Morena enRo(n)chado
Eduardo Meraz
Los sucesos en torno a «Andy» López Beltrán y Rubén Rocha Moya confirman la alergia de Morena hacia el comportamiento ético de sus integrantes.
Sus síntomas aparecen a simple vista: basta observar la piel morenista para advertir el sarpullido, escuchar el discurso para descubrir la fiebre y seguir el rastro de ciertas conductas para entender que algo no funciona bien en el organismo.
Y lo más grave es su elevado nivel de contagio, por lo cual el escozor del cuatroteísmo es evidente cuando se habla de honestidad, toda vez que provoca estornudos y aparece la irritación, pues esa palabra les recuerda que gobernar implica ética y responsabilidad, y de inmediato surgen explicaciones, justificaciones y una curiosa necesidad de mirar hacia otro lado.
Los episodios recientes alrededor de “Andy” López Beltrán y Rubén Rocha Moya han vuelto a poner sobre la mesa esa incómoda contradicción entre lo que el movimiento guinda predica y lo que algunos de sus integrantes practican.
El problema no es que Morena tenga políticos cuestionados, pues ningún partido está vacunado contra la ambición, el abuso de poder o las conductas poco transparentes. El verdadero problema aparece cuando un movimiento que llegó al poder prometiendo una transformación moral termina enfrentándose a los mismos vicios que durante años utilizó como argumento para descalificar a sus adversarios.
Por eso es entendible el sarpullido que afloró en toda la piel morenista cuando la presidenta Claudia Sheinbaum reiteró la importancia de la ética, en especial cuando se es gobierno.
Anteriormente, la dirigente guinda, Ariadna Montiel hizo lo propio al reconocer el déficit de buena parte de sus líderes y militantes en este renglón.
La declaración podría parecer saludable si no fuera porque exhibe una realidad que el discurso político suele esconder: el poder no transforma automáticamente a quienes lo ejercen.
Si bien «Andy» y el de nueva cuenta gobernador con licencia Rubén Rocha son, por el momento, los casos más sonados de malos comportamientos, no son los únicos personajes de Morena bajo sospecha de ilícitos.
Al contrario, de hecho, cuando se accede al poder, se revela aquello que antes permanecía oculto.
La historia política mexicana está llena de personajes que llegaron a la administración pública hablando de austeridad y denunciando privilegios para terminar construyendo los propios.
El caso de Andy López Beltrán resulta especialmente sensible porque no se trata de un militante cualquiera; su apellido lo coloca en una posición política poderosa, más que por sus cualidades personales.
En un país que durante décadas cuestionó el nepotismo, las camarillas y las dinastías políticas, el apellido abre puertas; sin embargo, la conducta decide qué ocurre después de cruzarlas.
En Sinaloa, Rubén Rocha Moya representa otra vertiente del mismo problema: el desgaste de la autoridad cuando las dudas sobre el ejercicio del poder comienzan a acumularse, sobre todo por las sospechas e sus vínculos con el crimen organizado.
Y en política, perder credibilidad suele ser más peligroso que perder popularidad.
En suma, el problema de Morena, entonces, no consiste únicamente en tener personajes cuestionados. El verdadero riesgo es que la excepción termine convirtiéndose en costumbre y la costumbre en sistema.
Cuando la ética se exige solamente al adversario, deja de ser principio y se convierte en arma política.
Cuando la honestidad se utiliza para ganar elecciones, pero se relativiza cuando alcanza a los propios, pierde su significado.
Y cuando un movimiento que llegó al poder prometiendo una transformación moral comienza a necesitar demasiadas explicaciones para justificar la conducta de sus propios cuadros, estaría entrando en esa zona incómoda donde el espejo ya no devuelve la imagen del adversario, sino la propia.
Por eso el sarpullido, por eso el escozor, lo cuales anticipan el resquebrajamiento de un movimiento que, creyéndose fuerte y sólido, ha demostrado ser frágil, endeble y falto de unidad.
Por eso, ese extraño enrojecimiento que recorre al movimiento, como consecuencia de que, en los tiempos que corren, cada quien y cada feudo se rascan con sus propias uñas y dejan a su suerte a los demás.
Y ante las evidencias de los abusos cometidos por su compinches, los liderazgos guindas prácticamente se santiguan cuando alguien pronuncia las palabra que alguna vez fueron lema: ética y honestidad.
Palabras alergia, pues implican abandonar riquezas, pactos y quedar desprotegidos ante propios y extraños por los agravios infringidos, y expuestos al juicio social y político.
He dicho
EFECTO DOMINÓ
Es tiempo de definiciones entre la clase política en el poder: ¿con melón o con sandía?








