columna

TRUMP: Irán, Ormuz, petróleo, inflación = votos

En Síntesis


Alfredo Cuéllar*


Las elecciones que juzgan al presidente

Cada cuatro años el mundo observa la elección presidencial de Estados Unidos. Mucho menos comprendidas fuera del país —y a veces incluso dentro de él— son las elecciones que ocurren exactamente a la mitad del periodo presidencial: las llamadas midterm elections.

En ellas no se elige presidente, pero se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado. Y aunque el nombre del presidente no aparece en las boletas, históricamente estas elecciones terminan convirtiéndose en un juicio sobre quien ocupa la Casa Blanca.

La historia estadounidense muestra una regularidad notable: el partido del presidente suele perder posiciones en las elecciones intermedias. No es una ley inexorable, pero sí una tendencia suficientemente fuerte para formar parte de la lógica política norteamericana. Desde mediados del siglo XIX, más de tres cuartas partes de los cambios de mayoría ocurridos en la Cámara de Representantes se han producido precisamente en elecciones intermedias.

Los ejemplos recientes son conocidos. Bill Clinton perdió el control del Congreso en 1994. Barack Obama sufrió en 2010 una derrota que calificó como una verdadera “paliza”. Donald Trump perdió la Cámara de Representantes en 2018. Joe Biden conservó el Senado en 2022, pero perdió la Cámara.

Las elecciones intermedias tienen, por tanto, una doble naturaleza. Formalmente elegimos legisladores. Políticamente evaluamos al presidente.

El próximo 3 de noviembre, Donald Trump no estará en ninguna boleta electoral. Pero estará, de alguna manera, en todas.

Un referéndum sobre Trump

Las elecciones de 2026 determinarán quién controla las dos cámaras del Congreso durante los últimos dos años de la presidencia de Trump. Y eso significa mucho más que saber cuántos republicanos y demócratas ocuparán curules.

Un Congreso favorable puede ampliar considerablemente la capacidad presidencial para gobernar. Uno adverso puede bloquear legislación, controlar presupuestos, abrir investigaciones, obligar a negociaciones y convertir los dos últimos años de una presidencia en algo radicalmente diferente de los dos primeros.

Reuters describe ya señales preocupantes para los republicanos. Trump llega a esta etapa con niveles bajos de aprobación, mientras el costo de vida y la guerra con Irán aparecen entre las preocupaciones del electorado. Los republicanos defienden mayorías estrechas y los demócratas necesitan recuperar relativamente pocos distritos para modificar el equilibrio de poder en Washington.

Por eso estas elecciones serán, nos guste o no, un referéndum sobre Donald Trump.

Y justamente cuando comienza la recta final aparece una variable que inicialmente parecía estar a miles de kilómetros de las urnas estadounidenses: Irán.

De Irán a Ormuz

La superioridad militar de Estados Unidos frente a Irán es indiscutible. Pero las guerras no se libran exclusivamente con aviones, barcos, soldados y misiles.

También se libran sobre vulnerabilidades.

Y existe un pequeño espacio geográfico donde Irán conserva una extraordinaria capacidad para producir consecuencias muy superiores a su tamaño: el Estrecho de Ormuz.

Por ese estrecho circula una parte fundamental del petróleo y del gas que abastecen al mundo. Es uno de esos lugares excepcionales donde la geografía se convierte en poder.

Durante los últimos días hemos observado nuevamente hasta qué punto una alteración relativamente pequeña del tránsito marítimo puede repercutir inmediatamente sobre los mercados internacionales. Irán ha anunciado nuevas restricciones en la zona, se han producido ataques contra embarcaciones y el tráfico marítimo ha disminuido.

El petróleo Brent se encuentra alrededor de los 97 dólares por barril y ha aumentado aproximadamente 35 por ciento desde febrero. El diésel ha alcanzado precios récord. Los mercados internacionales comienzan nuevamente a preocuparse por algo que Estados Unidos creía haber dejado atrás: inflación provocada por la energía.

Aquí comienza una cadena que podría tener consecuencias políticas mucho mayores de lo que parece:
Irán → Ormuz → petróleo → inflación → votos.

La guerra llega a la gasolinera

Una guerra en Medio Oriente puede parecer distante para un ciudadano en California, Texas, Pennsylvania o Michigan.

La gasolinera no.

Cuando aumenta el petróleo, el primer efecto visible aparece en la gasolina. Pero el problema verdadero puede ser mucho más profundo.

El diésel mueve camiones, maquinaria agrícola, construcción y buena parte del transporte de mercancías. Cuando aumenta su precio, transportar alimentos cuesta más; producir cuesta más; distribuir cuesta más. Gradualmente, el aumento energético aparece en lugares donde el consumidor quizá ya no reconoce su origen.

En el supermercado. En los servicios. En el transporte. En las facturas.

En las tasas de interés, si la inflación obliga a la Reserva Federal a mantener o aumentar el costo del dinero.

De hecho, los mercados ya están observando precisamente esa posibilidad. El aumento reciente del petróleo está reavivando las preocupaciones inflacionarias y modificando las expectativas sobre las decisiones de los bancos centrales.

La guerra, entonces, deja de ser una noticia internacional. Entra en la economía doméstica.
“Small potatoes”

Hace apenas unos días Trump calificó el conflicto con Irán como “small potatoes”.

La frase probablemente desaparecerá pronto del ciclo noticioso. Sus consecuencias políticas podrían durar bastante más.

Porque existe una diferencia entre la percepción desde la Casa Blanca y la percepción desde una gasolinera.

Un presidente puede explicar que Estados Unidos está ganando militarmente. Puede demostrar que el adversario ha sufrido daños mayores. Puede señalar barcos destruidos, instalaciones atacadas o sanciones exitosas.

Pero el ciudadano utiliza otra medida.

¿Cuánto me cuesta llenar el tanque?

Y después:
¿Cuánto cuesta la comida?
¿Cuánto me alcanza mi salario?

Ésta es una de las grandes paradojas del poder presidencial.

Trump puede ordenar un ataque contra Irán.

No puede ordenar que baje el precio mundial del petróleo.

Puede desplegar portaaviones.

No puede ordenar a los mercados que dejen de tener miedo.

Puede imponer sanciones.

No puede impedir que las consecuencias económicas de una guerra regresen a Estados Unidos.

La percepción termina votando

Sería una simplificación afirmar que si aumenta la gasolina los republicanos perderán las elecciones. El comportamiento electoral nunca funciona de manera tan mecánica.

Los estadounidenses votarán pensando también en inmigración, empleo, seguridad, aborto, salud, impuestos, identidad política y muchas otras cuestiones.

Pero las elecciones rara vez dependen de una sola variable. Dependen de la acumulación de percepciones.
Un ciudadano puede tolerar una guerra.

Puede tolerar temporalmente gasolina cara.

Puede aceptar cierta inflación.

Puede soportar incertidumbre.

El problema aparece cuando esas percepciones comienzan a sumarse y producen una conclusión mucho más sencilla:
“Las cosas no están funcionando.”

En Micropolítica, el poder no debe confundirse con fuerza. Poder es una relación. Existe cuando la conducta de un actor puede modificar la conducta de otro.

Desde esa perspectiva, Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para ejercer poder sobre él. Le basta conservar capacidad suficiente para alterar una variable que Estados Unidos necesita controlar.

Y esa variable puede ser Ormuz.

Irán no vota, pero puede pesar en el voto

No existe evidencia suficiente para afirmar que Irán esté diseñando sus acciones militares con el propósito de modificar las elecciones estadounidenses. Hacer esa afirmación sería ir mucho más allá de lo que sabemos.

Pero tampoco necesitamos esa hipótesis para entender lo que está ocurriendo.

Las consecuencias pueden existir independientemente de la intención.

Irán puede alterar Ormuz. Ormuz puede alterar el petróleo. El petróleo puede alimentar la inflación. La inflación puede alterar la percepción del votante. Y el votante puede alterar el poder de Donald Trump.

Reuters señala precisamente que el descontento con la economía y la guerra está creando dificultades para los candidatos republicanos al comenzar la etapa final de la campaña.

Ahí encontramos la dimensión micropolítica de estas elecciones.

El poder de Trump después del 3 de noviembre no se medirá por los votos que él reciba. No recibirá ninguno porque no será candidato.

Se medirá por cuántos estadounidenses entreguen poder a candidatos dispuestos a respaldarlo y cuántos lo entreguen a quienes buscarán limitarlo.

Si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump recibirá una importante ratificación política.
Si pierde una, su margen de acción se reducirá.
Si pierde las dos, los últimos dos años de su presidencia podrían convertirse en un periodo completamente diferente.

La ecuación de noviembre

En política internacional seguimos cometiendo un error antiguo: confundimos poder con tamaño.

Contamos soldados, aviones, portaaviones, misiles y dólares.

Naturalmente importan.

Pero no explican todo.

Un actor considerablemente más débil puede adquirir poder cuando descubre una dependencia del más fuerte. Y pocas dependencias son tan visibles como la que todavía mantiene la economía mundial respecto del flujo energético.

El 3 de noviembre votarán los estadounidenses.

No votará Irán. No votará el Estrecho de Ormuz. No votará el petróleo.

Pero sí votarán millones de personas que llenan sus automóviles, compran alimentos, pagan hipotecas, reciben facturas y comparan cuánto podían comprar ayer con lo que pueden comprar hoy.

Por eso, a menos de dos meses de las elecciones, una ecuación que comienza a miles de kilómetros de Washington merece nuestra atención:

Irán → Ormuz → petróleo → inflación = votos.

Y esos votos podrían decidir cuánto poder conservará Donald Trump durante los últimos dos años de su presidencia.


*Alfredo Cuéllar es profesor universitario retirado, consultor internacional y autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones. Para la elaboración de este artículo el autor utilizó inteligencia artificial como herramienta de investigación, contraste de información y apoyo editorial. Las ideas, interpretaciones y conclusiones son responsabilidad del autor.

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