El cielo de la Ciudad de México se cubrió de una luz dorada y un ambiente festivo este sábado 31 de octubre de 2026. Desde temprana hora, el corazón de la capital latía con un solo ritmo: el tambor de las comparsas, el crujir del papel picado y el aroma inconfundible del cempasúchil que presagiaban el Gran Desfile de Día de Muertos.

Paseo de la Reforma, convertido en un gigantesco lienzo de tradiciones, atestiguó cómo miles de almas —tanto locales como turistas— se congregaron hombro con hombro. Caras pintadas de calaveras, sombreros emplumados y sonrisas expectantes dibujaban el paisaje humano a lo largo de las vallas metálicas. En punto de las 14:00 horas, el banderazo de salida desde la Glorieta de la Diana Cazadora marcó el inicio de una catarsis colectiva donde la muerte no se llora, se celebra.
Un tributo monumental al arte y la memoria
El desfile de este año desbordó nostalgia y orgullo cultural con bloques temáticos que erizaron la piel de más de uno. Entre aplausos y ovaciones del público, el contingente rindió un sentido homenaje a la época de oro del cine nacional y a leyendas de la música. Las miradas se alzaron al cielo cuando hicieron su aparición las imponentes marionetas monumentales de cartonería dedicadas al «Divo de Juárez», Juan Gabriel, cuyas figuras de cuatro metros de altura replicaban sus icónicos trajes de concierto.
Metros más adelante, la atmósfera se tornó en blanco y negro con un carro alegórico inspirado en la obra maestra María Candelaria de Emilio «El Indio» Fernández, transportando a los espectadores directamente a las chinampas de Xochimilco de antaño. Alebrijes iluminados, mojigangas monumentales, comparsas de catrinas vanguardistas y un colorido contingente inspirado en la lucha libre mexicana completaron un mosaico visual impresionante.
De la Diana al Zócalo: Una fiesta sin fronteras
Conforme el sol comenzó a descender, la columna multicolor avanzó serpenteante por Avenida Juárez y la emblemática calle 5 de Mayo, transformando el asfalto gris en una pasarela de misticismo. Los aplausos retumbaban en las fachadas históricas del Centro Histórico, mientras los bailarines profesionales y músicos tradicionales contagiaban su energía a chicos y grandes, quienes no dudaban en unirse al baile desde las banquetas.
Al llegar a la Plaza de la Constitución, el desfile encontró su cénit frente a la imponente ofrenda monumental y la gran catrina que resguardan el Zócalo. Entre ovaciones y destellos de cámaras fotográficas, concluyó una tarde donde la CDMX demostró, una vez más, que sus raíces están más vivas que nunca. Hoy, la muerte caminó de la mano con los vivos en una fiesta que quedará grabada en la memoria colectiva de la ciudad.









