PULSO

Política climatológica

Eduardo Meraz

En este 2026, la política mexicana parece haber adoptado los caprichos del clima, y no es casualidad escuchar discursos llenos de metáforas meteorológicas: excesos de calor sofocante, lluvias torrenciales, desbordantes de ríos o bien de fríos repentinos y congelantes de aspiraciones.

El cambio climático político en este 2026 amenaza con crear sofocones a varios de los actores, señaladamente los guinda, pues entre los excesos de calores, lluvias torrenciales a destiempo, fríos, deslaves e inundaciones en al menos 17 estados de la República, donde los aspirantes se santiguan hasta por su sombra.

La República se ha convertido en un mapa de deslaves e inundaciones, no sólo de tierra, sino de ambiciones.

Seguridades y fantasmas se entremezclan entre todos aquellos ansiosos de obtener la candidatura anhelada y trabajada a base de genuflexiones, pues si Roma bien vale una misa, la riqueza bien vale los dobleces casi infinitos de los años recientes, pero temerosos de un viento en contra que derrumbe los castillos levantados en años de genuflexiones.

Hombres y mujeres de todos los partidos políticos, ya sea con cargo o sin él, sienten vientos favorables a sus aspiraciones políticas y están seguros de dominar los cambios de clima, las tormentas y tempestades, pues nadie de sus contrincantes es mejor.

Y nadie más como los guindas, son quienes sienten el peso de los sofocones políticos, pues en sus cortos años de existencia están seguros de la climatología política: no perdona.

Así como el sol abrasa sin distinguir, las tempestades golpean a todos por igual. Y en este escenario, la certeza es tan frágil como una hoja en medio del huracán, donde pueden diluirse, bajo la tormenta, expectativas y promesas.

Pero, la riqueza del poder bien vale los dobleces casi interminables de quienes se han arrodillado durante años y aún así se creen capaces de dominar las tormentas, de controlar las tempestades, de erigirse como capitanes de un barco navegando entre relámpagos. Pero la soberbia suele ser el preludio del naufragio.

El clima político, como el natural, es imprevisible. Los aspirantes se visten con trajes de invulnerabilidad, convencidos de que ningún contrincante supera.

Sin embargo, la historia enseña cómo los ciclones no distinguen entre fortalezas y debilidades: arrasan con todo a su paso. Y en el caso de México, donde el sospechosismo y la suspicacia dominan el espíritu de la clase política, en este año de definiciones, cada nube es presagio y cada ráfaga de viento, advertencia.

Los nombramientos rimbombantes para no decirles candidatos se han convertido en paraguas que, por lo visto, apenas resisten las primeras gotas, pues las alianzas, se desploman con el granizo y los proyectos, son ríos que cambian de cauce con cada tormenta.

La metáfora del clima revela la esencia de la política: su carácter cambiante, su capacidad de transformar certezas en dudas y promesas en espejismos. Los aspirantes, en su afán de controlar lo incontrolable, olvidan que la naturaleza —y la sociedad— siempre encuentran formas de rebelarse.

Los deslaves no sólo son de tierra: también son de confianza; las inundaciones no sólo anegan calles: también ahogan credibilidades; los fríos repentinos no sólo congelan cultivos: también paralizan proyectos.

A poco más de un año de las elecciones de mitad de camino, la política climatológica se convierte en un espejo de las pasiones humanas.

Los excesos de calor son las ambiciones desmedidas que sofocan la razón; las lluvias torrenciales son las promesas que, al caer todas juntas, terminan por desbordar la paciencia ciudadana; los fríos intempestivos son los silencios estratégicos que congelan la esperanza; y los deslaves son las caídas inevitables de quienes construyeron sobre terreno inestable.

El 2026 será recordado como el año en que la política mexicana se volvió meteorología: los analistas ya no hablan de encuestas, sino de pronósticos; los partidos ya no diseñan estrategias, sino mapas de tormentas; los candidatos ya no buscan alianzas, sino refugios.

Y los ciudadanos, cansados de tanto clima adverso, esperan que al menos una brisa de honestidad refresque el ambiente.

Pero la política, como el clima, rara vez ofrece treguas prolongadas, por lo cual guindas, azules, tricolores, naranjas y demás colores del espectro político se enfrentan a un mismo desafío: sobrevivir a la tormenta sin perder el rumbo.

Algunos lo lograrán, otros quedarán atrapados en el lodo,pero todos, sin excepción, deberán aprender que la política no se domina con discursos grandilocuentes ni con gestos de poder, sino con la humildad de reconocer que el clima —y la sociedad— siempre tienen la última palabra.

La política climatológica es, al final, una metáfora de la vida misma: imprevisible, intensa, a veces cruel, pero siempre y los deslaves serán recordatorios de que nada construido sobre terreno inestable puede perdurar.

Porque en este país, como en la vida, quien no entiende el clima está condenado a perderse en la tormenta.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Si se comparan las cifras de personas ocupadas con las que tienen puestos de trabajo afiliados al Seguro Social, resulta que apenas el 26% de la población con empleo cuenta con seguridad social; es decir, uno de cada cuatro trabajadores.

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