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PULSO

Eduardo Meraz

Incienso y pólvora

Eduardo Meraz

Agobiada por los humos del incienso quemado a la soberanía, la habitante temporal de Palacio Nacional se niega a reconocer los fuertes lazos existentes entre México y Estados Unidos.

En Palacio Nacional, cuyos muros guardan ecos de siglos y las lámparas iluminan más sombras que certezas, la presidenta Claudia Sheinbaum parece caminar entre el incienso o quemar la pólvora en infiernillos.

El incienso, quemado en honor a una versión decimonónica de soberanía, nubla la vista y el juicio de la titular del ejecutivo; la pólvora, encendida por las tensiones con el vecino del norte, amenaza con propagarse fuera de los muros palaciegos e incendiar los lazos de unión entre México y Estados Unidos.

Más de dos terceras partes de los intercambios comerciales se dan entre ellos, y sin embargo, la narrativa oficial mexicana insiste en una independencia casi mística, en un mundo interdependiente, como si bastara con invocar la palabra “soberanía” para que los números y las dependencias se disuelvan en el aire.

La presidenta se niega a reconocer la magnitud de esa dependencia. Y en esa negación, se deslizan expresiones poco diplomáticas, lanzadas al viento como flechas que no siempre dan en el blanco a figuras que representan, cada una a su manera, el rostro de un poder que no se puede ignorar.
Inquieta el tono casi belicoso utilizado por la presidenta Claudia Sheinbaum en sus críticas, el pasado domingo, al gobierno estadounidense, aun cuando el lunes de apresuró a dejar alejado de sus señalamientos al presidente Donald Trump, pero este martes volvió a arremeter contra el embajador Ronald Johnson.

El eco de esas palabras llegó hasta Washington, donde el secretario de Estado, Marco Rubio, devolvió la paráfrasis con la misma contundencia: “amigos o enemigos”.

La frase, que recuerda al “conmigo o contra mí” acuñado por López Obrador y respaldado por Sheinbaum, se convierte en un espejo incómodo, pues lo que antes fue arma retórica para acallar opositores internos, ahora regresa como advertencia externa.

En otras palabras, el funcionario norteamericano dio al cuatroteísmo una sopa de su propio chocolate, al hacer una paráfrasis del “conmigo o contra mí”, que ha servido a ambos mandatarios de color guinda para negarse a dialogar con la oposición e imponer sus puntos de vista, por las buenas o por las malas

La política mexicana, teñida de guinda, se enfrenta a una disyuntiva que no admite matices y que tanto le agrada: ser amigo o enemigo de Estados Unidos. Y en esa dicotomía, el riesgo es que el poderío del vecino del norte se traduzca en acciones unilaterales, sin espacio para el diálogo ni la negociación.

Y cuando la política se construye sobre negaciones, el riesgo es que las decisiones se vuelvan caprichos, y los caprichos, errores.

La narrativa oficial busca erigir un muro simbólico, distinto al de concreto que alguna vez soñó Trump; uno de palabras, de gestos, de silencios; pero eso lleva al aislamiento, un lujo que México no puede permitirse.

Históricamente, la relación con Estados Unidos ha sido un vaivén de tensiones y acercamientos. Desde la invasión de 1847 hasta el Tratado de Libre Comercio, pasando por la guerra contra el narcotráfico y las crisis migratorias, México ha aprendido a convivir con un vecino que es al mismo tiempo aliado y adversario.

El incienso quemado en Palacio Nacional puede perfumar el aire, pero no cambia la realidad; la economía sigue dependiendo del norte, los cárteles siguen cruzando fronteras, las remesas siguen sosteniendo familias enteras.

El reto está en reconocer la dependencia sin renunciar a la dignidad, en aceptar que la soberanía no es aislamiento, sino capacidad de negociar desde la conciencia de las propias debilidades y fortalezas.

Pero quizá la verdadera salida esté en rechazar esa dicotomía y construir una tercera vía: la del vecino consciente, que reconoce la interdependencia y la convierte en oportunidad.

Porque al final, los muros de Palacio Nacional no pueden aislar al país del mundo. Y el incienso, por más que se queme, no puede ocultar la realidad.

México se encuentra en una encrucijada: entre el incienso de la soberanía proclamada y la pólvora de las tensiones con Estados Unidos, debe decidir si quiere ser amigo o enemigo.
He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Día de contrastes, en dos fotografías donde, de manera velada, se asoma el futuro de “Los López”.
Una de ellas, muestra al joven Jesús Ernesto López Gutiérrez, junto al empresario y chef internacional dentro del exclusivo restaurante Nusr-Et Steakhouse, reconocido por ofrecer cortes de carne premium, algunos de ellos cubiertos con oro comestible.

La otra, el abrazo harto simbólico entre AMLO y Andy, desde “La Chingada”, como muestra de la complicidad entre padre e hijo; la urgente necesidad de aliarse y, a final de cuentas, correr la misma suerte.

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