PULSO
Eduardo Meraz
Los malentendidos entre Palacio Nacional y la embajada de Estados Unidos en México sobre la academia policial y los ataques en la frontera, hablan de una falta de lenguaje común y de prejuicios partidistas, que producen declaraciones precipitadas e inexactas.
En la relación se evidencian diferencias de interpretación, palabras cruzadas y versiones encontradas que, por ahora, apenas producen una llovizna diplomática, pero que podrían convertirse en una tormenta si persiste la ausencia de un lenguaje común.
Los recientes malentendidos alrededor de la academia policial y de los ataques ocurridos en la frontera no son asuntos menores. Más allá de quién tenga la razón en cada episodio, lo preocupante es la facilidad con que una información incompleta, una traducción política o una declaración precipitada puede convertirse en un problema entre dos gobiernos obligados, por geografía y por historia, a entenderse incluso cuando no estén de acuerdo.
Las inexactitudes en la información enviada a la presidenta Claudia Sheinbaum, generan turbulencias diplomáticas, hasta el momento, leves, pero puede ser el inicio de conflictos en los cuales las diferencias de puntos de vista pueden conducir a tropiezos, en momentos en los cuales los procesos electorales en ambas naciones podrán modificar el escenario.
Las imprecisiones pueden parecer inocuas cuando se quedan en el terreno de la conversación interna, pero cuando saltan al escenario internacional, adquieren otro peso.
Una palabra dicha desde Palacio puede ser interpretada en Washington como una acusación; una declaración de un funcionario estadounidense puede ser recibida en México como una afrenta. Así, lo que pudo haber sido una diferencia de criterios termina convertido en una disputa de soberanías, dignidades y narrativas.
En las últimas semanas, el tono ha subido: funcionarios de ambos lados han intercambiado señalamientos que no siempre parecen acompañados por evidencias palpables o explicaciones suficientemente claras.
El resultado es un terreno fértil para el sospechosismo: cada gobierno mira al otro con desconfianza, interpreta sus movimientos bajo la peor luz posible y encuentra en cualquier declaración una confirmación de sus propias sospechas.
El teléfono descompuesto se vuelve entonces una peligrosa herramienta de política exterior.
La animosidad prevaleciente, obedece en buena medida a la necesidad de ambos mandatarios de mantener popularidad y adeptos entre sus respectivas sociedades, pero es justamente esta condición la causa de del momento de teléfono descompuesto en el cual nos encontramos a prácticamente de un mes de las elecciones intermedias estadounidenses.
Lo que originalmente pudo haber sido una afirmación técnica termina convertido en consigna política; un señalamiento específico se transforma en acusación general; una diferencia operativa adquiere dimensiones ideológicas.
Y mientras las palabras viajan de un escritorio a otro, de una conferencia de prensa a otra y de un país al siguiente, su significado se va deformando.
La política doméstica suele tener la mala costumbre de atravesar las fronteras, y cuando el adversario externo sirve para fortalecer al electorado interno, la prudencia diplomática suele convertirse en una carga incómoda.
El problema es que México y Estados Unidos no pueden darse el lujo de gobernar su relación como si fueran dos vecinos que pueden dejar de hablarse después de una discusión.
Comparten una frontera de miles de kilómetros, millones de vínculos familiares y económicos, cadenas productivas profundamente entrelazadas y problemas que ninguna de las dos naciones puede resolver por sí sola.
En Estados Unidos, México puede convertirse nuevamente en argumento electoral; en México, las posiciones estadounidenses pueden ser utilizadas para alimentar el discurso nacionalista. Y entre ambos discursos queda atrapada la diplomacia, esa paciente artesana que exige escuchar antes de responder y comprobar antes de acusar.
Por eso convendría bajar el volumen antes de que aumente la precipitación: ni México necesita asumir como verdad toda afirmación proveniente de Washington, ni Estados Unidos debería interpretar cada respuesta mexicana como desafío.
Ambos gobiernos requieren información confiable, canales discretos de comunicación y funcionarios capaces de distinguir entre la defensa legítima de los intereses nacionales y la tentación de convertir cada diferencia en espectáculo político.
No se trata de evitar las diferencias; se trata de impedir que las diferencias se conviertan en tempestades.
En diplomacia, como en la vida, muchas veces el verdadero peligro no está en la presencia y papel del teléfono descompuesto, sino en quienes, por precipitación, persisten en aferrarse a una converación sin sentido.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Mientras el crimen y el estado de derecho, han mostrado prácticamente los mismo niveles en la percepción de los hombres de negocios; la corrupción, ha registrado un crecimiento constante, al pasar de 16 a 21 por ciento, entre septiembre de 2024, al mismo mes en 2026.








