columna

El tamaño del miedo

PULSO

Por Eduardo Meraz

Ciudad de México.- Quizá no sea agua bendita sudada, la transpiración de los morenistas vinculados a los grupos criminales, pero la foto de los “andreceses” y el mensaje del ex presidente López Obrador, son inversamente proporcional al tamaño del miedo recorriendo sus espaldas, o, como dice la canción popular: “que nadie sepa mi sufrir”.

En la política mexicana, el miedo no se mide en encuestas ni en discursos, sino en sudor, el de las autoridades que, entre guiños y silencios, han convivido con los capos del crimen organizado, y, ahora se encuentran bajo la lupa del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Ante los avances de las indagatorias de dicha instancia, luego de las confesiones del centenar de capos enviados por México al gobierno norteamericano y otros instrumentos de investigación, por más habilidades del Rey del Cash y su corte, hay suficientes evidencias de la colusión entre autoridades y delincuentes.

Las confesiones de los capos enviados a territorio norteamericano han abierto grietas imposibles de tapar.
Hasta el momento, el gobierno del país vecino del norte, por sí o a través de medios de comunicación, ha hecho públicos los nombres de al menos poco más de una docena de funcionarios, ex funcionarios y sus familiares por presuntos vínculos con alguno de los cárteles mexicanos.

Al ritmo impreso por la administración Trump para, desde su trinchera y con sus propios métodos, limitar o cancelar el control criminal en amplias franjas del territorio mexicano, es factible se pueda igualar la cantidad de delincuentes enviados a EU, con un número equivalente de funcionarios mexicanos, aun cuando no sean entregados de manera “fast track”.

No se trata únicamente de igualar la balanza: por cada capo extraditado, un funcionario mexicano señalado. No se trata de un intercambio formal, sino de un espejo donde se refleja y queda plasmada la simetría del poder corrupto.
Las filtraciones, las cancelaciones de visas, las peticiones directas de entrega de funcionarios: todo ello configura un escenario de presión diplomática que desarma el discurso nacionalista del oficialismo.

El griterío masioserista dentro y fuera de Palacio Nacional se convierte en ruido de fondo, incapaz de detener la maquinaria judicial estadounidense.

Tan es así que, si hace unas semanas atrás el “extraño enemigo” era la derecha, nacional y extranjera; ahora ya se radicalizó, al señalar a la “ultra derecha” -doméstica y foránea- la causante de todos los males y angustias que desesperan al oficialismo.

La ultra derecha, la conspiración extranjera, los adversarios eternos: todos ellos son nombres que buscan disfrazar la verdadera angustia, la cual proviene de las investigaciones que cruzan fronteras.

Pero el miedo no entiende de ideologías: se instala en la piel, en la mirada, en la respiración entrecortada de quienes saben que el tiempo de la impunidad se acorta.

El tamaño del miedo se mide en silencios, en las pausas de los discursos, en las evasivas de las conferencias, en los gestos nerviosos de quienes antes se mostraban seguros; es un miedo que no se confiesa, pero que se percibe en cada palabra que intenta desviar la atención hacia enemigos imaginarios.

Por tanto, salvar la cara o el pellejo implica irse al extremo contrario: la ultra izquierda como el primer valladar narrativo en defensa del “statu quo” en las relaciones sospechosas entre autoridades y narcos.

La política mexicana se encuentra en un punto de inflexión, pues en los días recientes, el relato heroico de la lucha contra la corrupción se desmorona frente a las pruebas de complicidad.

El oficialismo, ya sea desde Palenque o desde Palacio Nacional, que alguna vez se presentó como redentor, ahora se defiende como acusado, como gato boca arriba.

Y en ese tránsito, el miedo se convierte en protagonista. No es un miedo abstracto, sino concreto: el miedo a perder privilegios, a enfrentar tribunales, a que la historia revele lo que se intentó ocultar.

El tamaño del miedo también se mide en la radicalización del discurso. Cuanto más avanzan las indagatorias, más se intensifica la retórica contra enemigos invisibles.

Pero la épica se desgasta cuando la evidencia se acumula. y entonces, el miedo es ese sudor frío y nada divino, empapando cualquier narrativa de mentiras y engaños.

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Quizá el futuro inmediato esté marcado por nuevas revelaciones, por más nombres expuestos, por más funcionarios señalados; cada filtración será un golpe al oficialismo, cada cancelación de visa un recordatorio de que la impunidad no es eterna.

He dicho-

EFECTO DOMINÓ

Aunque dejó de ser el hombre más rico del mundo hace más de una década, el patrimonio de Carlos Slim alcanzó niveles récord durante los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, superando ampliamente la fortuna que tenía cuando encabezaba el ranking global de multimillonarios, al pasar de poco más de 51 mil millones de dólares al inicio del gobierno de AMLO; a la fecha, totaliza 128 mil millones de dólares.
Primero los pobres.

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