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¿Qué tan felices somos?

Por Ivette Estrada

En una era exponencial de alta tecnología, la búsqueda de la felicidad se convierte en el objeto del deseo de todas las poblaciones.

Deja de ser un don fortuito o predestinado y se enuncia como una cualidad que podemos aprender y, por ende, tener.

Existen muchas definiciones, pero todas se relacionan con la satisfacción y bienestar.

¿Qué factores son cruciales para ser felices?

Según Rosalinda Ballesteros, directora del Instituto de Ciencias del Bienestar Integral de Tecmilenio, menciona que existen indicadores tanto cuantitativos como cualitativos para elevar la percepción de felicidad.

Así, existen parámetros fundamentales como acceso a la salud, seguridad, participación ciudadana….pero también deben considerarse elementos cualitativos en los que intervienen conceptos de comunidad, familia extendida, nexos con otros. Es lo que conforma la llamada “Paradoja Latinoamericana”: bajos índices de bienestar cuantitativo pero una importancia sobresaliente en la familia, amigos y nexos comunitarios.

Es decir “las interacciones con otros nos permiten elevar la percepción de felicidad que tenemos. No se basa sólo en datos duros de PIB per cápita, acceso a educación, servicios de salud…sino de arraigo familiar, amistad y nexos en la comunidad. En la capacidad de interrelacionarnos con otros y volver más significativas nuestras interacciones”, dice Ballesteros.

En sí, la felicidad está influenciada por las virtudes prosociales y un entorno social e institucional de apoyo. Es lo que determina, en gran medida, la sensación de soledad, aislamiento y minusvalía. Interactuar con los demás forja nuestra resiliencia, fuerza y felicidad.

Entonces los parámetros de cumplimento material son importantes, pero no representan los únicos factores que deben considerarse a la hora de medir la felicidad. Por ejemplo, la participación en la toma de decisiones en un grupo, como la familia, es fundamental para que una persona experimente satisfacción.

Incluso, la ONU le sumó el apoyo social, esperanza de años de vida saludable, libertad para tomar decisiones vitales, generosidad y la percepción de la corrupción en un país como factores constructivos de felicidad.

Para Ballesteros, además, debe generarse una positiva balanza emocional. Es decir, aumentar las emociones agradables durante el día y reducir los efectos estresores.

“No se trata de negar las emociones, enmascararlas o desatenderlas, pero si equilibrar su presencia en el día a día. Cuidar la balanza emocional implica que siempre haya más felicidad que liberación de cortisol por factores estresantes”, dice la directiva.

Ahora, los efectos de los externo no resultan pernicioso si no los asumimos como tales. Todo tiene relevancia e importancia en nuestra vida según nuestra percepción, menciona Ballesteros.

La directiva es tajante al enunciar: La felicidad se aprende. Es elevar cuestiones positivas y reducir las negativas. Es normalizar la felicidad.

Esta percepción tiene un impacto directo incluso en nuestra salud. Se documentan, por ejemplo, estudios donde el lenguaje positivo se relaciona más con el nivel de bienestar que se experimenta en determinados entornos y comunidades.

Entre las herramientas que pueden emplearse para ser más felices, Ballesteros recomienda un diario de gratitud y la meditación que genera nuevas condiciones neuronales. Pero habría que añadir que pasar tiempo en familia, tener amigos y asociarse a un club también redundan en beneficios ostensibles.

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