PULSO

Eduardo Meraz

El pasado regresó

Eduardo Meraz

La perenne creencia: todo tiempo pasado fue mejor, hoy está cobrando vigencia en esta época de inteligencia artificial y del auge de la virtualidad. Y la verdad sea dicha: espanta y atemoriza.

Los temores, sin embargo, no alcanzan para disuadir estos afanes pretéritos ni a los fantasma del “go back» recorriendo el mundo, ansiosos de volverse presente.

La búsqueda del paraíso perdido, forma parte del ADN humano, y hoy vemos como la corriente MAGA {Make América Great Again} trata de imponerse aquí, allá y acullá.

Pero ha sido la presente década donde los amantes de los muchos «again”, a nivel mundial y local deben recurrir a la fuerza para imponerse, mantenerse o expandirse y con ello pasar a la historia, si no como héroes, al menos como villanos, según el cristal.

Las guerras, batallas y luchas en Europa, Medio Oriente, América Latina y, por supuesto, México son cruentas y en dónde los distintos populismos se asumen como los dueños de verdades absolutas.

En el caso mexicanos, el cuatroteísmo se mueve entre el diazordacismo y el echeverrismo, en busca del paraíso perdido de sus orígenes ideológicos.

En el partido guinda la nostalgia es un fantasma que nunca descansa; se desliza por los pasillos de la historia, se cuela en las rendijas de la política y se instala en las conciencias colectivas con la fuerza de una verdad revelada.

Podría especular se sobre el “ayatolismo de Morena», cuando en la reforma electoral emanada de Palacio Nacional se ha despertado un instinto primitivo: el deseo de volver atrás: al partido de Estado.

Desde el éxodo o expulsión bíblica del Edén los morenitas pretenden instaurar en dicha reforma un catálogo de reglas por restaurar lo que se cree arrebatado.

Como si el presente no bastara, como si el futuro no existiera, se escarba en las ruinas del pasado para encontrar legitimidad. El discurso oficial se reviste de épica, pero su sustancia es añeja: rescatar modelos que ya demostraron sus límites, revivir prácticas que dejaron cicatrices.

Mientras el mundo y México se digitalizan, mientras la inteligencia artificial redefine la economía, la educación y la cultura, los liderazgos políticos cutroteistas se aferran a moldes caducos.

Pero el pasado, cuando regresa, nunca lo hace intacto, vuelve deformado, reinterpretado, manipulado; no es el ayer real, sino el ayer que conviene: se ofrece un retorno imposible, se construye un enemigo imaginario, se alimenta la confrontación.

En este contexto, la inteligencia artificial aparece como un espejo incómodo. Mientras los algoritmos avanzan hacia el futuro, los discursos políticos retroceden hacia el pasado, ¿cómo conciliar la modernidad tecnológica con la regresión ideológica?

La respuesta, quizá, está en reconocer que la nostalgia no puede ser brújula. El pasado puede ser memoria, puede ser aprendizaje, puede ser advertencia. Pero nunca debe ser destino.

Los pueblos que se aferran al ayer corren el riesgo de repetir sus errores, de perpetuar sus heridas, de renunciar a la posibilidad de construir algo nuevo.

México, como tantos otros países, enfrenta ese dilema. Entre la tentación de volver a modelos autoritarios y la necesidad de abrirse a un futuro incierto, la disyuntiva es clara: o se apuesta por la innovación, o se sucumbe a la repetición.

El cuatroteísmo, con sus guiños al echeverrismo y al diazordacismo, parece inclinarse por lo segundo. Pero la sociedad, diversa y cambiante, reclama lo primero.

El pasado regresó, sí pero no como paraíso, sino como advertencia. Nos recuerda que las verdades absolutas son peligrosas, que los liderazgos mesiánicos son frágiles, que las nostalgias políticas son trampas.

El reto no es volver a ser lo que fuimos, sino atrevernos a ser lo que aún no hemos sido.

El pasado regresó, pero no para quedarse; regresó para recordarnos que la historia no se repite como calca, sino como advertencia y que el verdadero desafío no está en mirar atrás, sino en aprender a caminar hacia adelante.

Pensamiento lógico que en el México de los gobiernos cuatroteístas, alejads de la inteligencia artificial y también de la natural, pretende imponer una reforma electoral como si fuera camisa de fuerza.

En realidad, los lineamientos esbozados por la presidenta Claudia Sheinbaum y la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, tienen una profunda vocación religiosa, con premios, penitencias y castigos para quienes comulguen o no con el poder.

Así los ayatolas de cuarta, encabezados por Pablo Gómez, pretenden revivir el sistema electoral de hace poco más de 50 años, pero mal hecho y por tanto “ay-atolero».

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

¿A quién creer? Unas encuestadoras señalan que la popularidad de la presidenta Sheinbaum Pardo se ubica en 73%, y otras, en cambio, la colocan en 56%. Diferencias grandes, para ser verdad.

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