Enro(n)chados
Eduardo Meraz
Escozor por todos lados en el gobierno federal, luego de la andanada del presidente Donald Trump e integrantes de su gabinete al escalar el combate a los cárteles y centrarse más en sus «asociados» en el sector público.
La comezón se ha vuelto epidemia. No hay rincón del gobierno federal que no se encuentre irritado, supurando la incomodidad que provoca la andanada lanzada desde Washington.
La inicial demanda de extradición de la «decena trágica» de funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa, encabezados por el ahora gobernador con licencia, Rubén Rocha Moya, ha descuadrado gran parte del esquema de alianzas entre. el crimen organizado y no pocas autoridades de los tres niveles de gobierno.
Si en Palacio Nacional creían se abriría un periodo de gracia para responder a las peticiones del país vecino del norte, en especial por la reivindicación presidencial del masioserismo, los cálculos fallaron, pues ahora existe la sospecha de un gobierno totalmente enro(n)chado.
La corrupción, esa vieja sombra que se disfraza de lealtad y de pragmatismo, ha quedado expuesta como un virus que se multiplica en las entrañas del oficialismo.
Lo que parecía un equilibrio estable, sostenido por silencios cómplices y beneficios compartidos, se ha convertido en un campo minado. Cada nombre en la lista es un recordatorio de que la frontera entre poder político y poder criminal se ha borrado hasta volverse indistinguible.
Inclusive puede hablarse de la cepa «Rocha» -el virus de la corrupción en el oficialismo-, cuyo primer síntoma es la perdida de la visa de Estados Unidos, sigue avanzando con cada vez un mayor número de contagiados.
En Palacio Nacional, les inquieta la sospecha popular de tener un gobierno enro(n)chado: atrapado en sus propias redes de complicidad, incapaz de moverse sin que se rompa el tejido que lo sostiene, se trata de la parálisis de un sistema que se ha vuelto rehén de sí mismo.
En el grupo en el poder hay purulencias visibles, infecciones que ya no pueden ocultarse bajo la piel tersa de los discursos oficiales. El morenismo, que se presentó como antídoto contra la podredumbre del pasado, exhibe ahora sus propias llagas.
Desde la óptica estadounidense, México no enfrenta un problema de delincuencia aislada, sino una metástasis que ha alcanzado las estructuras del poder. Y en esa narrativa, los nombres propios son más que individuos: son símbolos de un sistema que se resiste a sanar.
El virus se ha vuelto endémico, y la vacuna prometida por el cambio de régimen parece haber sido un placebo.
Enro(n)chados: atrapados en la telaraña de sus propias alianzas, los funcionarios se mueven con la torpeza de quien sabe que cualquier paso puede ser el último.
La historia mexicana está marcada por ciclos de corrupción y purgas, de escándalos y olvidos, pero la diferencia ahora es la presión externa.
La administración Trump no parece dispuesta a tolerar lo que antes se aceptaba como parte del paisaje; la guerra contra los cárteles se ha transformado en guerra contra la complicidad institucional, y en ese terreno México se encuentra vulnerable.
La soberanía se convierte en argumento frágil cuando la evidencia apunta a que el Estado mismo ha sido infiltrado.
Los discursos de moralidad se vuelven huecos, las promesas de regeneración política se desmoronan; el morenismo, que nació con la bandera de la esperanza, enfrenta ahora el dilema de su propia supervivencia: ¿puede un movimiento que se proclama distinto sobrevivir a la evidencia de que ha sido contagiado por el mismo virus que juró erradicar?
El escozor, entonces, es síntoma y advertencia y no basta con ocultar las llagas ni con negar la fiebre, el virus se vuelve profecía: sin antídoto real, el sistema corre el riesgo de colapsar.
Las purulencias de la pandemia en el morenismo se van haciendo cada vez más visibles y menos tolerables, sobre todo para la administración trumpista.
La pandemia política del enro(n)chamiento no se cura con discursos ni con gestos simbólicos; requiere cirugía profunda, voluntad de extirpar las raíces de la complicidad, con o sin el bisturí de Donald Trump.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Este día de las madres, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, reconoció a las madres buscadoras y a las familias que anhelan obtener verdad y justicia. “Las desapariciones siguen siendo uno de los desafíos más graves y dolorosos en materia de derechos humanos en México”, afirmó.








