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De la primavera 68 al otoño 26

PULSO

Por: Eduardo Meraz

Ciudad de México.- El convulso mundo de 1968, que empezó en Europa y, particularmente en París, trasladándose posteriormente a México; hoy, en 2026, vuelve como deja vú, donde el descontento social se materializa y amenaza con derruir los cimientos de gobiernos insensibles a las demandas de sociedades hartas de engaños y promesas incumplidas.

Estamos en momentos de coincidencias tan profundas que parecen desafiar el tiempo. El otoño de 2026 tiene el extraño aroma de aquella primavera de 1968, cuando millones de ciudadanos descubrieron que la distancia entre los gobernantes y la sociedad podía convertirse en un abismo.

El enorme distanciamiento existente entre ambos -autoridades y ciudadanos-, expresa los intereses cada vez más incompatibles y la desconfianza ha sentado sus reales, mientras se vislumbra un esquema de relaciones sociales y políticas diferente y aún impredecible o inimaginable.

Hace casi seis décadas, París ardía en rebeldía: los jóvenes tomaban las calles para cuestionar un orden político agotado, incapaz de escuchar las exigencias de una generación que reclamaba libertades, oportunidades y participación.

México vivió su propia sacudida, demostrando que los gobiernos suelen temer más a las ideas que a las armas cuando perciben que su legitimidad comienza a erosionarse.

Hoy el contexto es diferente, pero la raíz del conflicto conserva la misma esencia: el desencanto.

Las sociedades contemporáneas observan con creciente irritación cómo los gobiernos, independientemente de su signo ideológico, han perfeccionado el arte de administrar narrativas mientras descuidan la solución de los problemas reales.

Las autoridades presumen indicadores; la población enfrenta una vida cotidiana marcada por la inseguridad, la incertidumbre económica y la falta de perspectivas; desde los púlpitos oficiales se construyen relatos triunfalistas, pero en las calles crece la percepción de que las prioridades del poder poco tienen que ver con las necesidades de la gente.

Y cuando un gobierno deja de escuchar, comienza a encerrarse, se rodea de aduladores, sustituye la autocrítica por propaganda y termina confundiendo popularidad con legitimidad; es entonces cuando las instituciones dejan de ser puentes para convertirse en murallas. La desconexión es evidente.

Se trata de una fractura moral, donde millones de personas sienten ser utilizadas como escalones electorales y después relegadas a la condición de espectadores de decisiones tomadas por élites cada vez más alejadas de la realidad.

Las redes sociales, que en algún momento prometieron democratizar la conversación pública, ahora se han convertido en el espejo de ese malestar.

Por eso el otoño de 2026 no debe interpretarse como una simple etapa de inconformidad pasajera; en realidad, representa la evidencia de un desgaste estructural, en el cual los ciudadanos ya no sólo cuestionan decisiones específicas, sino la credibilidad del sistema político en su conjunto.

Y cuando una sociedad deja de creer, el problema deja de ser electoral para convertirse en histórico.

La lección de 1968 fue clara: ningún gobierno puede gobernar de espaldas a la ciudadanía sin pagar consecuencias.

La marginación de las voces críticas, el desprecio por los reclamos legítimos y la soberbia del poder terminan acumulando una presión que tarde o temprano encuentra una salida.

Quizá no veremos barricadas como las de París ni plazas ocupadas con la intensidad simbólica de hace medio siglo, porque la rebelión contemporánea adopta otras formas: el rechazo, la abstención, la protesta permanente y la pérdida de confianza en las instituciones.

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La primavera del 68 desafió al poder establecido. El otoño del 26 parece lanzar una advertencia semejante, no contra un gobierno en particular, sino contra una clase política atrapada en la autocomplacencia, olvidando que cuando la confianza se pierde, rara vez florece dos veces en la misma estación.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Entre la espada y la pared se encuentran el titular del IMSS, Zoé Robledo, y el líder sindical, Rafael Olivos. El primero, no tiene el proyecto que debería haber entregado este fin de semana; el segundo, con pocos argumentos para evitar una huelga.

Los dos, con la pólvora mojada, sin ninguna certeza de que su permanencia en los cargos garantice mejoras al sistema de salud.

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