noviembre —convocada por jóvenes de la llamada Generación Z— terminó mostrando algo más que descontento. Expuso las fallas de comunicación entre las nuevas generaciones y el poder político. Lo que empezó como una expresión legítima de hartazgo por la inseguridad tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, terminó convertida en un escenario donde cada quien quiso imponer su propio guion.
La protesta nació de un dolor real, de la violencia cotidiana que los jóvenes sienten cada vez más cerca. Pero ese dolor fue rápidamente absorbido por la oposición tradicional, que vio en la convocatoria una oportunidad para capitalizar el momento. El mensaje cambió de rumbo y la agenda económica y laboral —la que realmente preocupa a quienes hoy tienen entre 18 y 28 años— quedó al margen. Al final, el movimiento perdió su voz y ganó controversia política.
Lo que los jóvenes reclamaban en silencio
Hay un punto de suma importancia que se ha ignorado en la conversación pública. la Gen Z no está movilizándose principalmente por miedo al crimen, sino por el temor a una vida que no pueden costear. Son jóvenes que estudian, trabajan, emprenden y, aun así, no logran estabilidad. Datos recientes lo confirman, sus principales preocupaciones son económicas (24%) y laborales (15%). La inseguridad funcionó como chispa, pero la gasolina real es la precariedad.
Muchos de ellos dicen explícitamente que quieren “cambiar de raíz el modelo económico mexicano”. Pero esa discusión nunca llegó a la marcha. Entre banderas partidistas, gritos contra Morena y consignas en contra de la presidenta Claudia Sheinbaum, el tema se canalizó a una pelea vieja, protagonizada por políticos también viejos.
Cuando la marcha deja de ser de quienes la convocan
El momento más significativo del día fue ver a personas como Vicente Fox —que no precisamente encarna el espíritu de la Gen Z— encabezando críticas y descalificaciones. Su presencia no solo hizo alboroto sino también terminó confirmando los temores de muchos jóvenes que decidieron no asistir porque sintieron que el movimiento ya no les pertenecía.
No se equivocaron. La marcha terminó siendo un espacio secuestrado. La oposición logró sumar gente, sí, pero a costa de borrar la esencia juvenil del movimiento. Y el gobierno encontró ahí una oportunidad, si la protesta parecía partidista, era mucho más fácil descalificarla.
“Vandalismo”, una distracción conveniente
La presencia del llamado “bloque negro” y los enfrentamientos frente a Palacio Nacional cambiaron por completo la conversación. La violencia desvió el debate. Lo que se discutía ya no eran las demandas de los jóvenes, sino la confrontación en el Centro Histórico. Con más de 60 policías lesionados, el discurso oficial se enfocó en condenar el vandalismo y justificar la actuación policial como contención, no represión.
El gobierno ganó tiempo. La protesta perdió legitimidad. Y las demandas de fondo quedaron enterradas bajo los golpes y los titulares.
Lo que viene será una bomba de tiempo que nadie quiere ver.
La protesta del 15 de noviembre logró convocar y sacudir las redes sociales, pero no logró imponer agenda. Y ese es el problema central, la Gen Z ya mostró su inconformidad, pero todavía no ha encontrado un cauce político propio.
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Hoy, el riesgo para el gobierno es menor. El discurso oficial funcionó, se dejó la idea de que la marcha fue partidista y violenta. Pero el riesgo de fondo sigue ahí, intacto, miles de jóvenes que no ven futuro económico en el país y que aún no encuentran un liderazgo que los represente.
Si esta generación consigue organizarse sin ser absorbida por los partidos tradicionales, podría convertirse en la fuerza política más transformadora del México contemporáneo. No por ideología, sino por urgencia. La inseguridad fue el pretexto del día; la precariedad sigue siendo la bomba de tiempo que nadie quiere atender.
Y cuando esa bomba estalle —con o sin marchas—, la discusión ya no podrá desviarse tan fácilmente.








