PULSO
Eduardo Meraz
A pesar de las afirmaciones presidenciales sobre la disminución sustantiva del llamado “huachicol” -en especial el fiscal, más el de piquete- en realidad los mexicanos somos testigos del huachicol nuestro de cada día, ante la existencia de una gigantesca coladera aduanal.
Para llevar a cabo este lucrativo negocio, no se necesita necesariamente una manguera clandestina, una toma en un ducto o un ejército de hombres perforando la tierra durante la madrugada.
Puede llegar vestido de legalidad, protegido por papeles, sellos, facturas, clasificaciones arancelarias y declaraciones aparentemente impecables, mediante las vuales puede atravesar una frontera sin levantar sospechas y convertirse, unas horas después, en millones de pesos.
Entre el 1 de septiembre de 2025 y el 30 de junio de 2026, la Agencia Nacional de Aduanas de México, ANAM, reportó haber frenado 3 mil 109 casos de posible contrabando relacionados con 109.4 millones de litros de hidrocarburos.
Es una cantidad que cuesta imaginar. Pero detrás de esa cifra hay algo todavía más preocupante: esos cargamentos pretendían evadir aproximadamente 4 mil 600 millones de pesos en contribuciones fiscales.
También reporta la cancelación de 3 mil 434 sellos digitales para facturar y presentar 118 denuncias penales.
Las cifras impresionan, pero también obligan a formular una pregunta incómoda: si las autoridades pudieron descubrir miles de operaciones, ¿cuántas otras lograron atravesar los controles?
El huachicol fiscal no vive únicamente en la frontera. Se alimenta de una cadena mucho más extensa: importadores, transportistas, documentos, intermediarios, empresas, facturas, depósitos, estaciones de servicio y consumidores finales.
Para que millones de litros lleguen al mercado se necesita algo más que un camión, se necesita una estructura y las estructuras no desaparecen con un decomiso, sobre todo si quienes la firmaron, integraron y protegen son funcionarios, en alianza con grupos criminales.
Y es tan excelente negocio, que en algunos casos ha desplazado la producción y comercialización de estupefacientes y drogas sintéticas.
De hecho, forma parte del “holding” o la cartera de negocios en los cuales los cárteles y algunos funcionarios han convertido el huachicol en su principal “actividad productiva” y hacer realidad el apotegma de Carlos Hank González, de que un político pobre es un pobre político.
La relación de los “cachorros del bienestar”, de exitosos y ricos funcionarios públicos aparece con relativa frecuencia en los medios de comunicación, en especial los fundadores del cuatroteísmo, familiares y amigos de los habitantes recientes de Palacio Nacional.
Durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, distintas investigaciones y averiguaciones penales comenzaron a mostrar la existencia de redes relacionadas con el huachicol fiscal.
Sin embargo, la magnitud que hoy revelan los informes oficiales obliga a revisar aquella etapa con mayor severidad, porque si el negocio alcanzó dimensiones millonarias, alguien tuvo que permitir que creciera.
Y si creció durante años, obedeció al hecho de quemientras algunos tuvieron que mirar hacia otro lado, el autor de la frase para la posteridad -los negocios jugosos de corrupción, siempre cuentan con el visto bueno del presidente de la Republica-, cree no necesitar explicar el fenómeno.
A veces la corrupción no necesita complicidades explícitas; le basta con la negligencia, la ausencia de controles, la burocracia indiferente, la incapacidad para conectar las piezas de un rompecabezas criminal o de plano la connivencia de los altos capos de cuello blanco, insertos en el sector público.
El Gobierno Federal destinó 2 mil 663 militares de apoyo permanente a las 32 aduanas bajo su coordinación, 582 marinos en ocho aduanas y 2 mil 446 elementos de la Guardia Nacional para inhibir actos de corrupción e impulsar la recaudación fiscal.
Nunca será poca la vigilancia cuando se trata de defender los recursos públicos; la presencia de miles de elementos también revela la dimensión del desafío y el grado de autismo de autoridades civiles y militares.
La respuesta está probablemente en el valor del negocio, pues el combustible mueve automóviles, camiones, industrias y economías, pero también puede mover fortunas clandestinas.
Fortunas que no sólo sirven para llenar los bolsillos de los “presuntos implicados”, sino también para ganar campañas y posiciones políticas en el poder legislativo y los tres niveles de gobierno.
De hecho, el huachicol, con énfasis en el fiscal, es el equivalente al “agua bendita” con el cual se celebran bautizos y surgen compadrazgos, y como bolo la complicidad, hasta que la cárcel los separe.
El desafío de Claudia Sheinbaum consiste en conseguir que las aduanas dejen de ser una coladera, pero también que deje de oler a tinta, a papel, a oficina y a corrupción, porque estos actos siguen siendo huachicol.
El huachicol fiscal es, finalmente, un espejo incómodo del Estado: refleja sus debilidades, sus omisiones y sus zonas oscuras.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Tarde llegan las advertencias del expresidente de Colombia, Gustavo Petro, sobre la intromisión de “algoritmos” y el “tecnofascismo” en elecciones. En México, durante 2024, Morena los puso en práctica.








