La mejor política exterior es la interior

Por Ricardo Monreal Ávila

Para ratificar la supremacía de la soberanía nacional sobre los impulsos e intereses de los proyectos globalizadores, el expresidente López Obrador solía afirmar: “La mejor política exterior es la interior”.

Esa visión prevalece en estos momentos en los gobiernos de México, Canadá y EE. UU., ante la proximidad de la revisión y actualización del T-MEC en el primer semestre de este 2026.

Desde hace décadas, sobre todo a partir de la negociación del TLCAN, a finales del siglo XX, las perspectivas en torno a la consolidación de un polo regional económico, a través de la integración comercial de México, Canadá y Estados Unidos (EE. UU.) fraguaron en un proyecto concreto. Aquella etapa, cuya fecha de caducidad fue 2020, reportó para México un incremento en sus exportaciones, convirtiéndolo en el segundo socio comercial de EE. UU. Sin embargo, también se registraron limitaciones significativas: no se logró una cohesión regional para abordar procesos socioeconómicos como la migración; la brecha tecnológica entre México y sus socios se amplió, y la nación mantuvo la tasa de crecimiento más baja de los tres países, sin dejar de mencionar el aumento de la dependencia comercial hacia EE. UU.

En resumen, el TLCAN logró integración comercial y productiva, pero fracasó en construir instituciones regionales robustas o desarrollo equitativo entre los tres países. Con todo, a pesar de la firma del T-MEC, la reciente imposición de aranceles por parte de EE. UU. a las importaciones mexicanas y canadienses precipitó aún más la crisis comercial en la región. Washington justificó esta medida como táctica contra el tráfico de fentanilo y la migración irregular, aunque la presidenta de nuestro país denunció que viola el Tratado vigente.

Esta coyuntura, si bien preocupante, representa una oportunidad para replantear el modelo de integración norteamericana bajo principios más equitativos y sostenibles. Las estrategias fundamentales pueden incluir:

Fortalecimiento de la alianza México-Canadá, coordinándose para dar respuestas jurídicas ante los paneles del T-MEC y desarrollar acuerdos bilaterales sectoriales que reduzcan su dependencia del mercado estadounidense.

Diversificación comercial inteligente: México debe aprovechar su red de 14 Tratados con 52 países, actualmente subutilizada. La UE, los BRICS y un mercado latinoamericano integrado son alternativas viables para equilibrar la concentración del 80 % de nuestro comercio exterior con EE. UU.).

Sustitución estratégica de importaciones: hay potencial para consolidar a América del Norte como el polo tecnológico-industrial más dinámico del planeta).

Reactivación del mercado interno: un programa anticíclico robusto, centrado en infraestructura, energía y construcción, podría sostener el empleo y el consumo mientras se normalizan las relaciones comerciales. El Plan México impulsado por la presidenta Sheinbaum ofrece el marco institucional idóneo.

Cabildeo estratégico transfronterizo, mediante la visibilización de una verdad económica incontrovertible: las importaciones desde México y Canadá generan millones de empleos en el sector servicios de EE. UU., mantienen precios competitivos para las y los consumidores y aportan sustancialmente a la recaudación fiscal federal.

La narrativa proteccionista ignora deliberadamente que el superávit comercial mexicano-canadiense se compensa con beneficios tangibles para la economía de EE. UU. La integración regional no es un juego de suma cero, sino una arquitectura de prosperidad compartida que debe profundizarse, no desmantelarse. No obstante, en el marco de la renegociación del T-MEC, los tres países están alineando sus planteamientos de política exterior y política comercial a las prioridades de su política interior.

Cuando el primer ministro de Canadá, Mark Carney, anuncia que buscará ser riguroso en la revisión del Tratado, y que ampliará las relaciones comerciales de su país con China y los países asiáticos, le habla a sus bases y seguidores nacionalistas que simpatizan con un país libre y soberano, no convertido en el estado 51 de la Unión Americana.

Cuando el presidente Donald Trump acude a esa “hermosa palabra” de los aranceles, para resarcir la hegemonía estadounidense en el plano mundial, utiliza una herramienta netamente económica y comercial para satisfacer y cohesionar a las y los seguidores de su movimiento político interno MAGA (Make America Great Again), a fin de sostener la supremacía republicana en las elecciones de noviembre próximo, una especie de referéndum del gobierno de Trump, en el que estarán en disputa 36 gubernaturas, 33 senadurías (un tercio del Senado) y la totalidad de la Cámara de Representantes (435 diputados federales). Si el Partido Republicano pierde terreno, la segunda parte del mandato presidencial podría verse neutralizada o paralizada.

Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum defiende con vehemencia que la relación con EE. UU. es de coordinación, cooperación y colaboración, pero nunca de subordinación, sometimiento o dominación, está hablando a sus bases y simpatizantes que la llevaron al poder y la han sostenido a lo largo de su gestión, que representan, de manera constante, a 70 de cada 100 compatriotas.

Así que la política interior, en efecto, guía, impulsa y condiciona a la política exterior y comercial de cada una de estas tres naciones que en este semestre entran a revisar, calibrar y actualizar su relación comercial y que, juntas, podrían integrar el polo comercial, laboral y de bienestar más activo del planeta, siempre y cuando logren encontrar los puntos de unión de sus economías.

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¿Qué tanto puede desconectarse Canadá o México de EE. UU., o qué tanto EE. UU. puede soltar los amarres de su economía, población y cultura respecto a sus vecinos? Tanto como la política interior lo vaya dictando, pero también tanto como la realidad de tres economías integradas lo permita.

Está en el interés de la política interior (el soberano) de las tres naciones mejorar los términos de la integración (política exterior), sin perder sus respectivas identidades, territorios o poblaciones.

Hasta el momento no se plantea la autarquía o la separación económica de la América del Norte, pero sí se busca una “integración soberana”, donde la equidad, la proporcionalidad y la cooperación simétrica fortalezcan tanto a las naciones en lo individual como a esa comunidad regional que ha sido moldeada por tres décadas de intercambio comercial en esta parte del planeta.

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