PULSO

Narcos y traidores

Por Eduardo Meraz

Ciudad de México, 07 de mayo de 2026.- Si anteriormente los mexicanos habíamos sido divididos por la sacrosanta voluntad del habitante de Palacio Nacional, en fifis y chairos; a partir de mayo del 2026, los mexicanos o pertenecemos al bando de los narcos o al de los traidores.

Esta evolución en la definición de los mexicanos es clara muestra del nivel de degradación de la educación, respeto y ética vivida en nuestro país, a partir de fines de 2018, como si se tratara de una maldición o castigo divino.

Como si se tratara de “los diálogos en el infierno entre narcos y traidores”, en vez de entre Maquiavelo y Montesquieu, el intercambio de epítetos y no de ideas entre las mal llamadas izquierda y derecha, los mexicanos damos la impresión de carecer de virtud alguna, pues las citadas clasificaciones, prácticamente no dejan a nadie fuera.

En el teatro político mexicano, los epítetos han sustituido a las ideas y éste es un entorno brutal, casi caricaturesco, pero no por ello menos eficaz: divide, simplifica y arrastra a todos a un campo minado donde la virtud se evapora y la pertenencia se convierte en condena.

Los habitantes del Palacio Nacional han perfeccionado el arte de la descalificación, por la soberbia de haber obtenido el poder.

No se trata de ideologías ni de proyectos de nación, sino de etiquetas, a fin de reducir la complejidad humana a un insulto. Como si México fuese un tablero de ajedrez en el que las piezas no se distinguen por su forma o función, sino por el estigma que cargan; en este juego, nadie queda fuera: todos somos sospechosos, todos estamos bajo juicio y seremos declarados culpables.

Los tiempos del segundo piso transformador, no conversan Maquiavelo y Montesquieu sobre la naturaleza del poder y la libertad, sino narcos y traidores, figuras encarnando la degradación moral y la traición política.

Por tanto, el intercambio no es de argumentos, sino de acusaciones; no hay espacio para la razón, solo para la descalificación. El infierno, entonces, no es un lugar subterráneo, sino la plaza pública donde se crucifica al adversario.

El lenguaje político se ha convertido en un arma de destrucción masiva. Cada palabra lanzada desde el púlpito presidencial se multiplica en los ecos de las redes sociales, en los noticieros, en las sobremesas familiares.

La nación se fragmenta en bandos irreconciliables, y la conversación democrática se reduce a un duelo de improperios. ¿Qué queda de la virtud ciudadana cuando el insulto es la moneda corriente?

En otros tiempos, ser “hereje” o “conservador” bastaba para condenar a alguien al ostracismo. Hoy, la palabra “traidor” resuena con ecos de la Conquista, de Iturbide, de Santa Anna; es un término con siglos de desconfianza y resentimiento.

Ser llamado traidor en México es ser expulsado del imaginario nacional, convertido en enemigo de la patria y, sin embargo, la acusación se lanza con ligereza, como si se tratara de un adjetivo más en el repertorio político.

El otro extremo, “narco”, es igualmente devastador: en un país marcado por la violencia del crimen organizado, ser señalado como narco equivale a cargar con la sombra de la barbarie; es ser asociado con la sangre derramada, con la corrupción de instituciones, con el miedo que paraliza comunidades enteras.

Así, entre narcos y traidores, los mexicanos quedamos atrapados en un espejo deformante y, ahora, la identidad nacional se construye no en torno a valores compartidos, sino a insultos compartidos; la pertenencia se define por la exclusión del otro.

Cuando el lenguaje se degrada, la democracia se vacía, porque la deliberación pública requiere de argumentos, de matices, de la posibilidad de disentir sin ser condenado. Pero si toda diferencia se traduce en traición, y toda crítica en complicidad con el narco, entonces la conversación se vuelve imposible.

El espacio público se convierte en un campo de batalla donde la única estrategia es sobrevivir al insulto.

Maquiavelo enseñaba que el poder se sostiene en la percepción, y Montesquieu advertía que la libertad depende de la moderación.

En México, las palabras han dejado de moderar para convertirse en látigos y el poder se ejerce no solo con decretos, sino con adjetivos; somos un país dividido entre el crimen y la traición, sin lugar para la virtud ciudadana.

¿Hay salida de este infierno? Tal vez la respuesta esté en recuperar la dignidad del lenguaje; en volver a nombrar las cosas con precisión, en rescatar la conversación de la arena del insulto.

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La democracia no puede florecer en un terreno donde las palabras son armas, pro en los tiempos actuales, todos cargamos con la sombra de ser narcos o traidores, aunque no lo seamos.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Las empresas productivas del Estado, Petróleos Mexicanos (Pemex) y la Comisión Federal de Electricidad (CFE), tuvieron un sobre ejercicio en su gasto superior a 1 billón de pesos en 2025, de acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), monto superior al destinado a todos los programas sociales; ya son paraestatales del Bienestar.

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