En Síntesis
Alfredo Cuéllar*
“Los grandes avances intelectuales
frecuentemente ocurren
cuando conocimientos
que tradicionalmente
permanecían separados
comienzan a relacionarse.”
Hace unos días, mientras trabajaba en un artículo sobre Cristina Rivera Garza, escritora nacida en la Heroica ciudad de Matamoros y ganadora del Premio Pulitzer de Literatura en 2024, en la categoría de Memorias o Autobiografía, descubrí algo que me llevó a reflexionar sobre la naturaleza del conocimiento científico y, particularmente, sobre la Micropolítica (MP).
Lo que inicialmente parecía una historia de tres generaciones familiares en busca de oportunidades terminó revelándome algo mucho más profundo: la importancia de la interdisciplinariedad en la construcción del conocimiento.
Cristina Rivera Garza representa un ejemplo extraordinario. Su formación intelectual atraviesa la Sociología, la Historia y la Literatura. Pero su contribución no consiste simplemente en haber estudiado diferentes disciplinas. Lo verdaderamente significativo es que logra integrarlas para producir una forma original de investigar, interpretar y narrar la realidad.
En su obra, la investigación histórica se convierte en literatura; los archivos dialogan con la memoria; las experiencias individuales adquieren significado social. Las fronteras entre disciplinas dejan de ser barreras y se convierten en puntos de encuentro.
Aquello me hizo pensar que los grandes avances intelectuales frecuentemente ocurren cuando conocimientos que tradicionalmente permanecían separados comienzan a relacionarse.
Una conversación con Emiliano Hernández Camargo
Compartí estas reflexiones con mi gran amigo el Ing. Emiliano Hernández Camargo, cuya trayectoria profesional e intelectual siempre he respetado.
Su respuesta me llevó varias décadas hacia atrás.
Emiliano me recordó la influencia que tuvo en su formación el ingeniero Víctor Bravo Ahuja, particularmente por su visión interdisciplinaria al impulsar una concepción de la Ingeniería Industrial que integraba diferentes campos del conocimiento.
Esa visión, me explicó, se proyectó posteriormente en instituciones como la UPIICSA del Instituto Politécnico Nacional y el Centro Interdisciplinario de Investigación y Docencia en Educación Técnica (CIIDET), en Querétaro, institución que tuve el privilegio de dirigir bajo el liderazgo del Ing. Hernández.
Emiliano recordó también una circunstancia que yo no había olvidado.
Cuando fui invitado a dirigir el CIIDET, algunos académicos cuestionaron mi designación porque mi formación inicial era en Educación Física.
Emiliano respondió entonces con un argumento sencillo: tenía un doctorado.
La anécdota resulta reveladora.
Para algunos, haber comenzado mi formación profesional en Educación Física constituía una limitación. Para Emiliano, lo importante era reconocer una trayectoria académica que había trascendido aquella formación inicial.
Hoy comprendo que aquella discusión encerraba una cuestión mucho más profunda que mi nombramiento. ¿Por qué habría de limitarse la capacidad intelectual de una persona a la disciplina en la que inició sus estudios? La formación académica no debería constituir una frontera que impida explorar otros conocimientos. Por el contrario, puede convertirse en el punto de partida para construir nuevas perspectivas. Emiliano comprendía eso desde entonces. Yo tardaría muchos años en reconocer hasta qué punto aquella concepción interdisciplinaria estaba relacionada con el desarrollo de la Micropolítica.
También me recordó que en los Institutos Tecnológicos Regionales habíamos establecido una maestría en Planificación Industrial que relacionaba Ingeniería y Economía.
La interdisciplinariedad no era, por tanto, una aspiración abstracta. Ya la practicábamos en el diseño de programas académicos, en la investigación y en la formación de profesionales.
Lo extraordinario es que, después de tantos años, una reflexión sobre Cristina Rivera Garza y una conversación con Emiliano me permitieron reconocer con mayor claridad el significado de aquellas experiencias.
Cuando dos conocimientos producen un tercero
En la investigación científica existe un procedimiento conocido como triangulación, mediante el cual se utilizan distintas perspectivas, fuentes o métodos para examinar un fenómeno.
Pero hay otro proceso intelectual igualmente importante: la integración de conocimientos provenientes de diferentes disciplinas para generar una explicación que ninguna de ellas habría producido aisladamente.
Pensemos en la Ingeniería y la Economía.
La primera estudia, entre otras cosas, los procesos técnicos, la producción y la transformación de recursos. La segunda examina su asignación, los incentivos y las decisiones en condiciones de escasez.
Cuando ambos conocimientos se integran, permiten abordar problemas de planificación industrial que no pueden resolverse satisfactoriamente desde una sola perspectiva.
No estamos simplemente sumando dos conocimientos. Estamos construyendo una nueva capacidad de comprensión.
El conocimiento interdisciplinario adquiere su mayor valor cuando produce preguntas, explicaciones y soluciones que no existían dentro de las disciplinas consideradas por separado.
Esta reflexión me llevó inevitablemente a pensar en la Micropolítica.
La Micropolítica: una convergencia de conocimientos
Durante muchos años he estudiado el poder en las relaciones humanas cotidianas.
Mi punto de partida ha sido una pregunta aparentemente sencilla:
¿Quién está influyendo realmente en las decisiones y en la conducta de los demás?
La pregunta puede formularse en una familia, una escuela, una universidad, una empresa, un sindicato, una organización política o un grupo de amigos.
Y, sin embargo, responderla requiere conocimientos procedentes de numerosas disciplinas.
La Sociología nos ayuda a comprender las relaciones sociales, las jerarquías y las redes de influencia.
La Psicología social explica la persuasión, la obediencia, la confianza, las percepciones y las resistencias.
La Ciencia Política estudia el poder, la autoridad, la legitimidad, las coaliciones y los conflictos.
La Antropología permite comprender las culturas, los símbolos, los rituales y las reglas no escritas que condicionan las conductas.
La Administración y la Teoría de las Organizaciones explican las estructuras formales e informales, el liderazgo y los procesos de decisión.
La Economía y la Teoría de Juegos aportan conocimientos sobre los incentivos, los recursos, la cooperación, la competencia y la negociación.
La Filosofía y la Ética nos obligan a examinar la legitimidad, la responsabilidad y las consecuencias morales del ejercicio del poder.
La Comunicación estudia la influencia de las palabras, los silencios, los rumores, las narrativas y la información.
La Historia permite comprender cómo se construyen, transforman y deterioran las relaciones de poder a través del tiempo.
Y las Ciencias de la Educación muestran cómo se aprende, transmite, cuestiona y reproduce la autoridad.
A estas disciplinas podemos agregar el Derecho, la Psicología cognitiva, la Neurociencia, la Teoría de Sistemas, la Estadística, la Biología evolutiva y, más recientemente, la Ciencia de Datos y la Inteligencia Artificial.
Todas tienen algo que aportar.
Pero aquí surge una cuestión fundamental.
Si la Micropolítica se nutre de tantas disciplinas, ¿qué la distingue de ellas?
El poder cotidiano como objeto propio de estudio
Mi respuesta es que la Micropolítica no se define por la procedencia de los conocimientos que utiliza, sino por el fenómeno que busca comprender.
Ese fenómeno es el poder en las relaciones humanas cotidianas.
La Sociología puede estudiar una organización como sistema de relaciones sociales. La Psicología puede examinar las motivaciones de sus integrantes. La Ciencia Política puede analizar su autoridad y sus conflictos. La Administración puede estudiar su estructura y funcionamiento.
La Micropolítica integra esas perspectivas para investigar cómo las personas adquieren, ejercen, expanden, degradan o pierden su capacidad de influir sobre otras.
Consideremos un ejemplo.
Un director universitario conserva su nombramiento, su oficina, su salario y todas sus atribuciones formales. Sin embargo, progresivamente pierde la confianza de sus colaboradores. Sus decisiones encuentran resistencia. Surgen alianzas que lo excluyen. Sus instrucciones se cumplen solamente cuando existe vigilancia.
Formalmente sigue siendo director.
Pero su poder efectivo se está degradando.
Para comprender ese fenómeno necesitamos estudiar simultáneamente las relaciones sociales, las percepciones, los incentivos, las coaliciones, la comunicación, la historia institucional y las conductas individuales.
La MP busca integrar esos conocimientos para explicar un proceso que se desarrolla en la vida cotidiana de la organización.
Y aquí aparece uno de sus principios centrales:
El poder es una capacidad relacional que solo existe en expansión o en degradación.
Este principio expresa una concepción dinámica del poder. No lo considera una propiedad que alguien posee de manera permanente, sino una capacidad que depende de relaciones humanas cambiantes.
De allí se desprende otra proposición:
El poder acumulado es estructuralmente inestable.
Y una tercera:
Quien ejerce el poder es el principal responsable de su expansión o degradación, aunque intervengan factores externos.
Estas proposiciones constituyen fundamentos teóricos de la MP. Su desarrollo científico exige someterlas a investigación, contrastación empírica y discusión crítica, particularmente mediante programas de posgrado, tesis e investigaciones interdisciplinarias.
De la multidisciplinariedad a una disciplina propia
La multidisciplinariedad permite reunir conocimientos de diferentes campos.
La interdisciplinariedad permite integrarlos para construir explicaciones nuevas.
Pero el desarrollo de una disciplina exige algo adicional: definir con precisión su objeto de estudio, formular conceptos propios, establecer proposiciones teóricas y desarrollar métodos para investigar y contrastar sus explicaciones.
Esa es, precisamente, la tarea que considero pendiente y necesaria para la Micropolítica.
No pretendo afirmar que las ciencias existentes hayan ignorado el poder cotidiano. Numerosos investigadores lo han estudiado desde distintas perspectivas.
Lo que propongo es desarrollar una integración sistemática de esos conocimientos alrededor de un objeto específico: la dinámica del poder en las interacciones humanas cotidianas.
La originalidad de la MP deberá demostrarse por su capacidad para identificar relaciones, formular explicaciones y generar conocimientos que amplíen nuestra comprensión de ese fenómeno.
No basta con declararla una ciencia.
Hay que construirla científicamente.
Una reflexión final
Regreso a Cristina Rivera Garza y a mi conversación con Emiliano Hernández Camargo.
La primera me permitió reconocer cómo la integración de la Sociología, la Historia y la Literatura puede producir una obra intelectual extraordinaria.
El segundo me recordó que, desde hace décadas, algunos educadores e investigadores comprendían que las fronteras disciplinarias no debían convertirse en obstáculos para el conocimiento.
Ambas reflexiones convergen en una tercera idea, que hoy considero fundamental para el desarrollo de la Micropolítica:
Una disciplina puede nutrirse de muchas ciencias sin perder su identidad, siempre que tenga un objeto de estudio claramente definido, una perspectiva propia y la capacidad de producir conocimientos originales.
La Micropolítica aspira a reunir esas condiciones.
No pretende sustituir a la Sociología, la Psicología, la Ciencia Política, la Antropología o la Administración.
Se alimenta de ellas, dialoga con ellas y procura integrar sus aportaciones.
Pero dirige su mirada hacia un fenómeno específico, universal y presente en prácticamente todas las relaciones humanas: el poder cotidiano.
La Micropolítica se nutre de muchas disciplinas, pero su identidad intelectual se construye alrededor de una sola pregunta: ¿quién influye realmente sobre quién, cómo lo hace, por qué lo consigue y qué provoca que esa influencia aumente o disminuya?
Allí se encuentra su campo de estudio.
Y, posiblemente, el camino hacia su consolidación como una futura ciencia.
*El Dr. Alfredo Cuéllar es profesor universitario jubilado y creador de la Micropolítica.
Nota del autor: Utilizo inteligencia artificial como herramienta de apoyo en la redacción y organización de mis ideas. El contenido, las interpretaciones y las conclusiones son de mi responsabilidad.








