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EL PODER DE LA HUMILDAD

En Síntesis

Alfredo Cuéllar*

Durante mi reciente viaje a Matamoros tuve la fortuna de que mi amigo Rodolfo Simón, “El Poeta de Matamoros” fuera mi anfitrión durante la conferencia que impartí ante el Club Rotario Matamoros Sur. Rodolfo escribe diariamente una columna y una de sus reflexiones me hizo volver sobre un tema al que desde hace tiempo he prestado atención en mis estudios de Micropolítica: el poder de la humildad.

La expresión parece, de entrada, una contradicción.

Estamos acostumbrados a pensar que tiene poder quien manda, quien posee autoridad, dinero, información, conocimientos, relaciones o capacidad para premiar y castigar. Difícilmente pensamos en la persona que baja la voz, reconoce que puede estar equivocada, escucha al otro o incluso acepta momentáneamente una posición subordinada.

Sin embargo, esa persona también puede estar ejerciendo poder.

En Micropolítica parto de una idea fundamental: el poder es una capacidad relacional. No existe simplemente porque alguien posea un cargo. Existe cuando una persona tiene capacidad de modificar la conducta, las decisiones o incluso las percepciones de otra.

Por eso he propuesto considerar el Poder de la Humildad como una forma particular de poder:

Una actitud de sumisión intencionada y aceptación del poder del otro que, apelando a su conciencia, incomodidad, empatía o vergüenza, busca alcanzar un fin determinado.

La palabra importante es intencionada.

No estoy hablando de humillación. Tampoco de debilidad. Mucho menos de sometimiento permanente. Hablo de alguien que pudiendo confrontar decide no hacerlo; que pudiendo imponer, escucha; que teniendo autoridad reconoce la autoridad, el conocimiento o incluso la dignidad del otro.

Y al hacerlo modifica la relación de poder.

El que cede puede estar ganando

Pensemos en una discusión. Dos personas elevan progresivamente la voz porque ninguna quiere parecer débil. Cada argumento exige otro argumento y cada ataque provoca un contraataque. El poder se convierte en una competencia.

De pronto una de ellas dice:

“Puede ser que yo esté equivocado. Explícame cómo lo ves tú.”

¿Qué ocurrió?

Aparentemente cedió. En realidad, acaba de transformar completamente la relación.

El adversario ya no tiene enfrente a alguien a quien derrotar. Tiene ahora que explicar, justificar y quizá moderar su propia posición. La aparente retirada produjo influencia.

Eso es poder.

El fenómeno se vuelve todavía más interesante cuando quien posee formalmente mayor autoridad es quien ejerce la humildad.

Un jefe puede decir: “Yo tomo la decisión porque soy el jefe”.

Y probablemente podrá hacerlo.

Pero también puede decir: “No conozco este problema tan bien como ustedes. Ayúdenme a entenderlo antes de decidir”.

En el primer caso utilizó principalmente su poder legítimo, el que proviene del puesto.

En el segundo utilizó algo mucho más sutil.

Reconoció una limitación propia y, paradójicamente, puede haber aumentado su poder sobre el grupo. Quienes fueron escuchados probablemente estarán más dispuestos a colaborar con la decisión final, incluso si no coincide completamente con lo que propusieron.

Humildad no significa ausencia de poder

Aquí aparece una de las paradojas más interesantes del liderazgo.

Durante demasiado tiempo hemos confundido liderazgo con seguridad absoluta. El líder supuestamente debe saber, decidir, ordenar y jamás mostrar dudas.

Pero nadie sabe todo.

Por eso decir “no sé”, “me equivoqué”, “explícamelo”, “tú sabes más que yo sobre esto” o simplemente “perdón” puede representar una extraordinaria manifestación de seguridad personal.

El inseguro necesita demostrar constantemente que tiene poder.

Quien está seguro de sí mismo puede permitirse no demostrarlo.

Nelson Mandela entendió extraordinariamente esta dimensión. También Gandhi convirtió la aparente debilidad de la no violencia en una poderosa presión moral sobre quienes poseían las armas, las instituciones y la autoridad formal.

El poderoso podía castigar al que lo atacaba y justificar su respuesta.

Mucho más difícil resultaba justificar la coerción contra quien deliberadamente se negaba a responder con violencia.

La relación se invertía. Quien aparentemente tenía menos poder comenzaba a imponerle un costo moral a quien tenía más.

También puede manipularse

Pero debemos tener cuidado.

La Micropolítica no estudia solamente las formas nobles del poder. Estudia cómo funciona el poder, independientemente de que nos guste o no la manera en que se utiliza.

Por eso la humildad también puede ser estratégica e incluso manipuladora.

Alguien puede presentarse como débil, indefenso o subordinado precisamente para provocar culpa, compasión o vergüenza en quien tiene capacidad para decidir.

“Usted tiene todo el poder; yo solamente le estoy pidiendo que me escuche.”

La frase parece reconocer la superioridad del otro, pero al mismo tiempo le coloca una carga moral: ahora tendrá que vivir con la imagen de sí mismo si decide no escuchar.

No hubo amenaza. No hubo castigo físico, económico ni administrativo.

Y, sin embargo, apareció una forma de coerción: el costo de parecer injusto ante los demás o ante nuestra propia conciencia.

Por eso alguna vez pensé que el Poder de la Humildad podía entenderse como una extensión muy sofisticada del poder coercitivo. No castiga el cuerpo ni el bolsillo. Puede castigar la conciencia.

El líder que sabe escuchar

Hay otra dimensión menos estratégica y quizá más importante. La humildad permite escuchar.

Y escuchar también es una forma de ejercer poder.

En una organización, una comunidad o un gobierno existen personas que llevan años acumulando conocimientos, relaciones, experiencias y confianza. Quien llega a dirigirlas puede cometer uno de los errores más frecuentes del poder formal: creer que el nombramiento también le otorgó automáticamente todo ese conocimiento.

No es así. Imaginen la diferencia entre un dirigente recién llegado que dice:

“Aquí existen reglas y protocolos y ustedes tendrán que sujetarse a ellos”.

Y otro que recibe a las mismas personas diciendo:

“¡Qué bueno que hayan venido a verme! Ustedes conocen esta comunidad mucho mejor que yo. Yo acabo de llegar. Quiero escucharlos y aprender de ustedes”.

No perdió un gramo de autoridad.

Continúa teniendo exactamente el mismo cargo y las mismas facultades.

Pero probablemente acaba de adquirir algo que ningún nombramiento puede otorgarle: legitimidad, información, confianza y posiblemente lealtad.

Ha aumentado su poder precisamente porque no necesitó exhibirlo.

La paradoja

Mientras más estudio el poder, más convencido estoy de que sabemos menos de él de lo que creemos.

Sabemos que existen distintas fuentes: poder coercitivo, de recompensa, legítimo, técnico, referente, de información, de relaciones, político y otras formas que he tratado de explorar, entre ellas el poder de seducción y el poder de la humildad.

Y sabemos también que rara vez aparecen aisladas. Se mezclan, se sustituyen y se transforman constantemente.

La humildad nos obliga a reconsiderar algo fundamental.

Ceder no siempre significa perder poder.

Escuchar no significa obedecer. Hay que reconocer que otro sabe más no disminuye necesariamente nuestra autoridad.

Pedir perdón no siempre nos hace débiles. Y decir “no sé” puede ser mucho más poderoso que fingir que sabemos.

En Micropolítica existe una pregunta que considero más importante que saber quién ocupa el puesto: ¿quién está influyendo realmente en las decisiones y en la conducta de los demás?

Porque tener un cargo no significa necesariamente tener poder. El poder se revela observando quién logra que otros cambien una decisión, acepten una propuesta, modifiquen su comportamiento o hagan algo que, de otra manera, quizá no habrían hecho.

Vista desde esta perspectiva, la humildad deja de ser solamente una virtud moral.

Se convierte también en una estrategia de poder.

Quizá por eso algunos de los líderes más poderosos son precisamente aquellos que no necesitan recordarnos constantemente que tienen poder.

Porque el poder que necesita exhibirse a cada momento suele revelar una debilidad.

Y el poder capaz de inclinarse ante el otro, escuchar y reconocer sus propias limitaciones puede levantarse siendo todavía más poderoso.

La humildad no es la ausencia de poder. Puede ser una de sus formas más sutiles.

*Alfredo Cuéllar es profesor retirado, investigador y autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones. Para la preparación de este artículo se utilizó inteligencia artificial como herramienta de búsqueda, contraste de información y apoyo editorial. Las ideas, argumentos y conclusiones son responsabilidad del autor.

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