columna

En Síntesis

LA NUEVA OLIGARQUÍA: CUANDO EL DINERO DESCUBRE EL PODER

Alfredo Cuéllar

Las dos reglas de la Micropolítica:
el ejercicio del poder,
que explican cómo el poder atrae y acumula más poder.

Durante mucho tiempo hemos aceptado como algo casi natural que los ricos participen en la política.

Financian candidatos, contribuyen a partidos, apoyan organizaciones, sostienen causas, contratan cabilderos, financian centros de pensamiento y establecen relaciones con quienes gobiernan. Nada de esto es particularmente nuevo en Estados Unidos.

Lo que merece preguntarse es si la extraordinaria concentración contemporánea de riqueza está produciendo algo cualitativamente diferente.

Un reciente análisis del Financial Times lo plantea provocadoramente como el surgimiento de una nueva oligarquía estadounidense. La palabra es fuerte. Oligarquía significa, esencialmente, gobierno de unos pocos. Y precisamente por ello debemos utilizarla con cuidado.

Pero existen datos que explican la preocupación. Según el Financial Times, los 100 mayores donantes aportaron alrededor de $2.6 mil millones al ciclo electoral estadounidense de 2024. Además, tres grandes donantes —Elon Musk, Miriam Adelson y Timothy Mellon— aportaron conjuntamente aproximadamente una tercera parte de los $1.5 mil millones destinados a apoyar la campaña de Donald Trump. (Fuente: Financial Times, “America’s new oligarchy”, agosto de 2026.)

Estados Unidos continúa celebrando elecciones competitivas. Millones de ciudadanos votan. Existen partidos, Congreso, tribunales, gobiernos estatales, medios de comunicación y organizaciones sociales capaces de desafiar al gobierno.

Por eso quizá la pregunta más interesante no sea si Estados Unidos ya es una oligarquía.

La pregunta es si está experimentando un proceso de oligarquización.

Es decir: ¿puede mantenerse formalmente una democracia mientras una pequeña minoría acumula una capacidad extraordinariamente superior a la del ciudadano común para determinar quién compite por el poder, qué asuntos reciben atención, qué alternativas llegan a la mesa de decisiones y quién tiene acceso permanente a quienes gobiernan?

Desde la Micropolítica, el problema puede analizarse de una manera diferente.

EL DINERO NO ES SOLAMENTE DINERO

Una enorme fortuna permite comprar casas, aviones, empresas y estilos de vida que están fuera del alcance de la mayoría.

Pero también proporciona algo mucho más importante: capacidad de influencia.

Permite financiar candidatos y campañas, contratar especialistas, sostener litigios durante años, promover investigaciones, crear organizaciones, financiar medios y plataformas, apoyar universidades y centros de pensamiento, contratar cabilderos y, sobre todo, obtener acceso a otras personas que poseen poder.

El dinero, por tanto, no es solamente riqueza.

Es una fuente de poder.

Lo mismo ocurre con las grandes corporaciones. No tienen rostro humano, pero también acumulan y ejercen poder.

Sus enormes recursos económicos pueden convertirse en cabildeo, acceso a gobernantes, información especializada, campañas de comunicación, influencia regulatoria y capacidad para defender sus intereses durante años. Por eso, cuando hablamos aquí de la concentración de la riqueza, no debemos pensar solamente en multimillonarios de carne y hueso: las corporaciones, incluidas las de inteligencia artificial, también pueden transformar poder económico en poder político y utilizar uno para proteger y aumentar el otro.

Y aquí aparece una regla de la Micropolítica que resulta particularmente útil para comprender lo que está ocurriendo.

REGLA DE LA ATRACCIÓN DE LAS FUENTES DEL PODER

Las distintas fuentes de poder tienden a atraerse entre sí.
Quien posee una fuente importante de poder tiende a buscar otras que puedan ampliarla, protegerla o multiplicarla.
Quien posee dinero busca relaciones.
Quien posee relaciones busca acceso.
Quien posee acceso busca información.
Quien posee información puede adquirir influencia.
Quien posee influencia puede afectar decisiones.
Y quien puede afectar decisiones puede proteger o incrementar las fuentes de poder que originalmente poseía.
El fenómeno también funciona en sentido contrario.

El político posee inicialmente otra clase de poder: votos, posición institucional, autoridad para tomar decisiones y acceso a información y personas.

Pero frecuentemente ese poder político comienza a acercarlo también al poder económico.

El empresario busca al político.

Y el político busca al empresario.

No necesariamente porque uno sea corrupto y el otro quiera comprarlo. El fenómeno es más profundo que la corrupción.

Las fuentes del poder se atraen.

REGLA DE LA DINÁMICA ACUMULATIVA DEL PODER

Una segunda regla complementa a la primera:
El poder tiende a utilizarse para adquirir más poder.
Cada nueva fuente aumenta la capacidad de conseguir la siguiente.

Por eso las fuentes de poder no solamente se suman. En determinadas circunstancias se multiplican.

Dinero produce relaciones.

Las relaciones producen acceso.

El acceso produce información.

La información produce oportunidades.
Las oportunidades pueden producir más dinero.
Y el nuevo dinero permite adquirir todavía mayores relaciones, acceso e influencia.

El circuito comienza nuevamente, pero desde un nivel superior:
RIQUEZA → ACCESO → INFLUENCIA → PODER → OPORTUNIDADES → MÁS RIQUEZA → MÁS PODER.

La atracción de las fuentes explica hacia dónde se mueve el poder.

La dinámica acumulativa explica por qué puede continuar creciendo.

EL MULTIMILLONARIO NO NECESITA GOBERNAR

Aquí debemos introducir una distinción fundamental.

Sería un error imaginar que los grandes ricos estadounidenses están intentando convertirse masivamente en presidentes, gobernadores o senadores.

La mayoría no lo hace.

Y probablemente existe una razón bastante sencilla.

Para ejercer poder político no es necesario ocupar un cargo político.

El candidato necesita conseguir votos.

Tiene que hacer campaña.

Debe comparecer ante los medios.

Puede perder una elección.

Está sujeto a determinadas normas institucionales.

Y eventualmente tendrá que abandonar el cargo.

El gran financiador no necesariamente enfrenta ninguna de esas restricciones.

Puede contribuir hoy a un candidato y mañana a otro. Puede intervenir en elecciones primarias, financiar organizaciones, apoyar causas, promover determinadas políticas y desarrollar relaciones políticas durante décadas.

Desde esa perspectiva, influir sobre el poder puede resultar incluso más conveniente que ejercerlo directamente.

Por eso no debemos confundir el gobierno de los ricos con el poder político de los ricos.

Son fenómenos diferentes.

TRUMP: LA EXCEPCIÓN QUE PERMITE OBSERVAR LA REGLA

Donald Trump representa un caso diferente.

No es el estereotipo del multimillonario estadounidense que participa en política.

Es precisamente la excepción.

Trump cruzó una frontera que la mayoría de los grandes empresarios no cruza: dejó de limitarse a relacionarse con quienes poseían el poder político y decidió ocuparlo personalmente.

Durante décadas había sido empresario, celebridad, donante y personaje con acceso a políticos.

Después convirtió esas fuentes de poder en otra completamente diferente: poder electoral.

La riqueza ayudó a producir notoriedad.

La notoriedad produjo capacidad de comunicación.

La comunicación produjo seguidores.

Los seguidores produjeron votos.

Y los votos produjeron la Presidencia de Estados Unidos.

En una misma persona comenzaron entonces a converger fuentes de poder que normalmente encontramos distribuidas entre individuos diferentes:
Riqueza.
Celebridad.
Capacidad de comunicación.
Una extraordinaria base política.
Control de un partido.

Y finalmente la autoridad institucional de la Presidencia.

Pero el caso Trump adquiere todavía otra dimensión.

Mientras ejerce el poder político más importante del país, sus intereses económicos no desaparecen.

Y aquí podemos introducir una comparación concreta.

En 2015, cuando Trump inició su primera campaña presidencial, Forbes estimaba su fortuna en aproximadamente $4.5 mil millones. En marzo de 2026 la misma publicación la estimó en aproximadamente $6.5 mil millones; su estimación en tiempo real a finales de julio rondaba los $6.4 mil millones.

La comparación no es perfecta. Las fortunas de los multimillonarios fluctúan enormemente y las estimaciones de patrimonio no equivalen a estados financieros auditados. Pero la transformación de la composición de la fortuna de Trump resulta particularmente significativa: nuevos negocios relacionados con criptomonedas, medios digitales y licencias han adquirido enorme importancia.

Forbes estimó en marzo de 2026 que sus negocios de criptomonedas habían añadido aproximadamente $1.8 mil millones a su fortuna, mientras que su negocio de licencias había aumentado su valor en unos $400 millones durante el año anterior. (Fuentes: Forbes, estimación de la fortuna de Donald Trump, septiembre de 2015; Forbes, “Here’s How Much Donald Trump Is Worth”, marzo de 2026.)

Aquí conviene separar cuidadosamente dos cosas. Que la fortuna de Trump haya aumentado durante su vida política es un hecho que puede medirse. Determinar cuánto de ese aumento se debe directa o indirectamente al poder político que ha adquirido es una cuestión diferente y mucho más difícil de demostrar.
Por eso, el argumento de la Micropolítica no necesita afirmar que cada dólar adicional de su patrimonio sea producto de la Presidencia.

Tampoco necesitamos demostrar un delito para identificar el problema.

Lo que debemos observar es algo distinto: una misma persona concentra la Presidencia, una enorme capacidad de movilización política y una red de intereses económicos privados cuyo valor puede crecer mientras ejerce el poder público.

Aquí las dos reglas aparecen con extraordinaria claridad.

La riqueza puede producir poder.

Y el poder puede crear condiciones que produzcan nueva riqueza.

El círculo se cierra:
RIQUEZA → PODER → RIQUEZA → MÁS PODER.

Trump no demuestra que todos los ricos quieran gobernar.

Demuestra algo mucho más importante: cuando diferentes fuentes de poder pueden concentrarse en las mismas manos, cada una puede convertirse en instrumento para adquirir, proteger y multiplicar las demás.

El caso Trump permite ver el fenómeno en su expresión más visible porque riqueza y poder político coinciden en una sola persona. Pero sería un error concluir que el problema comienza y termina con Trump.

La cuestión mucho más profunda es qué ocurre cuando un sistema permite que quienes poseen extraordinario poder económico puedan convertirlo cada vez con mayor facilidad en acceso, influencia y poder político, ocupen o no personalmente un cargo público.

EL VERDADERO PROBLEMA DE LA OLIGARQUÍA

Por eso el debate sobre la nueva oligarquía estadounidense no debería reducirse a determinar cuántos multimillonarios ocupan puestos gubernamentales.

Podrían no ocupar ninguno y continuar ejerciendo enorme poder.

La pregunta importante es otra:
¿Qué capacidad tiene una sociedad democrática para impedir que una extraordinaria desigualdad económica termine convirtiéndose en una extraordinaria desigualdad política?

Una persona puede tener un voto.

Un multimillonario también tiene un voto.

Formalmente son iguales.

Pero uno de ellos puede además financiar candidatos, contratar cabilderos, sostener organizaciones, financiar campañas publicitarias, acceder regularmente a gobernantes y dedicar millones de dólares durante años a promover las políticas que considera convenientes.

La igualdad electoral formal puede coexistir, por tanto, con una profunda desigualdad en la capacidad real de influencia.

Eso no convierte automáticamente a una democracia en oligarquía.

Pero puede iniciar su oligarquización.

¿QUIÉN PONE EL LÍMITE?

Aquí aparece quizá la conclusión más importante desde la Micropolítica.

Esperar que quienes acumulan poder decidan voluntariamente cuándo poseen suficiente constituye una defensa extraordinariamente frágil de la democracia

La historia de las instituciones políticas puede interpretarse precisamente como la búsqueda de mecanismos para resolver ese problema:

Separación de poderes. Elecciones periódicas. Límites de mandato. Leyes antimonopolio. Regulación del financiamiento electoral. Transparencia. Normas sobre conflictos de intereses. Prensa independiente. Tribunales. Contrapesos institucionales.

Todos parten, de una manera u otra, de una misma intuición:
el poder necesita límites externos.

Porque la Micropolítica nos advierte que quien posee una fuente de poder dispone también de mayores posibilidades para adquirir otra.

Y después otra.

Y otra.

Hasta que fuentes que originalmente estaban separadas comienzan a concentrarse y reforzarse mutuamente.

El problema democrático, entonces, no comienza simplemente cuando algunas personas poseen muchísimo dinero.
Comienza cuando una sociedad permite que una fuente extraordinaria de poder pueda convertirse casi ilimitadamente en las demás.

Quizá por eso la pregunta que debemos hacernos frente a la nueva concentración de riqueza estadounidense no sea:¿Cuánto dinero puede acumular una persona en una democracia?

La pregunta verdaderamente importante es:
¿Cuántas otras fuentes de poder pueden adquirir con ese dinero antes de que la desigualdad económica termine convirtiéndose en desigualdad política?

Porque una democracia puede sobrevivir a la existencia de personas extraordinariamente ricas.

Lo que resulta mucho más difícil determinar es cuánto tiempo puede sobrevivir cuando la riqueza compra acceso, el acceso produce influencia, la influencia protege la riqueza y el poder comienza a reproducirse a sí mismo.

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