columna

EN SÍNTESIS

¿Por qué los extremos ganan elecciones y los moderados terminan gobernando?


Una explicación para entender el aparente caos político del siglo XXI

Alfredo Cuéllar*

“La moderación rara vez gana elecciones,
pero suele ser indispensable para gobernar.”.
Alfredo Cuéllar

El mundo que conocimos

A veces escucho a amigos de mi generación decir que ya no entienden la política.

Confieso que en ocasiones yo tampoco.

Durante nuestra juventud el mundo parecía mucho más sencillo. No necesariamente mejor, pero sí más sencillo.

La Guerra Fría dividía la realidad en dos grandes campos ideológicos: izquierda o derecha, capitalismo o comunismo, Washington o Moscú.

Las posiciones intermedias eran vistas con sospecha.

Un marxista moderado podía ser acusado de revisionista. Un conservador dispuesto a negociar podía ser considerado traidor. La moderación era una tierra incómoda, casi clandestina.

Los conflictos políticos, las universidades, los sindicatos, los movimientos sociales e incluso las discusiones familiares terminaban siendo interpretados a través de aquel gran enfrentamiento ideológico.

Curiosamente, eso mismo hacía parecer al mundo ordenado.

Hoy ya no.

Cuando los electores se van al extremo y los gobiernos frenan

Recientemente, millones de latinoamericanos han castigado electoralmente a gobiernos identificados con la izquierda y han optado por candidatos de derecha o centroderecha.

Al mismo tiempo, en varias ciudades de Estados Unidos los votantes han elegido alcaldes que se identifican como socialistas democráticos.

A primera vista parecería que el mundo se está polarizando.

Sin embargo, cuando observamos lo que ocurre después de las elecciones aparece una realidad mucho más interesante.

Los gobiernos de izquierda que permanecen en América Latina son mucho más moderados que las izquierdas revolucionarias del siglo XX.

Brasil bajo Lula gobierna dentro de una economía de mercado.

Uruguay bajo Yamandú Orsi se parece más a una socialdemocracia pragmática que a un proyecto radical.

Gabriel Boric en Chile moderó significativamente su discurso una vez que llegó al poder.

Pero algo parecido ocurre en la derecha.

Dirigentes que llegan prometiendo transformaciones drásticas descubren rápidamente que deben negociar con congresos, tribunales, gobernadores, empresarios, sindicatos, organismos internacionales y, sobre todo, con la realidad.

La campaña radical, el gobierno moderado

Lo mismo ocurre con los alcaldes socialistas estadounidenses.

Llegan impulsados por propuestas ambiciosas, discursos de ruptura y promesas de transformación profunda.

Pero una vez en el gobierno conservan funcionarios moderados, ajustan programas, negocian presupuestos y construyen acuerdos.

La campaña necesita entusiasmo.

El gobierno necesita resultados.

La campaña necesita emociones.

El gobierno necesita cooperación.

La campaña puede vivir de las promesas.

El gobierno vive de las restricciones.

Por eso los extremos suelen ganar elecciones, pero el ejercicio cotidiano del poder empuja hacia el centro.

China cambió las reglas del juego

Parte de la confusión actual proviene de que seguimos intentando entender el siglo XXI con categorías intelectuales del siglo XX.

Durante décadas nos enseñaron que capitalismo y comunismo eran incompatibles.

Entonces apareció China.

Una economía extraordinariamente capitalista operando bajo la conducción de un partido comunista.

Millones de personas salieron de la pobreza.

La producción industrial se transformó.

La tecnología avanzó.

Y, al mismo tiempo, el control político permaneció centralizado.

China rompió el viejo mapa ideológico.

Demostró que muchas de las categorías que parecían inamovibles eran más flexibles de lo que habíamos imaginado.

La revolución de las pantallas

La transformación tecnológica produjo una ruptura todavía más profunda.

Durante gran parte del siglo XX la información circulaba a través de periódicos, universidades, editoriales, estaciones de radio y cadenas de televisión.

Existían intermediarios.

Existían filtros.

Existían autoridades intelectuales reconocidas.

Hoy cualquier persona puede producir información, desinformación, propaganda o teorías conspirativas desde un teléfono.

Nunca hubo tanta información disponible.

Y al mismo tiempo, nunca hubo tanta confusión.

Antes existían periódicos, periodistas, universidades, científicos, maestros y especialistas cuya opinión era ampliamente respetada.

Hoy compiten con millones de voces que circulan simultáneamente por las redes sociales.

Antes podía discutirse quién tenía razón.

Hoy muchas veces ni siquiera existe acuerdo sobre cuáles son los hechos.

La verdad perdió centralidad frente a la emoción.

Antes había ideologías e intereses. Ahora siguen existiendo ideologías e intereses, pero se han agregado nuevas fuerzas movilizadoras: identidades, emociones, agravios y comunidades digitales.

El regreso de los liderazgos personalistas

A esta transformación se suma el resurgimiento de liderazgos personalistas o autoritarios en distintas partes del mundo.

Putin en Rusia.

Ortega en Nicaragua.

El deterioro democrático en Venezuela.

Netanyahu gobernando bajo presión permanente y en medio de graves cuestionamientos.

Trump y sus intentos reiterados de ampliar los límites del poder presidencial.

En América Latina también encontramos fenómenos que merecen atención.

El liderazgo de Andrés Manuel López Obrador transformó profundamente la política mexicana mediante una relación directa con amplios sectores de la población, reduciendo el papel tradicional de intermediarios políticos, partidistas y mediáticos.

Claudia Sheinbaum heredó parte de esa estructura política y enfrenta ahora el desafío de mantener la cohesión de un movimiento construido alrededor de una figura carismática, al mismo tiempo que debe responder a las exigencias prácticas de gobernar un país complejo.

No todos pertenecen a la misma corriente ideológica.

Pero comparten ciertos rasgos.

Concentración de poder.

Debilitamiento de contrapesos.

Polarización política.

Apelación emocional a sus seguidores.

Construcción permanente de enemigos.

El fenómeno ya no puede explicarse únicamente mediante las categorías tradicionales de izquierda y derecha.

El extraño matrimonio entre polarización y moderación

Aquí aparece una contradicción extraordinaria.

Mientras los gobiernos se vuelven más pragmáticos, las sociedades parecen volverse más radicales.

Los gobernantes necesitan acuerdos.

Los militantes exigen pureza.

Los gobiernos necesitan negociar.

Las redes sociales premian la confrontación.

Los gobiernos necesitan estabilidad.

Los movimientos necesitan indignación.

Por eso los discursos políticos parecen cada vez más extremos mientras muchas decisiones de gobierno terminan pareciéndose más de lo que sus partidarios quisieran admitir.

La explicación micropolítica

Desde la perspectiva de la Micropolítica, este fenómeno no resulta sorprendente.

La movilización política requiere emociones.

La gobernabilidad requiere cooperación.

La primera necesita enemigos.

La segunda necesita acuerdos.

La primera produce entusiasmo.

La segunda produce resultados.

Por eso tantos dirigentes llegan al poder montados sobre olas de polarización y terminan gobernando desde posiciones mucho más moderadas de las que prometieron durante la campaña.

No siempre es una traición.

Muchas veces es el encuentro inevitable entre la ideología y la realidad.

La realidad tiene una característica incómoda:

No respeta las ideologías.

Fanatismo contra gobernabilidad

Tal vez estamos interpretando mal lo que ocurre.

Quizá el gran conflicto de nuestro tiempo ya no sea entre izquierda y derecha.

Quizá sea entre fanatismo y gobernabilidad.

Entre quienes consideran que negociar es una forma de traición y quienes entienden que negociar es una condición indispensable para gobernar.

Si esto es correcto, entonces el aparente caos político que observamos no significa necesariamente que el mundo se haya vuelto loco.

Significa que las categorías con las que aprendimos a entenderlo ya no alcanzan para explicarlo.

Las viejas etiquetas ideológicas siguen movilizando emociones.

Pero cada vez explican menos la manera en que realmente se ejerce el poder.

Y quizá allí se encuentre la mayor lección de nuestro tiempo:
Ninguna sociedad puede gobernarse indefinidamente desde la indignación.

Pero ninguna democracia puede sobrevivir sin acuerdos.


*Alfredo Cuéllar es profesor retirado de California State University, Fresno; exprofesor e investigador de Harvard University; fundador de la disciplina Micropolítica: El Ejercicio del Poder y autor de diversos libros y artículos sobre educación, liderazgo, organizaciones y poder.

Para la elaboración de sus trabajos utiliza herramientas de inteligencia artificial como apoyo para la búsqueda, organización y análisis de información. Las ideas, interpretaciones, opiniones y conclusiones expresadas en sus escritos son responsabilidad exclusiva del autor.

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