Más allá de mis impressiones
Por Angélica Armenta
Ciudad de México.- Hay una escena que se repite con frecuencia en las redes sociales del país. Una publicación política genera decenas, a veces cientos de comentarios en pocas horas. El algoritmo la amplifica. Los usuarios la comparten. La percepción hace que se piense que este candidato tiene respaldo, esta propuesta genera entusiasmo, esta encuesta refleja la opinión de la gente. O, en sentido contrario, este candidato es repudiado por la ciudadanía, nadie lo quiere, el rechazo es unánime.
Pero si uno se detiene a leer con cuidado, algo no concuerda en ninguno de los dos casos.
Los comentarios favorables suenan bien. Demasiado bien. Frases como «ha demostrado compromiso y cercanía con la gente», «su trabajo refleja interés por mejorar las condiciones de la comunidad» o «los resultados son el mejor argumento cuando se habla de dedicación» circulan de perfil en perfil como si fueran opiniones naturales. Sin embargo, no mencionan un solo nombre de una calle, una sola colonia, un solo problema específico del municipio o alcaldía en cuestión. Podrían referirse a cualquier candidato de cualquier ciudad del país.
Y del otro lado sucede algo simétrico. Insultos idénticos, repetidos casi palabra por palabra, acompañados del mismo emoji, publicados por cuentas distintas en minutos, sin dar un solo dato adicional más allá de la descalificación. «Rata» seguido del emoji de roedor, una y otra vez, como si fuera una consigna y no una opinión.
Ninguno de los dos extremos son opiniones espontáneas. Son guiones.
Una táctica con nombre propio, y dos caras
Lo que se describe aquí tiene un nombre técnico en la comunicación política contemporánea: astroturfing. El nombre proviene de AstroTurf, una marca estadounidense de pasto artificial. La metáfora es precisa y cruel, lo que parece hierba viva y natural es, en realidad, plástico bien diseñado para engañar a primera vista.
En su aplicación política, el astroturfing consiste en la producción y distribución coordinada de comentarios, reseñas o publicaciones que simulan ser opinión de las personas que publican de manera orgánica cuando en realidad responden a una estrategia con objetivo. Conviene aclarar algo que suele pasarse por alto, el astroturfing no opera únicamente a favor de alguien pues tiene dos caras igual de eficaces.
La primera, la más conocida, fabrica apoyo donde no existe: elogios genéricos, testimonios de gratitud, defensas de un candidato ante cualquier crítica. La segunda, menos discutida pero igual de extendida, fabrica rechazo donde tampoco existe en la magnitud que aparenta, insultos coordinados, acusaciones repetidas sin sustento, campañas de desprestigio diseñadas para hundir la reputación de un adversario político simulando indignación popular masiva. En el ámbito de la comunicación de campañas, a esta segunda modalidad suele llamársele coloquialmente «brigadeo».
No siempre involucra robots ni cuentas automatizadas, aunque también existen. Con frecuencia se trata de personas reales —operadores, simpatizantes o trabajadores contratados— que publican mensajes previamente redactados, ya sea para alabar o para atacar, desde cuentas que a simple vista parecen pertenecer a ciudadanos comunes.
El mecanismo es sencillo en su diseño y eficaz en su resultado. Un equipo de campaña elabora un banco de frases, ya sean de apoyo o de ataque. Las distribuye entre una red de cuentas. Esas cuentas publican los mensajes de forma escalonada para simular conversación natural. El algoritmo de la plataforma, que prioriza el contenido con alta interacción, amplifica la publicación. Y el cibernauta que llega tarde al hilo encuentra lo que parece ser consenso ciudadano, sea de apoyo entusiasta o de rechazo generalizado.
No lo es. Es manufactura de consenso, en cualquiera de sus dos direcciones.
Lo que dicen los hilos locales
Como ejemplos tenemos muchos, pero nos vamos con una publicación que circuló en grupos de Facebook sobre candidatos del PAN a la presidencia municipal de Atizapán de Zaragoza ofreció un caso de estudio involuntario, y particularmente útil porque muestra ambas caras del fenómeno.
El hilo acumuló más de 190 reacciones y decenas de comentarios. La mayoría expresaba rechazo, hartazgo y desconfianza hacia los precandidatos mencionados, opiniones crudas, locales, con nombres de lugares y referencias a hechos concretos como presuntas irregularidades en organismos municipales o señalamientos de nepotismo con nombres y apellidos. Ese tipo de comentarios, aunque hostiles, tienen las características de la indignación natural, especificidad, contexto y variedad de redacción.
Sin embargo, entre esos comentarios aparecían dos patrones distintos que merecen un análisis diferente.
Por un lado, más de 15 comentarios —publicados por perfiles distintos, en días distintos— compartían el mismo lenguaje neutro y la misma estructura de elogio genérico hacia una de las precandidatas. «La cercanía con los ciudadanos es una de sus fortalezas», escribía uno. «Su trabajo refleja interés por mejorar las condiciones de la comunidad», escribía otro. Ninguno mencionó Atizapán. Ninguno citó una obra, un programa o una fecha. Este tipo de coincidencias presenta características compatibles con campañas coordinadas de comunicación digital; sin embargo, por sí solo, el patrón observado no constituye una prueba de coordinación.
Por otro lado, una cantidad considerable de comentarios dirigidos contra otra de las precandidatas se reducían, de forma casi mecánica, a una sola palabra acompañada de un emoji: «rata», seguido del ícono de roedor, repetido por cuenta tras cuenta sin variación discursiva, sin acusación específica adicional, sin el tipo de detalle que sí aparecía en otros comentarios de rechazo genuino hacia esa misma persona. Ese patrón podría corresponder a una estrategia de astroturfing o brigadeo, aunque también podría obedecer a comportamientos espontáneos de usuarios que replican mensajes similares. El patrón observado, por sí mismo, no permite acreditar una coordinación organizada.
Es importante enfatizar este punto con cuidado, porque la línea entre indignación real y ataque coordinado no siempre es clara. En este hilo conviven ambos fenómenos: hay reclamos ciudadanos legítimos, respaldados por señalamientos concretos sobre organismos públicos y manejo de predios, y hay también patrones que presentan características compatibles con campañas coordinadas. No obstante, esos indicios no constituyen evidencia concluyente de que exista una operación organizada, por lo que cualquier inferencia debe entenderse únicamente como un análisis del comportamiento observable de los comentarios. Atribuir todo el rechazo hacia un candidato a una operación orquestada sería tan impreciso como asumir que todo elogio es orgánico. Lo honesto es reconocer que probablemente ambos elementos —el genuino y el fabricado— se mezclan en el mismo espacio digital.
La ciudadanía, en buena medida, ya lo intuye. «¿Quién hizo esta encuesta?», preguntó una persona. «Todas las encuestadoras apoyan a sus favoritos», señaló otra. El escepticismo ya está instalado en parte del electorado local. Pero no en todos, y esa es precisamente la vulnerabilidad que estas campañas buscan explotar.
Por qué es un problema que va más allá de la anécdota
El astroturfing, en cualquiera de sus dos modalidades, no es una travesura digital menor. Es una intervención directa en la formación de la opinión pública, y opera aprovechando un sesgo cognitivo bien documentado, la prueba social. Cuando las personas ven que muchos otros apoyan algo, o que muchos otros rechazan algo, tienden a asumir que ese consenso aparente tiene sustento. No porque sean ingenuas, sino porque en condiciones normales la cantidad de voces es un indicador razonable de opinión colectiva.
Las campañas de astroturfing utilizan esa estrategia mental en ambas direcciones. Fabrican la apariencia de apoyo donde no existe, y fabrican la apariencia de rechazo donde tampoco existe en la magnitud mostrada. Lo hacen en el momento más crítico del ciclo democrático, cuando los ciudadanos están formando su opinión sobre quién merece gobernarlos.
El costo de una operación de este tipo, en cualquiera de sus dos versiones, es accesible para cualquier equipo de campaña política con recursos modestos. No se requiere tecnología sofisticada ni infraestructura compleja. Basta con un grupo de coordinación y la disposición de un puñado de personas para publicar, ya sea elogios o insultos, desde sus propias cuentas o desde perfiles creados ex profeso.
Eso lo pone al alcance de la política local, no solo de los grandes partidos nacionales, y explica por qué puede operar simultáneamente a favor de un candidato y en contra de otro dentro del mismo hilo de comentarios.
Cómo leer las redes con más criterio
Detectar el astroturfing, en cualquiera de sus formas, no requiere conocimientos técnicos avanzados. Requiere hábito de observación y cierta disposición a cuestionar lo que parece obvio, ya sea que confirme o contradiga la propia opinión.
Conviene revisar si los comentarios, favorables o desfavorables, suenan específicos o genéricos. Un vecino real habla de su colonia, de un problema que vive, de una promesa que no se cumplió, incluso cuando insulta. Un comentario fabricado, sea de apoyo o de ataque, habla en abstracto o se reduce a una sola palabra repetida, con frases o términos que podrían aplicarse a cualquier contexto.
Vale la pena también observar la proporción y la variación del comentario. Cuando un conjunto de comentarios comparte estructura idéntica, ya sea elogiosa o insultante, y carece de la diversidad natural de redacción que tiene la opinión natural, esa uniformidad es informativa.
Y es útil recordar que el volumen no es sinónimo de verdad, en ningún sentido. Cien comentarios falsos de apoyo pesan menos, en términos de realidad, que diez comentarios naturales. Lo mismo aplica para el rechazo, cien insultos idénticos no equivalen a indignación ciudadana real si carecen de sustento y variación.
Periodismo local
Uno de los comentarios en ese hilo de Atizapán lo decía directamente, «Si quieres que creamos en tus notas, deja de promover falsedades.» El señalamiento iba dirigido al medio que publicó la encuesta original. Pero contiene una lección más amplia, válida para cualquier publicación que circule en el ecosistema digital del Valle de México.
La confianza en la información local se construye con tiempo, con consistencia y con la disposición de señalar lo que incomoda, incluidas las campañas de manipulación que operan en ambas direcciones, las que fabrican apoyo y las que fabrican odio.
El astroturfing, sea para alabar o para atacar, prospera en la opacidad. El periodismo local, cuando hace su trabajo con precisión, es uno de los pocos instrumentos disponibles para exponerlo sin caer en la simplificación de declarar todo lo que coincide con lo que uno prefiere creer.








