Días sin gloria
Eduardo Meraz
El tiempo se agota y el oficialismo sigue pasmado, haciendo declaraciones sin ton ni son, en espera de encontrar la tonada adecuada para impedir el derrumbe de un esquema de gobierno o cogobierno y poder sobrevivir al desprestigio social y político.
El tiempo se agota y el oficialismo, atrapado en su propio laberinto, se aferra a la retórica de la “Cuarta Transformación”, convertida en un eco hueco, mientras sus protagonistas buscan refugio en la riqueza acumulada —bien o mal habida— y en alianzas desmoronándose al primer soplo de escrutinio.
La narrativa de la “transformación” se ha visto corroída por escándalos de corrupción que, lejos de ser aislados, han marcado los últimos ocho años: desde el monumental fraude de Segalmex hasta las irregularidades detectadas por la Auditoría Superior de la Federación (ASF), por centenares de miles de millones de pesos.
El oficialismo enfrenta un legado de desvíos, negocios turbios y un narco político entramado que amenaza con sepultar cualquier pretensión de gloria; legado heredado, aceptado y mantenido durante el tiempo en el poder del segundo piso.
La permisividad del régimen abrió las puertas a un festín de rentas nacionales, negocios ilícitos y amistades peligrosas. El binomio narco político, tantas veces negado, se convirtió en el sello de un gobierno que prometió regeneración y terminó atrapado en la telaraña de la corrupción.
Esa elevada complacencia durante el mandato de López Obrador, los condujo a la apropiación de buena parte de las rentas nacionales y a la generación de negocios lícitos, ilícitos y lisitos, en acompañamiento de personajes de dudosa reputación, conformando el binomio narco-político con el cual se identifica al régimen transformador.
Además de obras emblemáticas, los gobiernos cuatroteístas se distinguen también por sus escándalos emblemáticos, aun cuando hayan reservado por años la rendición de cuentas.
Escándalos emblemáticos
Segalmex (Seguridad Alimentaria Mexicana): El fraude más grande del sexenio, con desvíos que superan, de acuerdo a cifras extraoficiales, los 15 mil millones de pesos.
Se documentaron compras simuladas de azúcar, irregularidades en el procesamiento de leche y contratos fantasma. René Gavira, exadministrador, acumula siete causas penales, mientras el director, Ignacio Ovalle, al que “chamaquearon” quienes él contrató, sigue disfrutando de la vida y de los beneficios del desfalco.
Irregularidades federales detectadas por la ASF: En el último año de López Obrador, la Auditoría reportó anomalías por 59,345 millones de pesos; pero estimaciones particulares calculan cercanas a un billón de pesos, incluyendo pagos sin comprobación a empresas de Carlos Slim y Ricardo Salinas Pliego, así como retenciones indebidas de salarios en el Estado de México bajo Delfina Gómez.
Funcionarios sancionados: de acuerdo con datos oficiales, más de 13,461 servidores públicos recibieron sanciones económicas por un monto de 4,628 millones de pesos, pero lejana del monto real sustraído y como fiel reflejo de un aparato burocrático corroído por la impunidad.
Sin embargo, el verdadero pecado capital del cuatroteísmo, inclusive desde antes de nacer como movimiento, fue establecer encuentros cercanos del tercer tipo con el crimen organizado.
Mordieron la manzana envenenada que les ofrecieron los cárteles y ávidos y avariciosos decidieron trasponer la frontera entre política y crimen organizado; valores y moral se difuminaron al brillo del oro y el oropel de ser autoridad.
Gobernadores, alcaldes y legisladores fueron señalados por vínculos con grupos delictivos, mientras la violencia se disparaba en regiones estratégicas.
El discurso presidencial, que insistía en “abrazos, no balazos”, terminó siendo cómplice de un escenario donde la permisividad se tradujo en control territorial de cárteles y en la infiltración de sus intereses en la vida pública.
Pero como dice el dicho popular: todo por servir se acaba y, hoy, los integrantes del oficialismo parecen repetir el grito desesperado: “¡Sálvese quien pueda!”.
La narrativa de transformación se ha convertido en un inventario de traiciones y desvíos; el desprestigio social y político es el precio de haber confundido la regeneración con la rapiña.
La historia no se escribe con discursos, sino con hechos. Y los hechos muestran un país donde la esperanza fue hipotecada en contratos irregulares, donde la justicia se diluyó en complicidades, y donde la gloria prometida se transformó en días sin gloria.
La columna vertebral del régimen se quebró bajo el peso de su propia corrupción. El oficialismo, que alguna vez se presentó como redentor, enfrenta ahora el juicio de la historia y, muy probablemente el que les aplique el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El ADN del legado lopezobradorista está marcado por fraudes, irregularidades y la incapacidad de separar el poder político de los intereses criminales.
La “transformación” no será recordada por sus ideales, sino por sus desvíos. Y en ese espejo, los días sin gloria se multiplican, como le está ocurriendo a Rubén Rocha Moya, el gobernador con licencia de Sinaloa: el primero en la frente.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
El caso de la población de los municipios de Chilapa y Olinalá, en el estado de Guerrero, debe ser tenido como la piedra de toque del descontento social, que cuando los mexicanos no encuentran el respaldo del gobierno, acudir sin temor y sin reservas a instancias internacionales.








