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columna

Fin de los no informes

Pulso

Por Eduardo Meraz

Ciudad de México.- La liberalidad con la cual la presidenta Claudia Sheinbaum entiende “dar cuentas a la población del estado que guarda la nación”, contrasta con la cerrazón ideológica y política para entender la mexicanidad de quienes pertenecen a otras fuerzas políticas o simplemente no comparten sus puntos de vista.

Hay maneras muy distintas de rendir cuentas: una consiste en abrir las ventanas, dejar entrar la luz y permitir que la ciudadanía mire, con sus propios ojos, en qué situación se encuentra México en realidad.

Otra, menos transparente, consiste en descorrer apenas la cortina, escoger cuidadosamente el ángulo y llamar informe a aquello que, en realidad, se parece más a un monólogo.

En el segundo año de gobierno de Claudia Sheinbaum, las ceremonias de rendición de cuentas, dejan a la vista la duda: ¿informar para que la sociedad conozca o informar para que el poder se escuche a sí mismo?

En el último caso, tales inclinaciones , tan propias de quienes se sienten inseguros, han quedado de manifiesto en su segundo “road show” para supuestamente informar de lo realizado por su gobierno en el segundo año de gestión.

Durante los 32 eventos para rendir cuentas, en realidad se convirtieron en actos de campaña y proselitismo, con fuerte tonalidad guinda y con un marcado lenguaje decimonónico, cuando nuestro país sufrió intentos invasores.

Porque una cosa es hablarle al país y otra hablarle únicamente a quienes ya están convencidos; la diferencia parece pequeña, pero entre ambas cabe todo el verdadero tamaño de una democracia.

Pero ese discurso trasnochado resulta insuficiente para explicar por qué la línea de pobreza gubernativa de la cuarta transformación cada vez se aproxima más a su mínima expresión.

Por ejemplo, nunca se nos ha explicado las razones por las cuales una economía fuerte, como se presume es la mexicana, en ocho años ha duplicado la deuda pública, de 10 a 20 billones; tampoco se ha interesado por explicar la muy deficiente calidad de la nueva escuela mexicana y mucho menos el desabasto sin fin de fármacos e insumos médicos.

Es decir, cuando desde el poder se establece una frontera entre los buenos y los malos mexicanos, entre quienes acompañan y quienes cuestionan, la rendición de cuentas corre el riesgo de convertirse en una ceremonia de confirmación. Se informa para los propios, se responde a los afines y se mira con sospecha a quienes formulan preguntas incómodas.

Si bien ha aumentado en forma importante el salario mínimo, se sigue reduciendo el número de trabajadores formales, el cierre de negocios y como la carestía anula los incrementos en los ingresos laborales.

Y mucho menos nos ha dado una cabal explicación de las relaciones peligrosas entre el crimen organizado y funcionarios que han permitido el saqueo de la población, recursos públicos.

Eso sin contar los elevados niveles de riesgo en el cual vivimo

s gran parte de los ciudadanos ante la inseguridad, derivada de esos vínculos non gratos y de la ambición desmedida de delincuentes y autoridades.

Así, el informe puede terminar siendo una fotografía cuidadosamente iluminada: nítida en algunas partes, borrosa en otras y deliberadamente fuera de cuadro en aquellas zonas donde la realidad no combina con el relato oficial.

Pero México no cabe en una fotografía; también está en los datos que incomodan.

Significa explicar los pendientes, reconocer los errores y, sobre todo, decir qué se hará para corregirlos. La transparencia comienza justamente donde termina la propaganda.

México no necesita menos información, sino más. No requiere menos voces, sino todas las posibles. No necesita ciudadanos que aplaudan automáticamente, sino ciudadanos capaces de preguntar, disentir y exigir.

La democracia no se fortalece cuando el poder consigue que todos piensen igual. Se fortalece cuando quienes piensan diferente pueden expresarlo sin ser convertidos en enemigos.

Porque informar no es hablar mucho, es explicar. Y gobernar no es conseguir que el país escuche al poder, sino garantizar que el poder sea capaz de escuchar al país.

Quizá haya llegado la hora de terminar con los “no informes”: esos ejercicios donde abundan las palabras, escasean las preguntas y la realidad queda esperando detrás de la puerta.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Durante los tres meses anteriores, 6.5% de los hogares se quedó sin acceso a los alimentos en algún momento por falta de dinero o recursos. La encuesta también encontró familias que pudieron comer, pero tuvieron que reducir la variedad, la cantidad o el número de comidas del día.

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