Por: Fernando Dávila
El tráfico detenido en Viaducto Río de la Piedad al caer el sol no anunciaba solo un concierto. La hilera de autos, los fans con actitud devota y los vendedores con camisetas y gorras marcaban el inicio de un ritual. Entre luces y pantallas tomaba forma la nueva religión del mundo moderno digital, esa que no necesita templos tradicionales porque convierte cualquier estadio en altar.


Este escrito no es sobre un espectáculo. Se trata del síntoma visible de una fe contemporánea que se practica frente a escenarios y algoritmos.
El ritual contemporáneo
Aquella noche el Estadio GNP Seguros vibró cuando miles de voces gritaron “DeBÍ TiRAR MáS FOToS” y se dejaron llevar por el perreo de “Safaera”. Cada coro sonó como una oración colectiva. Las luces bajaron. El grito subió. El artista apareció y así, el recinto respondió como una sola entidad.
Pero lo ocurrido aquel diciembre no pertenece al pasado. La escena se repite con otros nombres y en otros recintos los 365 días del año. Cambian los ídolos constantemente pero permanece la estructura del culto.
Del vacío de Dios al algoritmo
Con el inicio de la Ilustración las iglesias se debilitaron, pero la necesidad de creer, no se eliminó. La modernidad encontró otra forma de transformar la fe y fue la ciencia aquella que abrió un vacío simbólico que hoy llenamos con consumo, estatus y validación pública.
Cambiamos la fe trascendente por experiencias compartidas en tiempo real. Ahora la redención se mide en vistas, likes y boletos agotados.
Ayer, mientras algunos iniciaban la Cuaresma con ceniza en la frente, otros levantaban el celular como si encendieran una vela. Ya no asciende el incienso; ascienden las historias en Instagram.
Los nuevos dioses visibles
Benito no ocupa el altar en solitario. Comparte panteón con Taylor Swift, BTS y otras figuras digitales ―por mencionar algunos― como El Temach. No importa el género ni el discurso. Todos funcionan como referentes existenciales.
Él es solo un ejemplo pero el fenómeno es más amplio. La nueva religión del mundo moderno digital se alimenta de la idea del éxito, de la belleza hegemónica y del reconocimiento inmediato a través de likes.
Los medios dejaron de limitarse a informar: ahora consagran símbolos y construyen con los anuncios publicitarios un deseo. Las redes sociales reparten significado como si distribuyeran estampas sagradas. Y los algoritmos, silenciosos pero precisos, marcan el paso de la procesión digital.
La audiencia invisible
El estadio fue el escenario, pero el verdadero templo cabe en la palma de la mano.
Vi los fuegos artificiales desde una transmisión en vivo. A mi lado, 174 mil espectadores digitales sostenían el mismo encuadre. Nadie se hablaba directamente, pero todos participaban. Formábamos una comunidad silenciosa, conectada por señal y deseo.
No era solo un evento en Iztacalco. Era otra manifestación de la nueva religión del mundo moderno digital, una celebración constante que no depende de fechas. Basta abrir cualquier red social hoy para comprobar que el culto continúa con las rutinas en TikTok sobre skincare o del gimnasio que buscan la eterna juventud.
Sobre el techo de “la casita”, Bad Bunny dejó de ser únicamente cantante. Encarnó un símbolo. Y como todo símbolo eficaz, no necesita explicación: solo necesita creyentes.








