Paladas
Eduardo Meraz
Sin prisa, pero sin pausa, las paladas de tierra sobre el primer piso transformador cada día son más evidentes; cada día, el propio polvo del pasado se levanta y cae, como si la historia misma quisiera sepultar las huellas de un proyecto que prometió refundar la nación y solo la refundió.
En esta especie de entierro simbólico, aparecen zombis políticos: figuras que se resisten a desaparecer, espectros que pretenden asustar a la población con relatos catastrofistas, como la reaparición pública y política del muerto viviente de Palenque.
La segunda generación de gobernantes morenistas, encabezada por la habitante de Palacio Nacional, ha comenzado a desmarcarse de los compromisos heredados. Claudia Sheinbaum, con su estilo, parece desentenderse del legado obradorista; en realidad un lastre que impide gobernar con eficacia.
Como si las nuevas acciones se le “chisporrotearan” entre las manos, la presidenta avanza, incluidos ocurrencias y caprichos que, sin embargo, marcan distancia respecto a la narrativa del líder anterior, sin necesidad de negarlo tres veces antes de que cante el gallo.
La claque obradorista se tira y se revuelca por las decisiones recientes adoptada por la primera mandataria, sobre todo en lo relativo a educación y seguridad, donde la mejor opción es echar tierra a las evidencias, pactos, acuerdos suscritos en el periodo 2018-2024.
La estrategia es clara: enterrar testigos, convenios y memorias que dieron forma a una política de indulgencia frente al crimen y, al mismo tiempo, alimentaron la corrupción en todos los niveles de gobierno.
El entierro no es solo político, sino también simbólico. Cada palada representa un intento de borrar la memoria, de hacer como si nada hubiera pasado.
Pero la tierra nunca cubre del todo; siempre quedan restos, fragmentos que emergen como fósiles incómodos.
La corrupción del sexenio anterior, replicada con precisión en estados y municipios, no desaparece con decretos ni con discursos; se necesita más que voluntad para limpiar las raíces podridas de un sistema que se acostumbró a la impunidad.
La imagen del zombi es poderosa. El muerto viviente de Palenque no es solo un personaje político, sino la encarnación de un estilo de gobernar que se niega a morir y sus seguidores lo invocan como si fuera un santo laico, mientras sus detractores lo señalan como el origen de muchos males.
En medio de esa disputa, Sheinbaum se mueve con cautela, consciente de que cualquier ruptura abierta podría fracturar al movimiento que la llevó al poder.
Sin embargo, cada decisión que toma, cada proyecto que abandona, cada programa que modifica es una palada más sobre el legado de su antecesor.
Lo malo de este camino no es en sí hacer de lado estos asuntos y dejar en el olvido las formas de gobierno previas, sino la terquedad en revivir un modelo económico, político y social de mediados del siglo pasado.
Los políticos mexicanos, en especial los guindas son muy dados al dramatismo, convierten estos gestos en espectáculo y especulan sobre traiciones, rupturas, distancias irreconciliables.
Lo cierto es que el obradorismo, como proyecto integral, parece entrar en fase de descomposición. Y en esa descomposición, los zombis políticos encuentran terreno fértil para aparecer y desaparecer, para asustar y confundir.
La presidenta, sin renegar abiertamente de quien la impulsó, lleva a cabo un entierro gradual; no hay discursos incendiarios ni confrontaciones directas, pero sí decisiones que marcan distancia.
En educación, se revisan programas que fueron bandera del sexenio anterior; en seguridad, se busca un enfoque menos romántico y más pragmático, y en economía, se privilegia la estabilidad sobre la épica.
Todo ello con la pequeña ayuda del “amigou” Donald Trump, presidente de Estados Unidos, dispuesto a liquidar lo que él considera un “narco régimen”, en donde la connivencia entre el crimen organizado y las autoridades de los tres niveles difícilmente se puede enterrar.
Las paladas de tierra no solo sepultan proyectos, también abren espacio para nuevas semillas. La pregunta es qué germinará en ese terreno removido. ¿Un nuevo modelo de gobierno, más institucional y menos personalista? ¿O simplemente una administración que busca sobrevivir sin grandes sobresaltos?
La política mexicana, como la literatura fantástica, se alimenta de muertos vivientes, de espectros que regresan, de promesas incumplidas convertidas en maldiciones.
El fiambre de Palenque parece dispuesto a seguir apareciendo en discursos y en plazas, como recordatorio de lo que fue y de lo que ya no es. Y cada aparición será menos influyente y más caricaturesca, porque los zombis, al final, asustan solo mientras creemos en ellos.
En ese escenario, Sheinbaum tiene la oportunidad de construir su propio relato; el casi año y medio al frente del país, deberían haber sido un aprendizaje para demostrar, de ahora en adelante, que sabe gobernar y no solo obedecer e imponer.
Si logra transformar las paladas de tierra en cimientos sólidos, si convierte el entierro en fundación, entonces podrá dejar atrás los fantasmas y abrir un nuevo capítulo. La clave está en lo que se construya encima.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Será algo más que una simple coma; las correcciones y ajustes a la reforma electoral, si quiere ser aprobada, constituyen un severo raspón al converso líder del 68, Pablo Gómez.








