Dinamarca está lejos
Eduardo Meraz
Y nos dieron un año, dos, tres y ya van ocho y, en México, el sistema de salud está bastante retirado de alcanzar el nivel de Dinamarca y mucho más lejos de ser el mejor del mundo como prometió el gurú del “detente” y las estampitas, a quien el Covid-19 no perdonó en cuatro ocasiones.
El sistema de salud mexicano, en cambio, permanecía aquí, demasiado cerca de los pacientes que desesperan, de los médicos que hacen milagros con lo que tienen y de las familias que peregrinan de hospital en hospital en busca de una medicina que debería estar en el anaquel y no convertirse en objeto de búsqueda.
Aparte de las fallidas compras consolidadas, permitiendo a los gobiernos federal y estatales hacer jugosos negocios, muchas de las decisiones adoptadas en estos ocho años han sido tomadas por “burócratas de la salud”, cuyo desconocimiento en la materia es enciclopédico, faltan médicos, medicinas y unidades hospitalarias.
Después de varios ensayos y errores del ex presidente que no sirvió para lo que no sirvió y, con base en cálculos conservadores representó para los ciudadanos pérdidas multimillonarias, poco más de la mitad de los mexicanos se encuentra insatisfecho con el sistema público de salud.
Sin temor a faltar a la verdad, podríamos afirmar como esos millones de compatriotas que pocas áreas condensan de manera tan evidente la distancia entre lo que debería garantizarse como derecho y lo que efectivamente se experimenta en la vida cotidiana.
No hubo transformación escandinava; hubo, sí, una larga colección de anuncios, cambios de estrategia, instituciones que nacieron para sustituir a otras, compras consolidadas que no consolidaron gran cosa y decisiones tomadas desde escritorios donde, con frecuencia, el conocimiento de la medicina parecía un asunto secundario.
El botón de muestra más ilustrativo lo ternemos en la Megafarmacia del Bienestar, hoy convertida en monumento a la ineptitud, despilfarro y valemadrismo de López Obrador y el abandono de la actual mandataria.
De acuerdo con un balance sobre la apertura, gestión, operación, desarrollo y muerte de la farmaciototota, los únicos beneficiarios de este sistema de distribución nacional de medicamentos fueron los funcionarios del sector salud y quien impulsó el proyecto.
El costo total proyectado para esta ocurrencia, a lo largo de 3 años fue de 15 mil millones de pesos, según estimaciones actualizadas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP).
Inicialmente se proyectaba un costo menor de 10 mil 800 millones de pesos, pero este aumentó debido a factores inflacionarios y gastos operativos, gastos iniciales y de operación, compra y acondicionamiento.
Para la adquisición del centro de distribución ubicado en Huehuetoca, Estado de México, y la adaptación de las naves industriales, se destinaron más de mil 676 millones de pesos en su primera etapa, entre 2023 y 2024, el gasto ejercido rondó los 3 mil 614 millones de pesos, se calculan aproximadamente 304 millones de pesos anuales dedicados exclusivamente a la operación y conservación del sitio.
Un proyecto que fue presentado en 2023 con bombo y platillo como una de las grandes soluciones para enfrentar el desabasto de medicamentos: la Megafarmacia del Bienestar, ahora luce convertida en un bodegón, sin medicamentos resguardados, descuidada, destinada a convertirse en otro elefante blanco del gobierno de Morena.
Y quizá ahí esté la verdadera dimensión de la Megafarmacia: no en sus metros cuadrados, sino en lo que representa: la distancia entre una promesa y un resultado.
Una gigantesca bodega que, paradójicamente, parece contar mejor la historia del desabasto que la de su solución.
Es un monto comparable al desfalco de Segalmex, pero con una diferencia fundamental: cuando se trata de salud, el desperdicio no siempre se mide en pesos, se mide en oportunidades de vida saludable.
Visto en su conjunto, durante estos ocho años: se ha hablado de transformar profundamente la salud pública, pero millones de mexicanos continúan experimentando una realidad muy distinta a la que se dibujó desde los discursos.
Hoy un gran número de ciudadanos cuando acudimos a instalaciones sanitarias sabemos que nos van a colocar -si bien nos va- en las salas de espera, en los pasillos de hospitales saturados.
Y nos enviarán a las farmacias privadas, cuando la institución pública nos informe que no había medicamento. Y en el caso de los poblados alejados de las urbes, saldrán a las carreteras, a recorrer kilómetros para encontrar atención.
El cuatroteísmo se cura en salud, mientras la población revisa sus bolsillos, a fin de pagar de su propio dinero aquello que el Estado había prometido garantizar como un derecho.
Entre la propaganda guinda de una solución definitiva y la realidad de quienes siguen escuchando la misma frase en una ventanilla: “No hay”.
Dos palabras pequeñas capaces de derrumbar cualquier discurso monumental:
No hay medicamento.
No hay cita.
No hay especialista.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
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